El fútbol es de los futbolistas

Tan dañina como esta intromisión de los técnicos en el área administrativa es la contraparte: que los directivos se pongan el buzo de DT y quieran inmiscuirse en los aspectos de campo.

ColombiaMundial(3)Una frase hizo carrera en los últimos tiempos en el mundo del fútbol, por cuenta de las cajitas de resonancia que son los las cloacas sociales y los medios de comunicación y distorsión: “Este equipo hay que manejarlo como una empresa”, suelen decir los directivos con su habitual tono soberbio, con sus ínfulas de “Yo me las sé todas”. Y está bien, así debe ser, siempre y cuando ese ‘manejar la empresa’ comprenda más el orden administrativo que el campo deportivo, porque cuando se cruza esa delgada e invisible línea es que comienzan los problemas, como ocurre actualmente en Real Madrid y Boca Juniors.

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Los males del Real Madrid, desde hace rato, tienen nombre propio: Florentino Pérez. El mandamás blanco hace su santa voluntad, pero de fútbol sabe pocón, pocón.

Esta es una discusión que tiene tanto de largo como de ancho, porque no hay verdades absolutas, porque no hay fórmulas perfectas, porque no hay libretos universales, en fin, porque cada caso es particular y, por ende, requiere una solución específica, individual. Pero hay, en todo caso, algunos límites que no se deben cruzar, unas fronteras que son inviolables, unos terrenos que son propiedad ajena. Es el mismo problema del huevo y la gallina, aunque la pregunta sea distinta: ya no ¿cuál fue primero?, sino más bien ¿cuál es el lugar de cada uno? Para comenzar a responder, vale la pena reflexionar sobre el título de esta nota: el fútbol es para los futbolistas.

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A pesar de haber comandado un ciclo exitoso, al italiano Carlos Ancelotti lo sacaron del Real Madrid por la puerta de atrás. Merecía un trato más respetuoso.

Verdad de Perogrullo, dirá alguno; obviedad, diría otro; redundancia, apuntaría alguno por allá. Hubo un tiempo, lejano, pero no por eso despreciable, en el que el fútbol fue visto y manejado específicamente como un deporte, es decir, las actividades complementarias estaban al servicio de la única importante: el fútbol, los partidos. Así funcionó durante décadas, y funcionó bien, hasta que alguien descubrió que este deporte era también una mina de oro y le metió el concepto de negocio. Ahí se dañó el asunto, porque los hechos y las circunstancias se distorsionaron y se cambiaron, se trastocaron los valores. Lo ocurrido en el seno de la FIFA es clara muestra de ello: la codicia de los directivos nos llevó a la podredumbre de la corrupción, y así estamos.

Una empresa es como Internet: una red de redes. Alguna podrá estar desconectada, pero a sabiendas de que queda aislada, de que sus posibilidades son limitadas, de que está en desventaja. Cada una es independiente, un mundo autónomo, pero necesita de las demás; solo de la adecuada articulación de las redes es posible la subsistencia, el crecimiento, la evolución. Una institución deportiva no es diferente: el departamento deportivo es el que pone la cara, el que jala el bus, pero depende la tarea que cumplan sus pares administrativos, de mercadeo, de medicina, de divulgación, de promoción. Cualquiera de ellos que falle pone en riesgo al resto, de la misma manera que el esquema se derrumba si hay alguno que se cree de mejor familia que los demás.

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Si los acontecimientos siguen por el rumbo que van, es probable que a Zinedine Zidane en el banquillo técnico del Real Madrid le salgan canas.

En los tiempos modernos, el fútbol nos ofrece patéticos ejemplos de cómo no se maneja una empresa exitosa. Uno de ellos, reciente por demás, lo protagonizó el tristemente célebre José Mourinho. Solo sus compatriotas el empresario Jorge Mendes y el futbolista Cristiano Ronaldo son más pedantes y soberbios que él, pero el DT se da mañas para no alejarse del podio. En el FC Porto fue el rey, el mandamás, y le fue muy bien, como en su primera etapa en el Chelsea o durante su paso por el Inter de Milán. Sin embargo, en algún momento del proceso el desgaste provocó que la pita se reventara por el lado más delgado y, a pesar de los triunfos o títulos conquistados, de todos los clubes Mourinho salió por la puerta de atrás, con el rabo entre las piernas y sin poder masticar su asqueroso ego.

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El español Rafael Benítez fue una apuesta arriesgada, y sobre todo equivocada, del presidente Florentino Pérez en el Real Madrid. Duró apenas unos meses.

