Final de Champions League: ¿el que gana es el mejor?

Atlético de Madrid y Real Madrid se verán las caras en Milán el 28 de mayo en procura del trofeo que distingue al mejor club del fútbol europeo cada temporada. ¿Al mejor?

Colombia Mundial en Contravía rumbo a la Copa América CentenarioAquella vieja máxima según la cual el que gana es el mejor cada día está más revaluada en el mundo del deporte. Si bien es una premisa todavía vigente, es claro que cada vez es más difícil aplicarla, que cada vez es más relativa, que cada vez hay más dudas y cuestionamientos a la hora de señalar al mejor, especialmente por el facilismo del hincha común. Los resultados de las semifinales de la Champions League, que nos dejaron servida una final con acento español para el próximo 28 de mayo en Milán (Italia), son una clara muestra de ello. Y hasta el partido que define el título corre el riesgo en entrar en esas arenas movedizas que complican el análisis y con frecuencia solo consiguen herir susceptibilidades.

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El trofeo de la Champions League, la mítica Orejona, se paseará por Madrid. Lo único que está por saber es si ante la Cibeles o en la Fuente de Neptuno (UEFA.com).

Atlético de Madrid-Real Madrid, que ya se vieron las caras en 2014 con triunfo para los blancos y conquista de la décima Orejona de su palmarés, disputarán la corona y también ese ambiguo y cada vez más odioso rótulo de ‘mejor club europeo’. El problema surge por aquella creencia de que el que gana es el mejor. Siempre. Y cuando uno dice siempre, así de manera firme y contundente, empieza a patinar, porque en la vida nada, ni la vida misma, es para siempre. Y tampoco en el deporte. Pero el hincha, que siente, pero no razona, ha alimentado ese mito, le ha dado vida a ese monstruo de mil cabezas que, a veces, se vuelve en su contra. El desenlace de las recientes semifinales es leña que aviva el fuego de la polémica.

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Atlético de Madrid dejó en el camino al campeón defensor FC Barcelona y al candidato Bayern Munich. Es un aspirante sólido (UEFA.com).

Atlético de Madrid eliminó al Bayern Munich alemán tras caer 1-2 en la capital bávara y avanzó gracias al gol como visitante, en virtud de su triunfo 1-0 en el estadio Vicente Calderón de la capital española. Fue una serie muy reñida más allá de los números, con fuerzas muy equilibradas, a pesar del estilo ofrecido por cada equipo. Sin belleza estética, pero con alta brillantez táctica, el elenco colchonero logró dejar atrás un duro escollo y se instaló en el partido soñado, en ansiado por todos. Y, claro, los puso a todos a discutir, porque su estilo no llena el paladar de los más exigentes, de los ortodoxos, porque el resultadismo es permanentemente desprestigiado desde los medios de comunicación, porque está mal visto: es como presentarles la novia a los amigos del colegio y que ella sea la fea del curso. Estamos en una sociedad marcada por el mercantilismo en la que solo se le da valor a lo bonito, a lo que tiende a la perfección.

Y ese es, precisamente, el error: creer que en el fútbol lo bonito es ganar, que la perfección es ganar. Hay mil y un caminos para ganar y cada cual escoge el suyo, pero la única verdad innegable es el resultado, aunque hay una serie de variables que también entra en juego: los modos, el estilo, los protagonistas, las circunstancias, la tradición. Y la historia nos recuerda episodios de grandes equipos que no fueron ganadores (en otras palabras, que no ganaron los títulos a los que optaron), pero que dejaron huella, que marcaron un camino, que impusieron un estilo, que nos dejaron claro que en el fútbol ganar no es la única vía para dejar un legado. Lo más irónico del caso es que se trata de equipos que jugaban bonito, a veces muy bonito, con nóminas plagadas de genios y que se inmortalizaron gracias al espectáculo que se grabó con tinta indeleble en la memoria de los aficionados.

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Con lo justo, y frente a un rival muy inferior, Real Madrid consiguió el cupo a la final. El club merengue intentará conquistar el trofeo por undécima ocasión (UEFA.com).

