La mentira de España, y olé

Que haya clubes fuertes no implica que haya una Selección fuerte, o viceversa. En el fútbol la premisa causa-efecto está en permanente fuera de lugar, no tiene validez. Lecciones de un ocaso.

El fútbol como debe ser en Colombia Mundial En ConttravíaEn poco más de un mes, del 21 de mayo al 27 de junio, ‘el mejor fútbol del mundo’ subió al cielo y luego cayó al infierno. O como se dice por estas tierras, subió como palma y cayó como coco. Aquellas falacias que los medios ibéricos regaron como pólvora gracias entre otros aspectos a las cajitas de resonancia que poseen por estos lados del Atlántico, quedaron al descubierto y se certificó el final de una era que le brindó al fútbol español las más grandes alegrías de la historia. Lo cierto, en todo caso, es que hoy en día la Furia Roja está mansita otra vez, y olé.

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Prematuro y doloroso adiós de España en la Eurocopa-2016: perdió en octavos de final contra Italia y salió por la puerta de atrás.

Hubo un tiempo, largo, muy largo, en el que el fútbol español fue una de las cenicientas de Europa, al menos entre aquellos países que tenían grandes clubes. Alemania, Italia, Inglaterra y Francia atesoraban nueve coronas orbitales (la mitad de las disputadas hasta antes de Suráfrica-2010), mientras España ni siquiera conseguía ser protagonista. Un solitario y casi olvidado título en la Eurocopa de 1964 (venció 2-1 a la desaparecida Unión Soviética) era la única arandela que adornaba su palmarés, más allá de las ínfulas de grandeza que destilaban los medios de comunicación ibéricos producto de las gestas continentales del Real Madrid y, más recientemente, del FC Barcelona. Dolorosas derrotas y eliminaciones sucesivas escribían la historia de la selección española, hasta que en este siglo XXI el derrotero cambió.

Durante décadas, el fútbol español, sus jugadores, sus aficionados y los medios de comunicación tuvieron que convivir con la frustración por la derrota sufrida en la final de la Eurocopa-1984, en el Parque de los Príncipes de París, cuando la Furia Roja cayó 0-2 con Francia, el 27 de junio. Fue aquella noche en la que el arquero Luis Miguel Arconada se mandó una tremenda macana tras un tiro libre de Michel Platini, un remate mansito que se le escapó por debajo del cuerpo para darle el 1-0 al elenco galo; después, cuando ya se cumplía el tiempo reglamentario, Bruno Bellone certificó la victoria y el título, con el 2-0. Un pesado lastre del que España solo se pudo librar en 2008, con ocasión del campeonato continental celebrado conjuntamente en Suiza y Austria.

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En el Mundial-2014, defendiendo la corona de Suráfrica-2010, España sufrió una penosa eliminación: arrancó con derrota 1-5 con Holanda.

Ya no era la misma España, aquella Furia Roja basada en el sacrificio, el esfuerzo colectivo y la entrega, pero con alma de perdedora. Ahora, heredando el rutero de Pep Guardiola, el discípulo dilecto del maestro Johan Cruyff, la Roja no tenía furia, pero sí mucho talento y un nuevo estilo: el siempre cuestionado tiqui-taca que hizo del Barcelona, primero, y de la Selección ibérica, después, los mejores elencos del planeta fútbol. Bajo el mando de Luis Aragonés, el sabio de Hortaleza, y con jugadores como Xavi Hernández, Carles Puyol, Íker Casillas, Andrés Iniesta, Fernando Torres y Sergio Ramos, entre otros, venció 1-0 a Alemania en la final disputada en el estadio Ernst-Happel de Viena para tocar el cielo futbolístico con las manos. A diferencia de lo ocurrido a mediados de los 60, sin embargo, España no se quedó en ese logro solitario, sino que marcó una época dorada.

