No era una zurda cualquiera, era la zurda de Rivelino

Efemérides primero de enero: heredero de la casaca 10 de Pelé en la Selección Brasil, marcó una época por su inmenso talento, su visión de juego y su poderoso remate. Fue la inspiración de Maradona: “Él era lo que yo quería ser como jugador”.

ColombiaMundial(2)Hijo de ciudadanos venidos del sur de la bota, Roberto solo podía ser hincha de Palmeiras, el club de Sao Paulo que fue fundado por los inmigrantes italianos en agosto de 1914, originalmente con el nombre de Palestra Italia. Su familia era hincha del ‘Verdao’ y él soñaba con vestir esa camiseta, pero el destino, irónicamente, lo llevó a la vereda del frente: Corinthians. Esa, sin embargo, es solo una de las contradicciones de la vida de Roberto Rivelino, el genial zurdo que heredó la casaca número 10 de Pelé en la Selección Brasil, cuando ‘O Rei’ colgó los botines.

En 1962, con solo 16 años, en el fútbol sala Roberto defendía los colores del Banespa y tuvo que enfrentarse a Palmeiras en final del campeonato juvenil paulista. Se lució y llamó la atención de un dirigente del club grande, que lo citó para una prueba. Al cabo de tres entrenamientos, el técnico Mario Travaglini les bajó el pulgar a él y otro grupo de aspirantes: “Miren, si quieren, pónganse el uniforme, pero no sé si van a entrenar”. Aquella inusual bienvenida desató la ira de Roberto, que furioso no encontró mejor respuesta que irse a probar en Corinthians. Allí, ipso facto, le detectaron cualidades y no lo dejaron escapar. “El Corinthians me acogió con los brazos abiertos y me permitió conquistar todo lo que conquisté en la vida. Fue mi segunda casa”, declaró el jugador años más tarde.

Su legendario remate de zurda marcó una época y enamoró a propios y extraños. Era, sin embargo, solo uno de los talentos de Roberto Rivelino, que fue más que el heredero de Pelé (FIFA.com).
Su legendario remate de zurda marcó una época y enamoró a propios y extraños. Era, sin embargo, solo uno de los talentos de Roberto Rivelino, que fue más que el heredero de Pelé (FIFA.com).

Debutó en 1965, a los 19 años, y lo hizo con suceso. Tanto, que pronto fue llamado a vestir la camiseta de la Selección Brasil. Mientras forjaba su carrera con el club blanquinegro y se ganaba el cariño de la gente, el Scratch sufrió la penosa eliminación en primera ronda durante el Mundial de Inglaterra-1966. Fue la última vez que Brasil perdió dos partidos en esa fase y se despidió al cabo de tres partidos. Para México-1970, la siguiente cita, Rivelino se encontraba en la cresta de su carrera, pero su lugar en la canarinha estaba en duda. ¿La razón? Su posición en el campo era la de volante creativo, justamente la misma que ocupaba Pelé. El dilema, no obstante, se resolvió de una manera insólita: el técnico Mario Jorge Lobo Zagallo convocó a los cinco aspirantes (Jairzinho, en Botafogo; Gerson, en Sao Paulo, y Tostao, en Cruzeiro, eran los restantes), les informó que el astro del Santos era el dueño de la 10 y que los demás iban a ocupar distintas posiciones dentro del esquema.

Con Brasil, en México-1970, se adueñó de la Copa Jules Rimet. También participó en Alemania-1974 y Argentina-1978 y siempre quedó entre los cuatro primeros (FIFA.com).
Con Brasil, en México-1970, se adueñó de la Copa Jules Rimet. También participó en Alemania-1974 y Argentina-1978 y siempre quedó entre los cuatro primeros (FIFA.com).

Un socio genial
En territorio azteca mostró todo su esplendor, aunque brilló menos que la magia de Pelé, las gambetas de Jairzinho, las asistencias de Tostao o la garra y los remates de Gerson. La historia, sin embargo, le otorgó un lugar destacado, como sensacional acompañante de la orquesta, con capacidad para desempeñar varios roles: jugaba pegado la raya izquierda y sorprendía con sus largos pelotazos; se tiraba al centro y destrababa la marca rival con sus enganches; era el socio ideal para sus compañeros, el que tocaba, recibía y habilitaba, genial a la hora de hacer paredes; y, el que se inmortalizó como su sello característico, el furibundo remate de larga distancia. Su pierna izquierda era como una bazuca, capaz de disparar misiles inatajables para los goleros rivales. Lo hacía con pelota en movimiento (¡todo un espectáculo!, por el dominio de la técnica, los tiempos de la ejecución y el resultado de la misma) o con bola quieta. De hecho, fue uno de los forjadores de esa vieja y casi extinguida fama de los brasileños de ser los mejores cobradores de tiros libres en el planeta fútbol.

