Hienas y buitres, los enemigos de la Tricolor

Como ocurrió en los años 90, cuando los detractores de oficio de la Selección enfilaron sus baterías contra la rosca paisa, ahora se busca desestabilizar el proceso de don José. Blindar el grupo, la tarea inmediata del DT antes de enfrentar a Chile y Argentina.

Colombia Mundial en Contravía rumbo a Rusia-2018Chile, el flamante campeón de América, y Argentina, al que siempre se le quiere ganar y con el que más que nunca duele perder, son los próximos rivales de Colombia según el calendario de las eliminatorias al Mundial de Rusia-2018. Partidos difíciles por la categoría de los contrincantes  y porque el despegue de la Tricolor en esta exigente competencia no fue el esperado y son muchas las dudas que atormentan el corazón del hincha. El duelo más importante, sin embargo, es el que el grupo dirigido por José Pékerman debe librar de puertas para adentro.

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Los tiempos felices de la Selección: la Tricolor ganadora que despertó pasiones desbordadas en la afición. Hoy, cuando los resultados no se dan, la realidad es distinta.

Los detractores de oficio de la Selección, que no son pocos y muchos de ellos están plenamente identificados, ahora se relamen con las dificultades que el equipo enfrenta desde el Mundial de Brasil-2014. Es el momento por el que tanto habían esperado desde que en enero de 2012 la Federación Colombiana de Fútbol nombró a Pékerman como entrenador del combinado de mayores. Lo peor es que, en medio de la ignorancia sobre el tema y las bajas pasiones que despierta la Tricolor, están arrastrando a una tajada de la masa de seguidores. Y, como solía decir el gran Facundo Cabral, el riesgo con los pelotudos es que son muchos, que son la mayoría, y los pelotudos ya se alinearon tras la prensa carroña y los buitres de las cloacas sociales.

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No solo el DT José Pékerman: todo el país aprendió a volver a sonreír por cuenta de la novia del pueblo colombiano: la Selección.

Lo primero que hay que convenir es que a algunos el nombramiento de Pékerman y sus asesores les cayó como una patada de punta en las partes nobles. De inmediato quedaron fuera del llavero y se los empezó a tratar como corresponde: siguiendo las mismas reglas de todo el mundo. Vacas sagradas de los medios de comunicación, simples carga cables, directivos de las empresas patrocinadoras, empresarios de jugadores, los áulicos de turno y, por supuesto, uno que otro mercader del fútbol, de esos que se sientan cómodamente en las poltronas del comité ejecutivo de la Fedefútbol.

Son los mismos que, en épocas pasadas, pasaban más tiempo en las habitaciones de los futbolistas y de los miembros del cuerpo técnico que en sus propias oficinas. Allí se enteraban de primera mano de los pormenores de la actividad y así conseguían las chivas que después le enrostraban a la competencia. A cambio, tenían que defender a capa y espada los procesos y a los mandamases de la ocasión, independientemente de los resultados y así fuera necesario torcer la realidad para mostrarle al hincha los beneficios de ese esquema en el que todos perdían, empezando por la propia Selección, a excepción de ellos.

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La alegría de un pueblo en su máxima expresión: con un gol de Freddy Rincón, Colombia igualó 1-1 y, por primera vez, avanzó a segunda ronda en un Mundial. Ocurrió en Italia-1990.

Aquella vieja frase de que en Colombia la gente se muere más de envidia que de cáncer cobra vigencia con este dubitativo presente de la Selección. Aquí somos campeones mundiales para adjudicarnos los éxitos, triunfos y logros de los demás, simplemente “porque yo le hice fuerza”. Y, por supuesto, campeones mundiales del mundo y sus alrededores para sacar el bulto a la hora de la derrota. Para sacar el bulto y más bien enfilar toda la artillería contra los protagonistas de turno. Así ocurrió en los años 90 con los equipos dirigidos por Francisco Maturana y Hernán Darío Gómez, y más tarde con los de Jorge Luis Pinto y Reynaldo Rueda.

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La prematura eliminación de Estados Unidos-1994 supuso un terrible mazazo para la Selección y, por supuesto, para el país. Había grandes expectativas y la Tricolor fue la primera eliminada. ¡Increíble!

Cuando Colombia igualó sin goles con Israel aquel inolvidable lunes 30 de octubre de 1989 y aseguró un cupo para el Mundial de Italia-1990, Maturana no era un morocho chocoano, sino un rubio de ojos azules. ¡El país entero lo idolatraba! Aunque la base de aquella Selección era Atlético Nacional, la odiada rosca paisa, el hincha común se despojó de sus prejuicios y celebró como no lo hacía por casi tres décadas. Y los periodistas que le dieron palo ventiao a Maturana lo ensalzaron, lo endiosaron, lo ponderaron. La generación encabezada por El Pibe Valderrama se metió en lo más hondo de nuestros corazones y gracias a ellos todos nos sentimos orgullosos de ser colombianos.

