Los cuatro años de la era Pékerman

Se acabó la luna de miel: regresaron las dudas y la incertidumbre. Algunos ídolos viven horas aciagas, ni siquiera juegan en sus equipos. Se acabó la tregua de los medios y de nuevo se pide su salida. Y, en fin, a muchos el casete se les borró, de repente.

Colombia Mundial en Contravía rumbo a la Copa América CentenarioEn el mundo moderno de la tecnología que avanza a mil por hora, tan rápido que a veces ni siquiera nos da la oportunidad de disfrutar los adelantos que nos llegan a diario (porque enseguida parece una actualización), es fácil olvidarse de lo que ocurrió el día anterior, la semana previa, un mes antes. Tampoco se le puede pedir a la memoria que recupere esos recuerdos de hace cuatro años, y, menos aún si se trata de hinchas del fútbol: la memoria del aficionado, además de extremadamente corta, es caprichosamente selectiva, pues solo guarda detalles de lo que lo hizo feliz, de lo que le resultó agradable; lo demás, lo borra.

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La llegada de José Pékerman cambió el rumbo del fútbol colombiano. Una realidad que se inició hace cuatro años nada más, pero muchos se olvidaron de eso.

Lo vivido en los últimos cuatro años, desde que el técnico argentino José Néstor Pékerman aterrizó en el aeropuerto Eldorado a comienzos de 2012, es clara muestra de ello. Después del Mundial-2014, en el que la Selección Colombia ocupó un inédito quinto puesto y se codeó con la élite del planeta fútbol, a muchos se les olvidó cuál fue el punto de partida de ese proceso. Y cuando regresaron las dudas, la incertidumbre; cuando los ases que nos brindaron inéditas alegrías están en horas bajas y algunos ni siquiera juegan en sus equipos; cuando se acabó la tregua de los medios de comunicación y distorsión que nunca estuvieron de acuerdo con la llegada del DT argentino, y menos aún con sus políticas, a muchos el casete se les borró, de repente.

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La Copa América-2015 demostró que el romance con la afición era una burbuja, producto del exitismo tradicional del hincha colombiano.

Pékerman, vale recordarlo, no llegó por casualidad. Eran horas difíciles las que vivía el fútbol colombiano en el comienzo de la eliminatoria al Mundial de Brasil-2014. El antioqueño Leonel Álvarez había asumido tres meses antes, el 25 de agosto, luego de que Hernán Darío ‘Bolillo’ Gómez se vio obligado a dar un paso al costado tras verse envuelto en un caso de agresión a una mujer, en un bar de Bogotá. Al excompañero de Francisco Maturana el país le cobró viejas deudas, por hechos ocurridos en los años 90, y lo condenó en la picota pública, sin piedad. Cometió un terrible error por el que debió pagar un precio muy alto, y la Selección Colombia quedó en medio del espiral. Había que tomar decisiones rápidas y el entonces presidente de la Federación Colombiana de Fútbol Luis Bedoya hizo la fácil: le entregó las riendas de la Tricolor a Álvarez.

Caído Bolillo Gómez, la voraz afición tuvo su contentillo. El odiado personaje, uno de los promotores de la llamada ‘rosca paisa’ que dividió al país futbolístico entre ‘buenos’ y ‘malos’, entre seguidores y detractores, uno de los señalados culpables de las tristezas vividas en los Mundiales de Estados Unidos-1994 y Francia-1998, ya era historia. Borrón y cuenta nueva, se publicó en los titulares, convencidos de que la presencia de Álvarez era suficiente para regresar por la buena senda y enterrar ese incómodo pasado. Sin embargo, como suele ocurrir, la realidad resultó bien diferente a la película de ficción que algunos se montaron en la cabeza. Entonces, el búmeran que lanzaron se devolvió y les cayó encima con toda su inmundicia.

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El excelente nivel de Radamel Falcao García abonó el camino en la eliminatoria a Brasil-2014. Luego, una infortunada lesión lo sacó de la Copa Mundo.

Colombia empezó su andadura con un muy buen triunfo sobre Bolivia, en La Paz, con tantos de Dorlan Pabón y Radamel Falcao García. Felicidad absoluta: parecía la jugada maestra. La siguiente escala, no obstante, no fue lo esperado: empate en casa con Venezuela, que demostró que el camino no iba a ser de pétalos. Después vino el baldazo de agua fría, esa derrota que para el hincha colombiano es imposible de digerir: 1-2 con Argentina, en Barranquilla, producto de goles de Lio Messi y Kun Agüero. El año terminaba, entonces, de la misma manera que había comenzado: con dudas, incertidumbres, inquietudes, interrogantes sin respuesta y críticas permanentes. Bedoya entendió que no iban por buen camino y se jugó una carta sorpresiva: le dio el adiós a Álvarez (a pesar del amplio respaldo del sector más hincha de los medios de distorsión) y trajo a Pékerman.