El 11 de julio de 2010, en el Soccer City Stadium de Johannesburgo (Suráfrica), ahora con Vicente del Bosque en el banquillo, fue Iniesta el que cambió el rumbo de la historia al marcar el agónico 1-0 en tiempos suplementarios para superar a una rocosa, violenta y limitada Holanda, en la primera Copa Mundo disputada en suelo africano. Ya no había dudas, ya no se trataba de un éxito casual: España, más allá de las críticas que su estilo despertó entre sus aficionados, estaba en la élite orbital, graduada como grande. Y si algo hacía falta para certificar esa condición, otra corona llegó como la frutilla del postre: la de la Eurocopa-2012, en Polonia y Ucrania, tras vencer 4-0 a Italia en la final disputada en Kiev. Esa fue la cresta de la ola, porque hasta entonces ningún otro equipo europeo había conquistado la tripleta Eurocopa-Mundial-Eurocopa para rubricar su poderío deportivo.

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El gol más famoso de la historia del fútbol español: el que Andrés Iniesta le anotó a Holanda en la final de Suráfrica-2010. El éxtasis.

No solo fueron los títulos, sino también la huella que se marcó: a lo largo y ancho del planeta fútbol, muchos clubes y selecciones quisieron emular a España con su tiqui-taca que adormecía al rival hasta dejarlo a merced de su talento, para luego proceder a liquidarlo, al tiempo que los hinchas con paladar fino se deleitaron con su pulida técnica, sincronización y vocación ofensiva. Un estilo que irónicamente encontró gran resistencia en España, por aquello del mal entendido nacionalismo: se originó en Barcelona, corazón de la Cataluña con ansias independentistas, y le hizo contrapeso al poderío de Real Madrid. Por eso, precisamente, estaba condenado porque la semilla solo germinó en suelo catalán y, en consecuencia, dependía de un grupo de jugadores, de una generación. Y comenzó el descenso, marcado por dolorosas derrotas, por actuaciones penosas, por eliminaciones que rayaron con el ridículo.

El primer tropiezo se dio el 30 de junio de 2013, sobre el césped del mítico estadio Maracaná, de Río de Janeiro: aquella tarde, Brasil venció 3-0, con doblete del odiado Fred y complemento de Neymar Jr., para adjudicarse los honores de la Copa Confederaciones, el preámbulo de la Copa Mundo. España fue una sombra en esa oportunidad y no tuvo argumentos futbolísticos para impedir que su rival, literalmente, le pasara por encima. Sin que muchos pudieran percibirlo, fue el anuncio de lo que estaba por venir: un año más tarde, durante el Mundial-2014, España sufrió la peor humillación de su historia al quedar eliminada en la primera fase. Debutó con una inesperada derrota 1-5 con Holanda y luego se convirtió en la primera selección que certificaba su prematuro regreso a casa, tras caer 0-2 con Chile. Se despidió goleando 3-0 a la débil Australia, una victoria que, en todo caso, no consiguió ocultar el bochorno.

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El título de la Eurocopa-2012 fue el comienzo de la caída libre de la Selección España, un vertiginoso descenso que aún no termina.

Un toque de alerta que casi todos en España ignoraron, que muchos menospreciaron, escudados en una gran mentira: el poderío del fútbol ibérico representado por los éxitos de sus equipos en el concierto continental. Desde que la Roja comenzó su periplo de alegrías, la bandera española se enarboló victoriosa en el Viejo Continente en 2009, 2011 y 2015 con Barcelona, 2014 y 2016 con Real Madrid. Además, en la Europa League, Atlético de Madrid reinó en 2010 y 2012 (con un exultante Radamel Falcao García) y Sevilla lo hizo en 2014, 2015 y 2016. Ondeaba la bandera española, pero la verdad es que no se trataba estrictamente del fútbol español (salvo el caso del club catalán), porque los blancos, los sevillanos y los colchoneros se caracterizan, precisamente, por ofrecer un estilo bien distinto, en algún caso opuesto, al del famoso tiqui-taca.

