Messi y Argentina: ni contigo, ni sin ti

Hace solo tres meses, azuzado desde los medios de comunicación y las nauseabundas redes sociales, el hincha argentino quiso quemar vivo a su máximo ídolo. Hoy, cuando el astro no está, el volátil corazón del aficionado se llena de angustia y temor, rumbo a Rusia-2018.

Colombia Mundial en Contravía rumbo a Rusia-2018El corazón del hincha del fútbol suele ser tan generoso como injusto. Y los extremos son más distantes en el caso de los ídolos, a los que se adora de manera desprevenida e ilimitada, pero a los que castiga al borde del odio cuando el aficionado se siente defraudado. Dicho de otra manera, el hincha nunca pierde: siempre tiene la razón. En las buenas, porque “yo siempre dije que fulano era crac”; en las malas, porque “el que entra en la cancha es el jugador, no yo”. Una cruel realidad que hoy por hoy cobra más vigencia que nunca en el cuerpo de, vaya ironía, el mejor jugador del mundo: Lionel Messi.

Desde sus primeros pasos en los campos de juego, desde sus primeros regates, a Messi lo etiquetaron como el sucesor del último dios terrenal del fútbol argentino: Diego Armando Maradona. Una pesada lápida que el pequeñín del FC Barcelona ha cargado con estoicismo, con dignidad y con humildad. La diferencia es que la idolatría que se profesó por el D10S nunca fue profanada: ni siquiera en sus momentos más dolorosos, en aquellos en los que mostró su cara más humana, víctima de las drogas y al borde del desenlace fatal, se irrespetó a la persona. Es más: se lo arropó, se lo protegió, se lo mimó, se lo consintió, se lo perdonó.

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El gesto de dolor de Lionel Messi se clavó como un puñal en el corazón del hincha argentino: todos tiemblan al saber que el comienzo de la eliminatoria será sin el ídolo.

A Maradona lo matan a palos en el resto del mundo, salvo en Nápoles. Le restriegan su irreverencia, le cobran sus errores terrenales, le envidian su talento superlativo, le niegan sus méritos como mejor jugador de la historia. Sin embargo, la idolatría del hincha argentino por el Diego es inexplicable: cuando estuvo recluido en una clínica de Buenos Aires, al borde de la muerte, la romería fue interminable. El país entero estuvo en vigilia y fueron días y días en los que las afueras del centro médico se convirtieron en el epicentro de la vida cotidiana de los argentinos, conmocionados por la suerte de su ídolo. Y ni qué decir lo que fue la explosión de júbilo cuando, por sus propios medios, ya recuperado, abandonó el sanatorio. Un grito emocionado que se escuchó a lo largo de la geografía futbolística mundial, como aquellos del gol de la mano de Dios o el regate infinito contra Inglaterra en México-1986.

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Messi le ha dado satisfacciones a Argentina, pero no algún título grande. Esa es su deuda y, también, el origen del maltrato que sufre por parte de los aficionados.

Con Messi ocurre lo contrario. Nunca, ni siquiera hoy, ha conseguido instalarse en el corazón del hincha argentino, quizás por esa lejanía que marcan los miles de kilómetros que separan su natal Rosario de su adoptiva Barcelona. A pesar de que el jugador siempre de declaró argentino, de que nunca dudó en vestir la camiseta argentina sin considerar las propuestas insistentes de la Roja española, de que su compromiso con la Albiceleste es incondicional, cada vez que puede el hincha lo apalea. Otros pueden equivocarse, tener un mal día, sufrir altibajos, pero Messi, no. Y menos cuando se le enrostra que Argentina no obtiene un título oficial desde 1993, cuando ganó la Copa América de Ecuador. Y peor cuando se recuerda que, con Messi como protagonista, en menos de un año se perdieron dos finales que el aficionado no perdona: las de la Copa Mundo y la Copa América.

En una especie de Inquisición moderna, a Lio se lo quiso crucificar hace unos meses, cuando Argentina perdió, en la definición con tiros desde el punto penalti, la final de la Copa América con Chile. Antes, la situación también estuvo al límite por culpa de aquel agónico gol de Mario Goetze, fuera del contexto del partido, que le brindó a Alemania su cuarto título orbital a expensas de una Albiceleste que bien pudo asegurar el triunfo con antelación. Responsables de la derrota obviamente eran todos los jugadores que Alejandro Sabella envió al campo del estadio Maracaná, pero el dedo acusador del hincha solo apuntó hacia Lionel Messi. Sin importar, claro, lo que había realizado en los partidos previos, sin caer en cuenta de cuánto pesó la ausencia de un Ángel Di María que había sido desequilibrante, sin reconocer ese fantástico rol de jugador colectivo que desempeñó a lo largo de la campaña mundialista.