En las últimas décadas, producto del bombardeo mediático a través de la televisión (que no tenía el mismo alcance universal en los años 70 y 80) y de internet (que no existía), para los aficionados los referentes brasileños en esta categoría son Branco y Roberto Carlos, laterales izquierdos de la canarinha en los mundiales disputados entre Italia-1990 y Alemania-2006. No obstante, ambos estuvieron lejos, muy lejos, del nivel de Rivelino, un verdadero artista para pegarle al balón. Lo primero que hay que convenir, en todo caso, es que eran épocas bien diferentes, especialmente en lo relacionado con la tecnología del balón: mientras a Rivelino le tocó jugar con una esférica ‘del siglo pasado’, Branco y Roberto Carlos disfrutaron de las innovaciones que convirtieron la pelota en una creación fantástica. Más liviano, con mayor rebote y con características para moverse durante la trayectoria (lo que complica la tarea de los porteros) el balón del siglo XXI ha graduado de ‘expertos’ a algunos jugadores que, en la época de Rivelino, quizás jamás hubieran logrado un gol de falta directa o desde larga distancia.

Ese bigote al mejor estilo mexicano fue parte de su sello personal, tan famoso como sus letales zurdazos. Es ídolo de las hinchadas de Corinthians y Fluminense (FIFA.com).
Ese bigote al mejor estilo mexicano fue parte de su sello personal, tan famoso como sus letales zurdazos. Es ídolo de las hinchadas de Corinthians y Fluminense (FIFA.com).

Branco hizo alguno que otro gol desde fuera del área, pero la suma se cuenta con los dedos de una mano. A Roberto Carlos, por su parte, lo favoreció la maquinaria mediática que rodea al Real Madrid, club en el que militó entre 1997 y 2006, período en el que marcó 67 anotaciones en 514 partidos disputados. Una cifra encomiable para un defensor, es cierto, pero también lo es que necesitaba muchas oportunidades para marcar (tiraba diez, si acaso embocaba dos). Rivelino tuvo la mala suerte de no haber jugado en Europa, de que en su época era casi imposible ver los partidos del fútbol brasileño fuera de sus fronteras, así que la imagen que tiene el aficionado del resto del mundo se limita a sus actuaciones con la Selección en la Copa Mundo u otros certámenes internacionales. Pero él, que quede claro, sí era un especialista de la materia, con una efectividad envidiable. Y no solo eran bombazos, sino que poseía un variado arsenal de recursos: colocación, chanfle, curva, remate directo…

Roberto Rivelino es uno de los mejores jugadores de la historia de la Copa Mundo. Brilló a la par que Pelé, Beckenbauer, Maradona o Zidane (FIFA.com).
Roberto Rivelino es uno de los mejores jugadores de la historia de la Copa Mundo. Brilló a la par que Pelé, Beckenbauer, Maradona o Zidane (FIFA.com).

Caprichos del destino
Líder, referente, cerebro indiscutido del equipo, a Rivelino le resultó imposible reeditar los éxitos de México-1970 en Alemania-1974 y Argentina-1978. Con un nivel que distó mucho del jogo bonito, jogo perfeito de México-1970, la auriverde solo alcanzó el cuarto puesto en suelo europeo y el tercero en casa de su archirrival suramericano, exiguo botín para un equipo condenado a siempre ganar. De la misma manera, con la camiseta de Corinthians, el astro de la zurda mágica se erigió como un ídolo incomparable, en un símbolo del club gracias a su entrega, sus gambetas a toda velocidad y sus potentes remates, pero los títulos le resultaron esquivos. Era como si, de alguna manera, el destino le quisiera cobrar su cuna palmeirense, porque su carrera con los blanquinegros coincidió, irónicamente, con una larga sequía de éxitos que se prolongó durante 23 años. Hasta que, como suele ocurrir, la cuerda se rompió por el extremo más delgado, y el jugador fue la víctima propiciatoria.

