Ganó Blatter, perdió el fútbol

La del 29 de mayo no es una buena fecha para el deporte más popular del planeta. Es un día en el que suelen suceder tragedias de las que, está claro, no se aprende. Blatter, capo de la mafia de la corrupción en la FIFA, se atornilló cuatro años más a la silla.

ColombiaMundial(3)Treinta años después, una nueva tragedia para el fútbol. Antes, en 1985, en el estadio de Heysel, en Bruselas (Bélgica), con ocasión de la final de la Copa de Europa (hoy conocida como Champions League) entre Liverpool de Inglaterra y Juventus de Italia. Hubo 39 muertos después de que los hooligans agredieran a los tifosi. Hoy, en 2015, en Zúrich (Suiza), Joseph Blatter, el Alí Babá del siglo XXI, rodeado de 133 secuaces, le asestó el más duro golpe a la credibilidad y limpieza del juego: pese al mayúsculo escándalo por corrupción que envuelve a la entidad, fue reelecto para un quinto período.

Tragedia de Heysel.
El 29 de mayo de 1985, con ocasión de la final de la Copa de Europa entre Liverpool y Juventus, los hooligans atacaron a los tifosi. Hubo 39 muertos, pero aún así el partido se jugó.

La década de los 80 estaba marcada por el dominio de los clubes ingleses en el ámbito europeo, pero también por el creciente temor ante la incontenible marcha de sus hinchas, los desadaptados hooligans. Mientras los equipos de las islas se paseaban victoriosos por doquier, cosechando títulos y gloria, estos nefastos personajes, sin control, se paseaban por todo el continente dejando una huella de disturbios, violencia desmedida y desazón. No había quién les pusiera el freno a unos y otros, y en diversos círculos deportivos y políticos se rogaba por que un día no se produjeran hechos que lamentar. Varias veces hubo desórdenes que no pasaron a mayores, pero aquella final europea brindó el escenario perfecto para que el fútbol viviera una de las jornadas más aciagas y absurdas de la historia.


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El ambiente en Bruselas, que por cuarta vez acogía el partido más importante del balompié en el Viejo Continente, estaba enrarecido. Un año antes, Liverpool había ganado el trofeo en Roma y después del partido las calles de la ciudad se convirtieron en cuadriláteros ambulantes; la batalla campal fue de grandes proporciones. Luego, los Reds se quedaron con la espina de la final de la Supercopa Europea (ganadores de Copa y Recopa), pues solo se disputó el juego de ida en Turín, contra Juventus, que ganó 2-0. Pese a esos antecedentes, los controles policiales se antojaban laxos, especialmente dentro del estadio, un escenario cargado de historia, pero anticuado y sin poder ofrecer las garantías de seguridad que un partido de esta índole requería, especialmente cuando estaban involucrados los temidos hooligans.

Tragedia de Heysel.
La tribuna que ocupaban los hinchas italianos quedó devastada tras el ataque criminal de los ingleses. Esa de Bruselas (Bélgica) es calificada como la peor tragedia de la historia del fútbol.

Las medidas de seguridad se concentraron en las afueras del estadio, por lo que los desadaptados tuvieron libertad para actuar adentro. Poco antes del comienzo del partido, los aficionados ingleses, muchos de ellos con exceso de cerveza (y quizás algo más) en la cabeza, abandonaron la localidad en la que estaban ubicados y enfilaron hacia el sector que albergaba a los italianos. Lo que en el inicio parecía una mera provocación pronto se convirtió, ante la mirada atónica de las autoridades, en una tragedia. Rompieron la endeble malla, ingresaron a la tribuna y armados con palos y piedras, pero también con cuchillos y pistolas, la emprendieron contra los tifosi. ¿El resultado? 39 muertos. Las víctimas quedaron atrapadas contra la pared y allí fueron masacradas. Treinta y dos italianos, cuatro belgas, dos franceses y un norilandés fueron el saldo trágico de aquel espantoso día.