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La Copa América, que desvela a los argentinos, fue esquiva en su más reciente versión. La Albiceleste falló y los dedos acusadores apuntaron hacia Lio Messi.

Hoy, sin embargo, el hincha argentino sufre. El comienzo de la difícil eliminatoria al Mundial de Rusia-2018, el gran anhelo de todos aquellos que profesan la religión albiceleste, será sin Lio Messi. ¡Y qué lío se armó! Tiembla del aficionado al comprobar que ese plus, ese factor de desequilibrio que no poseen los demás rivales, temporalmente no estará. ¿Cómo será esta Argentina sin Messi?, es la pregunta que todos se formulan. Y,  por supuesto, nadie, en especial aquellos que desde los medios de comunicación y las cloacas sociales quisieron mandar a Messi a la hoguera, se antoja a dar una respuesta. ¡Y cunde el pánico!, así sean solo dos los partidos en los que el astro zurdo no va a estar presente, así queden otros 16 juegos en la hoja de ruta, así se convenga que Argentina es hoy por hoy uno de los mejores equipos del planeta fútbol, con argumentos futbolísticos incuestionables.

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En su casa de Barcelona, Messi descansa y trabaja para recuperarse lo más pronto posible. Desde allí envió un mensaje de aliento a sus compañeros, que intentarán no extrañarlo demasiado.

El corazón del hincha del fútbol suele ser tan generoso como injusto, a veces también estúpido. Más ahora que las bajas pasiones futbolísticas son caldo de cultivo de las cloacas sociales, por las que circulan amenazas, juicios desorientados y anhelos incomprensibles. Cualquier equipo del mundo, a nivel de clubes o de selecciones, querría tener a Lio Messi. Hace unos meses, cuando se habló de un rompimiento de las relaciones entre el atacante argentino y la dirigencia culé, inclusive de un enfrentamiento con el técnico Luis Enrique Martínez, no faltaron las propuestas, algunas de ellas indecentes por la vergonzosa cantidad de millones de dólares que involucraban. Desde el golfo Pérsico, con el petróleo como protagonista de fondo, no fueron pocos los que quisieron tentar al gran Lio.

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El técnico Gerardo Martino sabe que enfrenta una situación complicada: sin su estrella, deberá buscar alternativas exitosas. Y, pase lo que pase, será el villano.

Y temblaron en Barcelona, se mecieron los cimientos del Camp Nou, de pensar en la posibilidad de que su gran talismán, líder del mejor FC Barcelona de la historia, pudiera lucir otra camiseta. Hubo susto, como también hubo jolgorio y celebración cuando se firmó la renovación y la cizaña sembrada por los medios de comunicación, especialmente aquellos del riñón del Real Madrid, registraron que el romance continuaba. Y Messi guio al FC Barcelona a un nuevo título de liga (la número 23 de su palmarés), a una nueva Champions League (la quinta) y a una nueva Copa del Rey (la 27, récord), gesta a la que le sumó también la corona de la Supercopa de Europa. Y sigue siendo el rey, pero no a ritmo de ranchera, sino de tango y de habaneras.

Tras la lesión sufrida en el arranque del partido contra Las Palmas, que lo dejó por fuera de las canchas al menos dos meses, las alarmas se prendieron. Y con razón: el elenco catalán perdió el liderato de la liga y se vio sin brújula. Lo cierto es que Barcelona es uno con el argentino en el campo de juego y otro bien distinto sin él. Está demostrado. Posee talento, es cierto; posee punch ofensivo, es cierto (gracias a Luis Suárez); posee identidad y riqueza técnica, es cierto. Pero carece de magia, de esa capacidad de improvisación que desarticula cualquier esquema defensivo del rival, de esa fantasía que atrapa al aficionado en las tribunas y que obliga a que los periodistas más hinchas de sus rivales tengan que cerrar el pico y limitarse a deleitarse con sus genialidades.

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El hincha argentino, sin disculpas, exige títulos que hace más de dos décadas no disfruta. Y, sin un análisis profundo o concienzudo, busca culpables y la historia siempre tiene el mismo final: Messi.

El problema, se sabe, es que ese fantástico Lio Messi del Barcelona no es el mismo con la Selección Argentina. No es que le pese la camiseta, simplemente que le cuesta, y demasiado, brillar como lo hace en Europa. La razón es muy sencilla: si bien la Albiceleste cuenta con excelentes jugadores, el estilo de juego es bien diferente al que exhibe el cuadro culé. Los roles que cumple Messi son distintos. Mientras en Barcelona todos saben que Messi va a desequilibrar, el equipo como tal cumple su trabajo y la labor del argentino es una consecuencia natural de ello. En Argentina, en cambio, esperan que Messi resuelva solito todos los problemas, como lo hizo Maradona en aquella Selección del Mundial de México-1986, y los demás se limitan a acompañarlo en función básicamente defensiva (“Nosotros cuidamos el cero en nuestro arco y que Lio resuelva arriba”, parece ser la consigna).