Sus jugadores, para algunos de los cuales era un dios, terminaron aburridos de ser los trompos de poner en las derrotas, mientras que a la hora de las victorias el DT iba a la cabeza del lote. Algo parecido ocurre con el holandés Louis van Gaal, otro de esos bufones modernos que son tan simpáticos para los que hacen periodismo de farsándula en las páginas deportivas, nefasto para las organizaciones. Cuentan aquellos que lo han sufrido que en los clubes que dirige no se mueve un terrón de azúcar sin su consentimiento, so pena de aguantarle su berrinche de ira santa. Y como el portugués, es genial para autoalabarse, carece de autocrítica y no pierde oportunidad para metérseles al rancho a los directivos, cuya labor cuestiona con frecuencia. Son de esos personajes ventajosos que hacen realidad aquello de “Con cara gano yo, con sello pierde usted”. Y nunca pierden, por supuesto.

En virtud de la generosa libertad que les otorgan, bajo la premisa de la ‘carta abierta’, algunos entrenadores han terminado absorbidos, devorados por esa densa maraña que ellos mismos crearon. Por estar tan preocupados de si el papel higiénico de los baños de es de una o dos hojas, de si la marca del café que toman los jugadores es A o B, de si la secretaria de la recepción usa el uniforme establecido, de si el mensajero cumple con el horario de trabajo, de si el presidente aseguró las contrataciones que ellos ordenaron, se les olvida, o peor aún, no tiene tiempo de desempeñar el rol para el cual fueron contratados: entrenar al equipo. Entonces, llegan los malos resultados y los directivos hacen la suya: “Es más fácil sacar a uno, al DT, que a 11 jugadores”, y se va el DT.

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José Mourinho es de esos nefastos personajes que quieren ser protagonistas principales de todo, salvo en la ocasión de la derrota. Un payasito mediático.

Tan dañina como esta intromisión de los técnicos en el área administrativa es la contraparte: que los directivos se pongan el buzo de DT y quieran inmiscuirse en los aspectos de campo o, una variante del mal, que se crean dueños absolutos de la institución y hagan su parecer al costo que sea, sin tener en cuenta otras opiniones como Florentino Pérez y Daniel Angelici, los popes de Real Madrid y Boca Juniors, respectivamente. Como si estuvieran manejando la finca de la familia, estos señores actúan al son de las calenturas, de los cambios de sus vísceras, de qué tan delicado esté su ego. Y abordan temas que no les corresponden; que deben conocer, sí, porque son los responsables de la institución, pero que no les corresponden. Y se arman de su coraza ególatra para repeler las quejas de los hinchas, las críticas de los medios de comunicación.

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A Louis van Gaal le cuestan más su prepotencia y arrogancia que el poderío de sus rivales. Su obsesión por controlarlo todo lo ha llevado a descuidar lo importante.

A mediados de 2015, Pérez sacó del banquillo técnico al italiano Carlo Ancelotti, con el que el club blanco ganó en 2014 su décima Copa Europea, más la Supercopa de Europa, más el Mundial de Clubes, más la Copa del Rey; le faltó la liga española para hacer el pleno. Como Carletto no es de los que se deja manosear, la relación con el pope se desgastó y, obvio, el DT pagó los platos rotos. En su lugar llegó Rafael Benítez, de un corte futbolístico bien distinto, que en los 215 días que estuvo en el banquillo lo único que consiguió fue dividir la plantilla. A pesar de haber recibido el apoyo público del presidente en reiteradas ocasiones, al final fue el propio presidente el que en uno de sus habituales arranques se soberbia le cortó la cabeza.

Y trajo a Zinedine Zidane, fantástico como futbolista, un proyecto incierto como entrenador. Sin embargo, la situación sigue igual: Real Madrid se aprovecha de los chicos de España y de Europa, pero muestra el cobre, y feo, con los grandes. Y desde hace semanas se habla de su reemplazo, y se barajan nombres, y hasta se habla de refuerzos. El único que no da la cara, eso sí, es el presidente, el señor Florentino Pérez, que se esconde en su palco, que se resguarda en su oficina, de la que solo saldrá si el club gana un trofeo: lo hará para posar en la foto. El problema es que existe una terrible inestabilidad institucional que impide que los objetivos colectivos se puedan cumplir, y lo peor que el origen de esa situación es, precisamente, el que debía evitarla: el presidente, que convirtió al club en su empresa particular, para potenciar sus intereses particulares, para hacer sus negocios personales, y los pudrió a todos.