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Como espantoso fue lo que ocurrió minutos después: las autoridades locales, que habían sido incapaces de contener el ataque, convencieron a los equipos y a la UEFA de jugar el partido. “Es por razones de orden público”, argumentaron. Tras desalojar el terreno de juego, Phil Neal y Gaetano Scirea, capitanes de Liverpool y Juventus, respectivamente, se dirigieron a los estupefactos aficionados a través de los altoparlantes: “No respondan a las provocaciones”, fue lo único que atinaron a decir. Y, cuando el reloj marcaba las 9:37 de aquella aciaga noche, el balón rodó como si nada hubiera sucedido. El anormal encuentro fue ganado por Juventus, luego de que Michel Platini ejecutara un tiro penalti producto de una falta que no fue. Y los bianconeri, increíblemente, alzaron el trofeo, celebraron y dieron la vuelta olímpica delante de la tribuna en la que, poco menos de dos horas antes, 39 hinchas habían muerto.

Tragedia de Heysel.
De manera absurda, como si nada hubiera ocurrido, el partido se jugó. Ganó Juventus y sus jugadores, encabezados por su capitán Michel Platini, autor del tanto de la victoria, celebraron ante la tribuna donde sucedió la tragedia.

Una tragedia que se repite
El pasado miércoles 27 de mayo, la FIFA había sido sacudida por un terremoto de gigantes proporciones: autoridades de Estados Unidos y Suiza se combinaron para llevar a cabo una operación contra los directivos que, según ellas, forman parte de la mafia corrupta que convive en la entidad. A solo 48 horas del congreso en el que se debía a elegir presidente por los próximos cuatro años, esa acción parecía ser un golpe definitivo para tumbar a Sepp Blatter, amo y señor de la FIFA los últimos 17 años y acusado de ser el gran promotor de las prácticas deshonestas. Las presiones desde diferentes gobiernos, la indignación de los hinchas a lo largo y ancho del planeta fútbol y la presión de los medios de comunicación se antojaban suficientes para consumar el gran cambio, para forzar el borrón y cuenta nueva.

Blatter, presidente de FIFA
La web oficial de la FIFA dio parte de la nueva victoria de Joseph Blatter, que regirá los destinos de la entidad otros cuatro años más. El gran perdedor fue el deporte.

Borrón y cuenta nueva sí hubo, pero con los mismos protagonistas de siempre. Igual que las autoridades belgas poco después de la tragedia en Bruselas, los representantes de las asociaciones afiliadas a la FIFA se hicieron los de la vista gorda, desoyeron los llamados de atención y continuaron su juego. Como si nada hubiera ocurrido. Y Blatter, igual que los jugadores de Juventus en 1985, ganó y celebró. “Prometo dejarle una FIFA mejor a mi sucesor”, prometió tras ser proclamado vencedor. “Soy un hombre de fe. Dios, Alá o quien sea nos ayudará a traer de vuelta esta FIFA. Al final de mi mandato, entregaré la FIFA a mi sucesor y será más robusta”, aseguró.

Blatter, presidente de FIFA.
El resultado de la primera votación, a pesar de la diferencia entre los candidatos, dejó claro que Blatter deberá lidiar con un sólido e inédito bloque opositor.

Antes de que se destapara la olla podrida, se daba por descontada una apabullante victoria de Blatter sobre su único rival, el príncipe jordano Ali bin Al Hussein. Al cabo de la primera votación, sin embargo, la armadura del dirigente suizo sufrió graves abolladuras: Blatter sumó 133 votos, contra los 73 de su contendor, y los tres restantes fueron declarados nulos. Es decir, por primera vez, un grueso bloque contradictor, una oposición contra la que deberá luchar en adelante. Como le faltaron seis sufragios para obtener los dos tercios de la votación, se anunció una segunda vuelta. Fue, entonces, cuando sucedió lo imprevisto: consciente de que su candidatura y su mensaje de renovación y honestidad no habían calado entre los delegados, Al Hussein se retiró. África, Asia, Centro América y el Caribe y Suramérica, fieles a Blatter y cuyos representantes son los principales acusados en esta trama podrida, habían logrado su cometido.