El punto de inflexión ocurrió con ocasión de la final del Torneo Paulista de 1974, en el que Corinthians se enfrentó ¡a Palmeiras! Con todo a su favor en un estadio Morumbí al que no le cabía un alma, el blanquinegro dejó escapar la oportunidad: el ‘Verdao’ se quedó con la corona, tras ganar 1-0, y la torcida la emprendió contra los jugadores, especialmente contra el ídolo. Rivelino, apesadumbrado, abandonó el vestuario cabizbajo, en silencio, rumbo a su casa. A pesar de la idolatría que le profesaba, la hinchada no le perdonó la incapacidad para conducir al equipo hacia los anhelados títulos y, por eso, la relación se rompió. “Fue la mayor tristeza de mi vida”, reconoció tiempo después. Como no había más remedio, Rivelino fue traspasado al Fluminense de Río de Janeiro, en el que empezó a sonreír desde las primeras de cambio. En efecto, en un estadio Maracaná colmado por más de 100.000 personas, Flu goleó 4-1 ¡a Corinthians!, con tripleta goleadora de Rivelino. ¡Increíble!

Tras su retiro, Rivelino continuó ligado al fútbol como comentarista de televisión. Es una de las voces de mayor credibilidad en Brasil y un analista como pocos, con una visión muy particular del juego.
Tras su retiro, Rivelino continuó ligado al fútbol como comentarista de televisión. Es una de las voces de mayor credibilidad en Brasil y un analista como pocos, con una visión muy particular del juego.

De la mano del genial zurdo, el tricolor carioca se adjudicó el bicampeonato de Río de Janeiro en 1975 y 76, con un ingrediente adicional: en la segunda consagración, el equipo era dirigido por Mario Travaglini, ¡justamente el técnico que le había cerrado las puertas de su amado Palmeiras en aquella prueba adolescente! Un año más tarde, desde las tribunas y como un hincha más, Rivelino observó cómo Corinthians rompió el largo ayuno y se alzó con el título. “Fue un gran alivio”, expresó el ídolo. Fue, entonces, cuando entendió que podía tomar otro camino, en busca de su redención económica, y tomó un avión que lo llevó a Arabia Saudí. En Brasil dejó una estela de 165 goles anotados con Corinthians (471 partidos), 53 más con Fluminense (158) y 26 con la Selección (94), además de la idolatría de la hinchada de ambos clubes y una huella imborrable en la auriverde. Con el Al Hilal jugó 57 encuentros (26 goles) y ganó tres títulos (1979, 1980 y 1981).

A su regreso a Brasil emprendió una carrera como comentarista de televisión, aunque estuvo cerca de fichar por el Sao Paulo, que aún creía en su talento y condiciones. Sin embargo, un problema burocrático con el pase le llevó a entender que era hora de colgar los botines y allí, frente a las cámaras, demostró que su talento iba más allá de los regates y los remates fulminantes y, como la misma visión de juego que lo distinguió en los campos, se convirtió en un analista de gran credibilidad. Había terminado una exitosa trayectoria de más de un cuarto de siglo en la que logró enamorar a propios y a extraños, al punto que, sin ser consciente, fue el referente de un pibe que, un lustro después de su retiro, tocó el cielo con las manos: Diego Armando Maradona. “Yo era chico y asistía a los partidos de Brasil. Pelé iba para un lado y a mí no me importaba: miraba para el otro, para donde iba Rivelino. Él era todo lo que yo quería ser como jugador de futbol: los regates perfectos, los pases precisos, el tiro imparable… Y todo lo hacía siempre con la pierna izquierda. La derecha podía estar muerta, pero la izquierda hacía de todo. Me parecía lindo”, explicó el D10S. Y tenía razón: no era una zurda cualquiera, era la zurda de Rivelino…

Roberto Rivelino con las camisetas de los dos clubes de los que es ídolo: Fluminense, el tricolor de Río de Janiero, y Corinthians, el blanquinegro de Sao Paulo. Una leyenda viviente.
Roberto Rivelino con las camisetas de los dos clubes de los que es ídolo: Fluminense, el tricolor de Río de Janiero, y Corinthians, el blanquinegro de Sao Paulo. Una leyenda viviente.

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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