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El mundo Boca Juniors, y todo lo que esto implica, le quedó grande a Daniel Angelici, el títere de Mauricio Macri para manejar el club xeneize a la distancia.

En Boca Juniors, la enfermedad es parecida, salvo una característica: Angelici es una marioneta de Mauricio Macri, expresidente del club y hoy presidente de la República. Bajo su mandato, el club xeneize perdió su identidad futbolística, renegó del producto de sus divisiones inferiores, maltrató a los ídolos, se equivocó feo en casi todas las contrataciones y, como Florentino Pérez, estremeció los cimientos institucionales con una inestabilidad que amenaza con arrasar su historia. Pudo maquillar sus desaciertos el año pasado con dos títulos, pero lo que dentro de su patética ignorancia no sabía es que la gloria es efímera. Y tan pronto a los hinchas se les terminó la calentura de la celebración y volvieron a la realidad, tan pronto los resultados del verano demostraron que el mal sigue enquistado en las entrañas boquenses, el castillo de naipes se derrumbó.

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Rodolfo Arruabarrena, que logró dos títulos el año pasado con Boca Juniros, fue la más reciente víctima de los berrinches del presidente Angelici. Lo sacaron a las patadas.

Y como su par español, Angelici respaldó una y otra vez al técnico Rodolfo Arruabarrena, aún en contra de la opinión de sus compañeros de directiva, para luego darle la patadita, que no fue cordial, en un arranque de ira después de perder un clásico con Racing de Avellaneda. A diferencia de Pérez, Angelici sí habló, pero mejor se hubiera quedado callado: lo único inteligente y decente que podría haber dicho, lo calló, que era asumir la responsabilidad, reconocer que es el culpable y ponerse a disposición de los socios. En cambio, maquilló la situación, contrató a Guillermo Barros Schelotto (un ídolo con el que calma la furia de los hinchas) y continuó como si nada hubiera ocurrido. Y cada vez que habla, desacredita a los mismos jugadores que él trajo y está convencido de que burlarse de River Plate es la solución a sus problemas.

Una de las características especiales del fútbol es que todos, sin excepción, primero somos hinchas y después asumimos otros roles: jugadores, aficionados activos, aficionados pasivos, periodistas, directivos. El inconveniente surge cuando la persona es incapaz de poner en estado de pausa a ese hincha pasional, que no piensa, que no analiza, que se limita a reaccionar y que, para rematar, tiene una visión sesgada. Florentino Pérez y Daniel Angelici, así como cientos de esos hinchas que hoy ocupan los escritorios en los medios de comunicación y distorsión, no son más que fanáticos disfrazados de otro rol. Piensan con las vísceras y como dirían las abuelas, en términos futbolísticos, actúan con las patas. Se creen directivos, pero no dirigen, y en cambio posan de técnicos, de periodistas, de hinchas, de administradores, de cazatalentos, en fin. Hacen de todo, pero nada bien, porque viven como gallinas criando patos: están en el lugar equivocado.

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Guillermo Barros Schelotto, de buen trabajo con Lanús, es el nuevo DT de Boca Juniors. Expone su prestigio en un club muy mal manejado.

Lo que hay que manejar como una es la institución, el conjunto, que el fútbol es apenas un apartado y ese les corresponde al técnico y a sus colaboradores, también a los jugadores. No puede ocurrir, sin embargo, que los intereses deportivos estén hipotecados a los comerciales, financieros y administrativos, mucho menos subordinados a los egos del presidente como en Real Madrid o Boca Juniors, porque entonces se cae la estantería. En Colombia también ocurre este fenómeno, que cada día toma más fuerza. De ahí que proyectos que parecen sólidos, que están respaldados por buenas campañas o títulos, con muy contadas excepciones tarde o temprano se derrumban. O, mejor dicho, tarde o temprano se descubre la verdad: que al presi le dio por jugar a técnico, que al entrenador le dio por posar de directivo. ¡El fútbol es de los futbolistas, señores! Y el fútbol será una empresa exitosa solo en la medida en que cada uno asuma y cumpla el rol que le fue asignado, sin pisar las mangueras de los bomberos vecinos…

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Barros Schelotto fue, junto con Martín Palermo y Juan Román Riquelme, uno de los últimos ídolos de Boca. ¿Podrá repetir desde el banco lo que hizo en el campo?

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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