La euforia alcanzó su máxima expresión el domingo 5 de septiembre de 1993, con el famoso 5-0 sobre Argentina en el estadio Monumental de Buenos Aires que garantizó el tiquete directo a Estados Unidos-1994. Bien distinta fue la historia cuando la Tricolor se convirtió inesperadamente en la primera eliminada de la cita mundialista: el país entero, con el periodismo en primera fila, le volteó la espalda. Los héroes de antaño pasaron a ser villanos y se los atacó sin piedad, con sevicia, sin respeto alguno por las personas y menos aún por sus familias.

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El disparo del inglés David Beckham terminará en el fondo del arco defendido por Faryd Mondragón y sellará la eliminación de Colombia en Francia-1998. Fue el triste final para un ciclo que nos brindó enormes alegrías.

Una locura colectiva que todos sabemos se manifestó de la manera más cruel: el asesinato de Andrés Escobar, el caballero del balón, el modelo para las nuevas generaciones. Muchos fueron los que primero tiraron la piedra y en la mañana fatídica de aquel domingo 2 de julio de 1994 escondieron la mano. Y luego de la eliminación de Francia-1998, también en primera fase, el fabuloso ciclo de El Pibe y su corte terminó de manera abrupta: el país, y no sólo el futbolístico, apuntó el dedo acusador contra quienes durante una década nos habían brindado inéditas alegrías. Y como no se aprendió la lección, de nuevo la historia se repite.

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Referente de una generación a la que el pueblo primero amó y luego odió: Carlos ‘El Pibe Valderrama, talento en su máxima expresión. Marcó la historia del fútbol colombiano con su estilo y carisma.

El tórrido romance de la afición y la prensa con la Selección Colombia de José Pékerman, tras la fantástica campaña en las pasadas eliminatorias y en el Mundial de Brasil-2014, llegó a su final. No fue sino que el equipo sufriera el primer traspié serio, el de la Copa América de Chile, para que el amor se terminara. Fue, como suele ocurrir con los hinchas, un matrimonio por conveniencia: apenas se terminaron los beneficios, la pasión se extinguió. Hoy, azuzados por los incendiarios que se esconden en los medios de comunicación, los aficionados critican con saña, se burlan de los que hace poco más de un año eran intocables ídolos y hacen leña del árbol caído. Es, entonces, la hora de que Pékerman demuestre, una vez más, sus dotes como estratega, pero esta vez fuera del campo.

La mejor decisión que tomó el DT argentino tan pronto asumió en la Selección, que de hecho fue una de sus condiciones para firmar, fue aquella de blindar al grupo. Desterró de un tajo a los áulicos, a los que se acomodaban en las habitaciones de los jugadores; les cerró las puertas de los hoteles, las concentraciones y los sitios de entrenamiento a los patrocinadores y especialmente a los empresarios y, en pocas palabras, puso la casa en orden. Don José aprendió la lección de cuando estuvo al frente de la Selección de su país, antes y durante el Mundial de Alemania-2006. Tras la eliminación, a manos del elenco local en los cuartos de final, se le metieron al rancho, y de forma vulgar. Se dijo de todo, se publicaron fábulas increíbles y hasta su familia llevó del bulto. Por eso, en Colombia él y su equipo de colaboradores se mueven como fantasmas, prácticamente invisibles para prensa e hinchas, y eso levanta roncha.

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La Copa América de Chile-2015 marcó un punto de quiebre en el romance entre la Selección y la afición: no poder conseguir el título despertó las bajas pasiones que estaban dormidas y la Tricolor se convirtió en el blanco de ácidas críticas.

Más allá de los inéditos resultados, de las inolvidables alegrías que se le brindaron al pueblo, de logros que será muy difícil superar, del reconocimiento internacional a una excelente labor, el éxito de don José radicó en aislar completamente al grupo. ¿De qué? De la dañina influencia de los oportunistas de siempre, de aquellos que se quieren hacer célebres, o multimillonarios, con el sudor de la frente de otros. Así, entonces, durante los primeros cuatro años de su gestión, la Selección Colombia fue una verdadera familia. Cuando hubo ropa sucia (¡Que la hubo!), se lavó en casa. En alegría y en tristeza, en victoria o en derrota, en dolor o en gozo, en salud o en enfermedad, el grupo siempre se mantuvo compacto, cerrado, salvaguardando su intimidad e imponiendo límites infranqueables. Bajo el absoluto control del entrenador, cada uno supo cuál era su rol y lo desempeñó a la perfección, dentro y fuera del campo.