De hecho, en la final celebrada en Milán en mayo pasado solo siete de los veintidós jugadores que comenzaron el partido eran españoles: Ramos y Arbeloa, por Real Madrid; Koke, Torres, Gabi, Saúl Ñíguez y Juanfrán, por Atlético. O sea, poco, bastante poco de fútbol español, además porque la mayoría son de corte defensivo, lo contrario al estilo ofensivo inspirado en el tiqui-taca, el origen de los grandes éxitos. Por eso, entonces, era previsible que la tendencia marcada en la Copa Confederaciones y el Mundial de Brasil continuara su camino en la Eurocopa de Francia-2016. Por los éxitos de los clubes ibéricos, la terca crónica deportiva, en una gran proporción fletada por la Casa Blanca, se empeñó en encumbrar como candidata a la Selección España, escudada en unos triunfos claramente que eran parte del pasado. Y, como se sabe, en el fútbol solo existe el presente, una historia nueva que se escribe en cada partido.

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La consagración en la Eurocopa-2008 marcó el inicio de un ciclo exitoso para el fútbol español. Alegrías que quedaron en el pasado, pues el presente es distinto.

Debutó con una pírrica victoria 1-0 sobre la defensiva República Checa (gol de Gerard Piqué en el cierre del partido), continuó con un claro 3-0 a Turquía que certificó su paso a los octavos de final (goles de Álvaro Morata -2- y Nolito), antes de sufrir el primer tropiezo: derrota 1-2 con la débil Croacia, que remontó el marcador. Un resultado que cambió los planes, porque España ya no fue primera de su grupo y tuvo que verse las caras en los octavos de final con Italia, una de las grandes. Giorgio Chiellini y Graziano Pellé sentenciaron una clara e incuestionable victoria de la Azzurra y el fin de un ciclo que los aficionados al fútbol, en todo el mundo, no olvidarán. Con mínimas dosis del talento de otras ocasiones, con evidentes fallas defensivas y sin ese aura que distingue a los campeones, España sucumbió a sus propias limitaciones.

Cambió, entonces, el discurso de los medios, que ya no pudieron ocultar la realidad: los títulos son pasado, la generación dorada tocó fondo y es imperativa una renovación que, por ahora, no se ve. La primera consecuencia fue obvia: el técnico Del Bosque dio un paso al costado y puso fin a su carrera como entrenador. Aún no se conoce el nombre de su sucesor, que tendrá una dura tarea: encontrar un nuevo grupo de jugadores, con ideas y piernas frescas, capaz de permitirle soñar con el mismo camino de los últimos tiempos. No será fácil, especialmente porque, como se vio en las finales continentales, los futbolistas españoles son sacrificados: sus clubes privilegian a los comunitarios y a los extranjeros, que ofrecen mejores resultados en el apartado de la mercadotecnia, y los condenan al banco de suplentes o, en el mejor de los casos, al exilio (como le ocurrió a Morata).

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El mundo del fútbol se rindió a los pies de la Roja tras conquistar la Copa Mundo-2010 con lujo de detalles y un estilo que a todos enamoró.

Mayo fue un mes de fiesta para el mal llamado fútbol español, gracias a que Real Madrid y Sevilla, dos de los clubes que disputan su liga, alzaron los trofeos continentales. Sin embargo, eran triunfos ajenos, basados en el talento y el trabajo de extranjeros (uno de los técnicos es francés), y ese fue un detalle que premeditadamente se obvió. Para colmo, los medios de comunicación omitieron una de las realidades más viejas, pero más sólidas, del fútbol: un tema son los clubes locales, otro muy distinto la Selección. Que haya clubes fuertes no implica que haya una Selección fuerte, o viceversa. Solo un club chileno ganó  un torneo continental en Suramérica en el último lustro (Universidad de Chile, en 2011, la Copa Sudamericana), pero la Roja es bicampeona de América con un equipo formidable. Y mientras dos elencos argentinos (San Lorenzo y River Plate) alzaron la Copa Libertadores en sus dos últimas ediciones, la Albiceleste completó 23 años sin celebrar un título. El fútbol es un juego en el que la premisa causa-efecto está en permanente fuera de lugar, de ahí que, por fin, se cayó la mentira de España. Y olé…

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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