En los años 50, hace más de seis décadas, la Hungría de Ferenc Puskas, Sandor Kocsis, Zoltan Czibor, Joszef Toth, Nandor Hidegkuti y compañía marcó una era. Ganó el oro en los Juegos Olímpicos de Helsinki-1952 y con argumentos sobrados llegó a la final del Mundial de Suzia-1954. Como se sabe, el campeón fue esa Alemania que en aquella época era un equipo del montón y que para rematar regresaba a al Copa Mundo con un elenco de segundo nivel tras haber sido penalizada por provocar las hostilidades que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. El Milagro de Berna fue bautizado aquel duelo final, ganado 3-2 por los teutones ante la mirada estupefacta de propios y extraños. El elenco magiar, que en la fase de grupos había goleado 8-3 a su verdugo, esa vez se inclinó frente aun rival más efectivo que supo capitalizar lo ocurrido en aquellos inolvidables 90 minutos de juego. Disminuida, Hungría jugó el Mundial de Suecia-1958 en el que fue superada por Brasil, un equipo que sí supo conjugar eso de jugar bonito, ganar y ser el mejor.

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Manchester City, novato en semifinales, fue muy inferior al compromiso. Opuso muy poca resistencia y con el marcador en contra se entregó (UEFA.com).

En los años 70, el turno fue para la Holanda de Johan Cruyff, la famosa Naranja Mecánica que revolucionó el deporte con su fútbol total: todos atacan, todos defienden. La base de aquel conjunto era el brillantísimo Ajax que supo reinar en Europa, pero que después se quedó a las puertas del título orbital dos veces. La primera, se recuerda, fue con ocasión del Mundial de Alemania-1974, en el que el dueño de casa logró el bicampeonato tras triunfar 2-1. En un día en el que Cruyff fue una golondrina solitaria que no consiguió hacer un verano, Holanda vio frustrado su sueño que era también el sueño de millones de aficionados que a lo largo y ancho del planeta fútbol se habían enamorado de su estilo. Cuatro años más tarde, para su pesar y sin Cruyff en el campo, la historia se repitió: la Argentina de Mario Alberto Kempes alzó la copa en Buenos Aires, tras imponerse 3-1 en tiempos suplementarios.

Y más acá en el tiempo, en los años 80, el último Brasil lírico provocó el llanto de sus seguidores en todo el mundo. El equipazo dirigido por Telé Santana fracasó en los mundiales de España-1982 y México-1986, también en la Copa América de 1983, para quedar marcado como un campeón sentimental, como un rey sin corona. Zico, Socrates, Júnior, Toninho Cerezo y Falcao, entre otros, conformaron uno de los mejores equipos de la historia, una fuente inagotable de fantasía y buen juego que, vaya capricho del destino, nunca encontró el premio que merecía. En 1982 cayó en la segunda fase, víctima de la efectividad de un Paolo Rossi que condujo a Italia al tricampeonato orbital. En 1986 se inclinó ante Francia, en los cuatros de final, por la dolorosa vía de la definición con tiros desde el punto penalti. Fue la última vez que el mundo del fútbol observó un Brasil fiel a su historia y tradición y fue también el punto de partida para el cambio de ADN futbolístico que hoy nos ofrece la peor versión auriverde de la historia.

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Bayern Munich alcanzó a soñar con la final, pero se quedó con las manos vacías. Al elenco germano le faltaron tranquilidad y contundencia (UEFA.com).

Hungría, Holanda y Brasil no ganaron, pero fueron inolvidables, son inmortales. Sus planteles reposan en la memoria de los aficionados, que recuerdan con nostalgia esos conciertos futbolísticos que a todos nos deleitaron. El fútbol y los aficionados los añoran y siguen siendo referencia, y el paso del tiempo enriquece su leyenda. Sobre el papel, por capacidad individual y colectiva, húngaros, holandeses y brasileños eran más que sus rivales, pero a la hora de la verdad se quedaron con las manos vacías. Como en esta Champions League les ocurrió a Paris Saint-Germain, Barcelona y Bayern Munich, para muchos mejores que Manchester City y Atlético de Madrid, sus verdugos. Hay que recordar, sin embargo que aunque es una premisa todavía vigente, aquella vieja máxima según la cual el que gana es el mejor, cada día está más revaluada en el mundo del deporte.