Claro, la buena racha de resultados contribuyó enormemente, porque bien es sabido que en el fútbol una victoria, por pírrica o agónica que sea, tapa cualquier error. Al hincha, finalmente, lo que le importa es ganar, y casi nunca repara en el cómo se jugó, en si hubo fallas o si solo fue cuestión de suerte. Por eso, cuando aparecieron las derrotas, cuando los objetivos no se alcanzaron, cuando la columna vertebral se resquebrajó por lesiones y/o bajo rendimiento, el amor de muchos aficionados y de prácticamente toda la prensa se transformó en odio visceral, en críticas ácidas, en intolerancia, hasta generar este ambiente enrarecido que amenaza la estabilidad del grupo. Y el flojo arranque en la eliminatoria, pese a la victoria sobre Perú en Barranquilla, fue como aplicar sal en la herida. Por eso, preocupa la doble jornada que se vivirá en los próximos días, contra Chile en Santiago y luego frente a Argentina en la Puerta de Oro.

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Con una sufrida victoria 2-0 sobre Perú, en Barranquilla, se inició el camino de Colombia rumbo a Rusia-2018. A pesar de la victoria, el equipo no dejó conformes a los hinchas.

Cualquier equipo del mundo tiene derecho a jugar bien, mal o regular; a ganar, empatar o perder. Ocurre que algunos olvidan que el fútbol es solo un juego, apasionante, que involucra sentimientos incontrolables e incomprensibles, pero un juego al fin. Pero, en este país del Espíritu Santo hasta eso se convierte en cuestión de vida o muerte: no hay tonos grises, solo blancos y negros. Bueno si gana, malo si pierde. Y no se respeta pinta, como se dice en la calle, porque hasta a Radamel Falcao García y James Rodríguez, los estandartes de esta generación, se les han metido al rancho. Les inventaron infidelidades, lesiones, divorcios y enfrentamientos con técnicos y compañeros de sus respectivos equipos. Y se dio rienda suelta a la cacería, esa infame estrategia que en el pasado a los buitres tanto placer les provocó.

¿Cuál cacería? Aquella protagonizada por las hienas de los medios de comunicación y los buitres de las cloacas sociales destinada a desestabilizar al grupo, a enfrentar a los miembros de la familia, a provocar fisuras en el blindaje de Pékerman. Primero se abordó a Falcao, por su falta de continuidad y su sequía goleadora tras la lesión de rodilla que lo sacó del Mundial, pero El Tigre no les dio papaya. La siguiente víctima fue Jackson Martínez, que alcanzó a morder el anzuelo y sin querer queriendo manifestó su inconformidad por no ser titular. Sin embargo, el delantero del Atlético de Madrid no les brindó lo que esperaban. Entonces, buscaron a Freddy Guarín, que tropezó en la vieja cascarita y ofreció unas declaraciones desentonadas, que nunca desmintió.

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En Montevideo, parecía que los jugadores de Uruguay se hubieran multiplicado frente a una Tricolor que no ofreció respuestas futbolísticas adecuadas y perdió 0-3.

Hace dos décadas, el temperamento traicionó a Ricardo ‘Chicho’ Pérez, a Freddy Rincón, al siempre explosivo Faustino Asprilla y al calenturiento Pibe Valderrama, a casi todos. De hecho, el Mono le echó leña a la hoguera tras la caída en Uruguay, al criticar con dureza al equipo y especialmente a Guarín. Bocatto di Cardinale para las hienas, que se relamieron sembrando cizaña, que se regodearon cobrándole al técnico supuestos gravísimos errores, que alzaron la voz pidiendo cambios en el manejo de la Tricolor. En los años 90, dado que la Selección era un desfile de vedettes, una feria de egos, los detractores salieron airosos. Destruyeron lo más lindo que tenía el país futbolístico, pero irónicamente también se quedaron con las manos vacías.

En la antesala de los cruciales duelos contra Chile y Argentina, a la sazón los mejores elencos de Suramérica en el presente, no importa qué jugadores fueron convocados, ni cuál será el plan de entrenamiento para competir en Santiago y Barranquilla. Lo que importa, lo que se necesita urgentemente, es que José Pékerman, con la indispensable ayuda de la Federación Colombiana de Fútbol, vuelva a blindar el grupo. Que lo aísle de la prensa carroña, que abunda por doquier; que lo mantenga alejado de las cloacas sociales; que lo enfoque estrictamente en lo deportivo; que evite que se convierta en una grosera cocina de chismes y verdades a medias, como ya ocurrió en el pasado. Después, cómo juegue Colombia; si pierde, gana o empata, será harina de otro costal. Con 14 fechas por disputar, eventualmente los puntos que se pierdan se podrán recuperar; lo que sí será imposible rescatar, en caso de que se pierda (¡Y la amenaza está latente!), es la unidad del grupo, su sentido de familia. Cuando eso ya no exista, poco o nada es lo que se podrá hacer…

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En la víspera de los encuentros contra Chile y Argentina, la afición quiere volver a celebrar. Los resultados adversos han demostrado que el crédito de los éxitos no es ilimitado y solo las victorias conseguirán la reconciliación.

 

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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