“La FIFA no es solo una organización internacional. Nosotros la familia de la FIFA. Reconocemos nuestra responsabilidad y sabemos de la fragilidad de la confianza. Estamos en la encrucijada del fútbol y debemos resolver los problemas, no esconderlos, dijo el jordano en su intervención previa a la votación. La FIFA debe funcionar con transparencia, democracia y apertura, debe luchar contra la discriminación, defender los derechos y restablecer el respeto para el gobierno de la organización que representa. No es una compañía, sino una organización de servicios. Somos guardianes de un juego que tiene la capacidad de unir, generar orgullo, alegría e inspirar a los jóvenes, agregó. “Tienen el futuro en sus manos. Escuchen solo a su conciencia y su corazón”, concluyó. Pero apelar a la conciencia y al corazón de quienes por acción u omisión han sido cómplices de esa francachela iniciada hace décadas por Joao Havelange, maestro y antecesor de Blatter, es como pedirles a los ratones que cuiden el queso.

Blatter, presidente de FIFA
El jordano Ali bin Al-Hussein se retiró poco antes de que se hiciera una segunda votación. Su mensaje de renovación y honestidad no prosperó.

Y el portugués, Luis Figo, que declinó su candidatura para apoyar la del asiático, fue más contundente: “Esta votación solo ha servido para avalar la elección de un hombre que no puede mantenerse a la cabeza del fútbol. Este es un día negro para el fútbol mundial. Sus dirigentes no tienen integridad ni carácter. El resultado muestra que la organización está enferma. El señor Blatter conocía y toleraba actos de corrupción y tráfico de influencias. Y si no lo sabía es que no tiene capacidad para dirigir la FIFA. Si tiene un mínimo de decencia debería renunciar”. Y criticó con dureza las declaraciones del presidente: “Blatter dice que no puede controlar a todos. Ofende la inteligencia de todos nosotros. Fueron estas personas que él promovió desde hace años y que con él, hicieron la FIFA lo que es hoy, un organismo decadente, añadió.

El fútbol está herido de muerte. Su credibilidad está por los suelos y con ella limpian el piso. Ni las investigaciones surgidas desde dentro de la entidad (como la que encabezó Michael Garcia en el pasado), ni las acciones emprendidas por el FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos ni el clamor de jefes de Estado como el premier inglés David Cameron o la alemana Angela Merkel bastaron. La FIFA, su cúpula corrupta, por ahora es intocable. Pero ellos, como el deporte que los ha enriquecido de manera absurda y al que han manchado sin remedio, tarde o temprano caerán, también caerán. “Los próximos meses no serán fáciles. Estoy seguro de que van a llegar más malas noticias”, dijo Blatter la víspera. Y quién mejor que él, el Alí Babá del siglo XXI, para saber lo que le corre pierna arriba. Ganó Blatter, perdió el fútbol…

Blatter, presidente de FIFA
Años aciagos les esperan a la FIFA y al fútbol mundial tras la reelección de Sepp Blatter como presidente de la entidad. La sombra de la corrupción será una pesada lápida para el suizo.

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

Un comentario sobre “Ganó Blatter, perdió el fútbol”

  1. La corrupción de la FIFA era un secreto a voces que solo la justicia de Estados Unidos se atrevió a anunciar públicamente ante el mundo, pero creo que lo hizo más por un objetivo político contra Rusia que por iniciativa o una oleada de honestidad. Lo bueno es que lo hizo y ya se confirmó lo que se creía de la entidad. Lo malo, como usted bien lo escribe, es que Blatter y su corrupta administración seguirán campantes cuatro años más, haciéndole daño al más maravilloso de los deportes: el fútbol. Saludos.

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