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Pep Guardiola es DT del Bayern Munich y desde agosto dirigirá al Manchester City, justamente los perdedores de las semifinales. Ironías del fútbol (UEFA.com).

Volvemos, entonces, al punto de partida: la final de la Champions League entre los equipos españoles Atlético de Madrid y Real Madrid, dos elencos que, valga resaltarlo, no son particularmente brillantes, mucho menos líricos. Esos calificativos les quedaban a Barcelona y Bayern Munich, pero catalanes y bávaros verán el duelo del 28 de mayo desde sus casas, con la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue. Colchoneros y merengues, en todo caso, nos ofrecen caminos distintos (que no es lo mismo que opuestos) para llegar a la victoria. Independientemente de cuál salga vencedor en la final de Milán, está claro que el presente del fútbol nos fuerza a admitir que se está más cerca del éxito con la visión de los colchoneros que con la de los merengues. Las recientes consagraciones del chico Leicester City en Inglaterra y del poderoso Juventus en Italia, fieles representantes de esa estirpe, refuerzan la teoría.

Atlético de Madrid es una oda a la solidaridad. Un equipo en todo el sentido de la palabra, en el que el colectivo está muy por encima de las individualidades, que sí están, pero en función de un rol grupal. Es la clase obrera aunada en pos de un objetivo común, con argumentos que van más allá de lo futbolístico: la convicción es, sin duda, su principal fortaleza. Los jugadores, sin excepción, creen firmemente, a ojo cerrado, en la prédica del técnico Diego Simeone, que es coherente entre lo que expresa y la forma en que actúa y, por eso, se ganó el respeto de sus dirigidos. “Ganar es lo que importa, no el estilo”, se ha cansado de repetir el Cholo, que con un libreto distinto al que le otorgó lustre y gloria al fútbol español está haciendo historia con el elenco colchonero. Y juega bien, aunque sin lujos; y juega bien, sin estrellas individuales que eclipsen a sus compañeros; y juega bien, más allá de que de manera premeditada le da la espalda al espectáculo. Y gana, que es lo que importa.

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El galés Gareth Bale fue el pasaporte del Real Madrid a la final de la Champions League. Fabricó la jugada que significó el tanto de la victoria sobre Manchester City (UEFA.com).

Real Madrid, en cambio, es una cena de gala de Hollywood: un permanente desfile de estrellas faranduleras y vedettes, de astros que se hernian por brillar más que los demás, de figuras mediáticas que a veces se preocupan más por su apariencia física y su influencia en redes sociales que por su rendimiento en el campo de juego. Es una sumatoria de veleidades que, a veces, a cuenta gotas, funge como equipo. De manera esporádica, fugaz, en algún arranque de inspiración, los talentos se unen y provocan estragos, así muchas veces la tarea termine en fracaso cuando se ven las caras contra equipos de real peso futbolístico. Gusta, en todo caso, porque hay muchos hinchas a los que ganar no les sirve si antes no hubo una gambeta, un túnel para humillar al rival, una pared para desestabilizar la defensa, un lujo que llene la retina. El problema surge cuando las estrellas están opacadas, apagadas, cuando los egos pesan más que el sueño colectivo, cuando aparecen los recurrentes miedos al fracaso (¡Cómo le pesa el qué dirán!).

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Atlético de Madrid y Real Madrid repetirán la final que se jugó en Lisboa (Portugal) hace dos años, con triunfo para los blancos (4-1). ¿Habrá desquite? (UEFA.com).

Intentar convencer al hincha de que no siempre el que gana es el mejor es una tarea necia, tiempo perdido. Nunca lo va a entender, porque el corazón del fanático es caprichoso, se acomoda al resultado y lo justifica todo. Atlético de Madrid practica un fútbol que cada día gana más adeptos, que despierta más elogios, pero que no deja de generar resistencia. Real Madrid nos ofrece un estilo marcado por las intermitencias, pero respaldado por esas genialidades individuales que de cuando en cuando consiguen sacarle una sonrisa al aficionado. Se verán las caras en Milán el 28 de mayo en procura del trofeo que distingue al mejor club del fútbol europeo cada temporada. ¿Al mejor? Bueno, recuerde que no siempre el que gana es el mejor…

 

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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