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Los medios de comunicación argentinos han sido particularmente duros con Lionel Messi, al que le critican no ser el mismo jugador desequilibrante del FC Barcelona.

El Brasil-2014, la mejor versión de Messi se observó en los primeros cinco partidos, durante los cuales la figura descollante del elenco de Sabella no fue él: los honores fueron, cabe recordarlo, para el popular Fideo, Ángel Di María. En esos juegos, el jugador que por aquel entonces vestía los colores del Manchester United inglés fue una pesadilla para sus rivales: rápido, con picardía, con velocidad, con cambio de ritmo y gran sentido colectivo, el zurdo asumió el peso de la ofensiva y le permitió a Messi desempeñar su papel con libertad. Algo parecido a lo que ocurre en Barcelona: allí, en su momento más destacado, Xavi, Iniesta, Busquets, Fábregas y compañía se encargaron de mover los hilos creativos y Messi fue el arma letal para liquidar. Cuando esos circuitos en el medio no funcionan, cuando la generación de juego escasea, Messi se resiente, se aleja del área y a veces tiene que ponerse la capa de superhéroe para sacar a flote la empresa.

Está claro que la diferencia del rendimiento de Messi en el FC Barcelona y la Selección Argentina no es estrictamente responsabilidad de Messi, pero el hincha no lo entiende así. Y no lo entiende, entre otras razones, porque el mensaje que le envía desde los medios de comunicación y a través de las nauseabundas redes sociales es errado, contradictorio, malintencionado. El análisis más fácil, también el más convincente en medio de la ignorancia y la estupidez que a veces caracterizan al aficionado, es echarle la culpa a Messi. Si no hace un gol, si no realiza una de esas cabalgatas heroicas, si no habilita a un compañero… Inclusive, si la defensa falla, si el portero erra, la culpa es de Messi. Así de fácil se ve hoy por hoy el fútbol en Argentina y en buena parte del planeta. Y, claro, aparece siempre la consabida comparación con Maradona, que por supuesto está fuera de lugar.

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Argentina quiere dejar de sufrir, quiere celebrar, y para ello se encomienda al mejor jugador del mundo: Lio Messi. Él, sin embargo, no obra milagros y necesita el adecuado complemento de sus compañeros en este largo y difícil camino de las eliminatorias al Mundial de Rusia-2018.

Argentina empezó las eliminatorias sin Messi y el país futbolístico se encontraba de duelo. A ese que se lo catalogó de villano hace apenas tres meses, hoy se lo califica de salvador: sin Messi, es imposible llegar al Mundial de Rusia-2018. El fatalismo que ciega el juicio vuelve a aparecer y, de nuevo, se distorsiona la realidad. Con Messi en la cancha, Argentina ha perdido y ha jugado mal; sin Messi, podrá ganar y jugará bien, y eventualmente clasificará a la Copa Mundo porque posee una nómina de lujo conformada por excelentes jugadores, además de estar dirigida por un muy buen técnico. Lo irónico, lo incomprensible, es que ahora el hincha no concibe la victoria, ni la alegría, sin Messi. Antes era el responsable de todos los males, ahora es el único que puede evitar una catástrofe; antes era un jugador que no marcaba diferencias con la Albiceleste, ahora es el único que puede garantizar ese plus, en fin.

El corazón del hincha del fútbol suele ser tan generoso como injusto, y a veces muy estúpido, también. Y en el caso de ídolos como Lionel Messi, los extremos son más distantes: el amor y el odio conviven juntos. Como dice la letra de la canción interpretada por Emilio José:
Ni contigo, ni sin ti, tienen mis males remedios.
Contigo porque me matas, sin ti porque yo me muero.
Ni contigo, ni sin ti…

 

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

Un comentario sobre “Messi y Argentina: ni contigo, ni sin ti”

  1. El Messi del Barça y el Messi de Argentina serían los dos mejores jugadores del mundo!
    Y no sólo se trata de victorias o derrotas, sino del anhelo más preciado por la afición catalana, que Messi haya recuperado su nivel, pero sobre todo su alegría.
    Recuperó la sonrisa, el tridente se contagio de goles con Messi-Neymar-Suárez, Piqué recobró la memoria, Iniesta y Xavi sacaron a relucir su talento, el esfuerzo magnifico de Bravo encontró sentido, Mascherano se multiplicó y luce cada vez más, en fin, el Barca volvió a ser un equipo de temer.

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