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En el Mundial-2014, a falta de Falcao, emergió un James Rodríguez inmenso. No solo fue el goleador, sino también uno de los mejores jugadores del torneo.

A finales de ese lejano 2011, que para algunos es como si fuera el siglo pasado, Colombia ocupaba el puesto 36 de la clasificación de la FIFA. Todos sabemos que ese es un ranquin mentiroso, que es nada más una de tantas estrategias mercantilistas de la multinacional de la corrupción para vender sus productos y, sobre todo, para aprovecharse de la ignorancia del aficionado común (en todo el mundo, no solo en Colombia) al que lo único que le interesa, al que lo único que lo llena es el triunfo (¿o será más bien el triunfalismo?). Un equipo tercermundista, sin duda, muy lejos de la élite no solo en este listado, sino también en los campos de juego. Y no sobra refrescar la memoria: en ese momento se acumulaban tres ediciones de la Copa Mundo sin asistir (Corea del Sur y Japón-2002, Alemania-2006 y Suráfrica-2010).

La llegada del DT argentino, recordado por su trayectoria en el Independiente Medellín en la década de los 70, torció el rumbo de la historia. Colombia venció a Perú en Lima con tanto de James Rodríguez y aunque perdió en Quito con Ecuador (0-1) a partir de la séptima jornada se encarriló. Victoria sobre Uruguay (4-0, con tantos de Falcao, Teo Gutiérrez -2- y Juan Camilo Zúñiga) y luego un triunfo espectacular en Santiago: 3-1 (James, Falcao y Teo). En adelante, Colombia solo perdió con Venezuela (0-1, a comienzos de 2013) y el 11 de octubre de ese año celebró la clasificación a Brasil-2014. ¿Recuerda cómo? Con ese vibrante y frenético empate 3-3 en Barranquilla con Chile, luego de ir en desventaja 0-3 al cabo del primer tiempo. La Tricolor ocupó el segundo lugar de la eliminatoria, detrás de Argentina, y se montó en el bus camino de la Copa Mundo.

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Las generaciones jóvenes de colombianos vivieron en el Mundial-2014 alegrías que nunca habían soñado. El punto más alto de la historia: quinto puesto.

A esas alturas del partido, a muchos se les había olvidado el panorama en que estaba la Selección dos años antes. Las dudas, las incertidumbres, el desgaste por el caso Bolillo, la efímera e infortunada experiencia de Leonel Álvarez. La situación había cambiado, y mucho, para bien: no solo por el cupo al Mundial, después de 16 años de un triste ayuno sazonado por múltiples errores en el manejo del equipo, sino por la cantidad de efectos colaterales que esa racha positiva trajo consigo. A finales de 2013, concluida la eliminatoria, Colombia era la número 3 del ranquin de la FIFA, un ascenso de 33 puestos en apenas 24 meses, producto de 9 triunfos y 2 empates (apenas 2 caídas) en esa temporada. Y, de repente, casi sin esperarlo, el país futbolístico le mostraba al mundo una nueva y brillante camada que a todos nos hacía felices, que estaba en boca de todos.

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La eliminación del Mundial-2014 marcó un dolor que todo colombiano sintió en las más profundas de sus fibras: luego hubo tiempo para el orgullo.

Radamel Falcao García era uno de los mejores delanteros del planeta fútbol, quizás solo superado por Lionel Messi y Cristiano Ronaldo; James Rodríguez era la nueva joya, David Ospina era el dueño del arco, Carlos Sánchez era más que una grata revelación, Abel Aguilar había dado un salto de calidad impresionante, Teo Gutiérrez mostraba su vena goleador, Juan Camilo Zúñiga y Pablo Armero hacían recordar a esos fantásticos laterales brasileños del siglo pasado y José Pékerman era el abuelito preferido de cada hogar colombiano. Hasta, jocosamente, se lo postulaba como candidato a la Presidencia. El producto nacional recobró valor, el orgullo nacional rompió su techo y, literalmente, no había en el planeta Tierra alguien capaz de arrebatarles a los colombianos esa a veces risible condición de ‘ser el más feliz del mundo’.

En dos años, se pasó del ostracismo al estrellato y casi todos se embriagaron de triunfalismo. Los más duros críticos se convirtieron en los zalameros de turno, los medios de distorsión que antes todo lo veían malo ahora se relamían con las ganancias que se podían obtener y nació un romance con la afición que, hoy lo sabemos, en gran medida era una burbuja. Ni siquiera le inoportuna y lamentable lesión de Radamel Falcao García consiguió minar la ilusión. El país entero se encomendó a San José Pékerman, convencido de que podía obrar otro milagro. Y lo hizo: llegó el Mundial de Brasil con toda su alegría, con toda su historia, con esos 30 días imborrables que convirtieron al país en un carnaval sin fin. Un recuerdo que, vaya paradoja, hoy se antoja lejano, perdido en la memoria, como si no hubiera ocurrido, como si más bien hubiera sido un sueño, como si perteneciera a la edad de Piedra de nuestro fútbol.

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La Copa América-2015 fue un duro golpe para el embriagado orgullo de los hinchas colombianos. No se cumplió con la expectativa.

Quizás esa sea la razón por la cual hoy de alguna forma estemos otra vez en el punto de partida, el de hace cuatro años. Según el ranquin publicado por la FIFA a comienzos de este mes, Colombia ocupa el octavo lugar, en la élite, por delante de Inglaterra (noveno) y Uruguay (undécimo), excampeones orbitales. Y como nunca antes había sucedido, el producto criollo vive una época inédita: el futbolista colombiano está supercotizado, tiene las puertas abiertas en todas las ligas (incluidas las importantes), los principales clubes del mundo posan su radar sobre nuestros ases, los medios de comunicación y distorsión les siguen como a los europeos, argentinos o brasileños y, en fin, se recogen los frutos derivados del talento, pero también del buen trabajo realizado en los últimos tiempos.

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A diferencia del camino a Brasil-2014, el tránsito hacia Rusia-2018 solo ha significado preocupaciones para Colombia y sus hinchas. La ilusión, en todo caso, está intacta.

Pero, irónicamente, eso no es suficiente. Al colombiano, especialmente el fan del fútbol influenciado los hinchas inconformes que se esconden en las salas de redacción de radio, prensa, televisión e Internet, solo le sirve ganar. No importa cómo, no importa a qué costo, no importa si usando artimañas ilegales (como en las nefastas décadas de los 80 y 90 en el balompié nacional); lo único que interesa es ganar. Y en el fútbol, se sabe, son más las derrotas y los sinsabores que las alegrías y los triunfos; y aquel que no aprende a lidiar con los primeros, aquel que no aprende a superarlos, mucho menos está preparado para disfrutar los gozosos. Y el fanático colombiano, borracho de felicidad, ebrio de orgullo, se indigestó con esos cuatro años de ensueño que nos brindó la sensacional generación al mando de José Pékerman.

Hace una semana, algunos medios recordaron el debut del DT argentino al frente de la Tricolor, un 2-0 sobre México en un partido amistoso celebrado en Estados Unidos. Y se ofreció una larga y fría lista de números que poco o nada aportaron al análisis de un presente que preocupa. A pocas semanas de la reanudación de las eliminatorias al Mundial de Rusia-2018, de la doble jornada contra Bolivia y Ecuador, esos números nada nos dicen: son cifras muertas, enterradas en el pasado, y en el fútbol, como en la vida, solo existe el presente. Y el presente nos enseña que en el mundo moderno de la tecnología que avanza a mil por hora, los colombianos estamos perdiendo la oportunidad de disfrutar lo bueno que tenemos. Es cierto que los resultados no ofrecen argumentos para sentirnos felices, pero tampoco es justo ni honesto rasgarse las vestiduras.

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El país futbolístico volvió a aprender a sonreír gracias al trabajo de José Pékerman y sus dirigidos. Pero, eso a muchos se les olvidó.

Regresaron las dudas y la incertidumbre. Algunos de los ídolos de hace dos años viven horas aciagas, algunos ni siquiera juegan en sus equipos. Se acabó la tregua de los medios de comunicación y distorsión que nunca estuvieron de acuerdo con la llegada del DT argentino, y menos aún con sus políticas, y de nuevo se pide su salida. Y, en fin, a muchos el casete se les borró, de repente. No aprendemos: nos cuesta un Potosí alcanzar algo positivo, ascender unos escalones, obtener un triunfo, conquistar un logro que valga la pena; sin embargo, tan pronto llegamos al lugar en donde queríamos estar, nos empeñamos en destruirlo, en derrumbar todo cuando pudimos construir. Esa la historia de Colombia, la historia del colombiano, la vida del hincha nacional…

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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