El día que el fútbol fue el opio del pueblo

Efemérides 30 de octubre: en la mañana de ese lunes, mientras Latinoamérica lloraba la muerte de Pedro Vargas, Colombia se paralizó para vivir el momento que varias generaciones esperaron con ansias: el regreso de la Selección a una Copa Mundo. El empate sin goles contra Israel nos instaló en Italia-1990.

ColombiaMundial(2)Era lunes, pero a nadie le incomodó el comienzo de la semana. Fue una de las pocas veces en las que, de verdad y con razón, el país se paralizó y no fue una simple frase de cajón de periodistas sin imaginación. Antes, durante y después del histórico acontecimiento, Colombia entera palpitó lo que tanto se había esperado: el regreso a la Copa Mundo de fútbol. Tras un largo ayuno de 28 años, la Selección Colombia de Francisco Maturana se instaló entre los invitados al Mundial de Italia-1990.

Dos semanas antes, el domingo 15 de octubre en la calurosa Barranquilla, un solitario gol de Albeiro ‘Palomo’ Usuriaga había puesto a Colombia con un pie en la cita ecuménica. Por primera vez desde que el equipo dirigido por el argentino Adolfo Pedernera participó en Chile-1962, la tricolor volvía a tener motivos para soñar. Colombia había ganado el grupo 2 de las eliminatorias suramericanas, dejando en el camino a Paraguay y Ecuador, pero por aquellos intríngulis de la reglamentación debió disputar una instancia adicional: el repechaje contra Israel.

Estos fueron los 11 jugadores que iniciaron el partido contra Israel: Carlos Mario Hoyos, Andrés Escobar, Leone Álvarez, Ricardo Pérez, Alexis Mendoza, René Higuita, Wilson Pérez, Bernardo Redín, Carlos Valderrama, Arnoldo Iguarán y Luis Alfonso Fajardo.
Estos fueron los 11 jugadores que iniciaron el partido de vuelta del repechaje contra Israel: Carlos Mario Hoyos, Andrés Escobar, Leone Álvarez, Ricardo Pérez, Alexis Mendoza, René Higuita, Wilson Pérez, Bernardo Redín, Carlos Valderrama, Arnoldo Iguarán y Luis Alfonso Fajardo.

Sin tradición futbolística y con una lejana participación sin brillo en México-1970, se antojaba un rival fácil, “pan comido”, como decían los hinchas antes del duelo. Pero en el fútbol moderno no hay enemigo pequeño y esa desconocida Selección Israel nos hizo sufrir. El calor y la humedad de Barranquilla, el aliento de la afición y el hambre de gloria del puñado de jugadores criollos casi no alcanzan para conseguir la victoria en el primer duelo. El cuadro europeo ofreció una sólida resistencia defensiva y aunque poco inquietó en ataque estuvo a punto de echar a perder el carnaval que se había preparado. El gol de Usuriaga, anotado a los 29 minutos del segundo tiempo, fue un desahogo nacional (vea el video del partido en Barranquilla).

En las dos semanas que separaron los partidos de ida y vuelta, en el país no se habló de otro tema: la eventual clasificación al Mundial. Más que una ilusión de los aficionados al fútbol, más que cristalizar el sueño de estar de nuevo en la élite del planeta fútbol, más que ser testigos de excepción de las proezas de una generación de jugadores nunca antes vista, aquel acontecimiento era una válvula de escape para un país atormentado por el terrorismo del narcotráfico. La segunda mitad de los años 80 y la primera de los 90 fueron seguramente las más violentas de la historia de la nación, pero 1989 fue particularmente brutal. Víctimas de la demencia de los delincuentes, Colombia perdió a líderes en diversos escenarios de la vida legal y la ciudadanía en general padeció como nunca antes por la sicosis asociada a los atentados.

El partido de ida, jugado en Barranquilla el 15 de octubre, había sido un parto: Colombia necesitó 74 minutos para vencer la resistencia israelí.
El partido de ida, jugado en Barranquilla el 15 de octubre, había sido un parto: Colombia necesitó 74 minutos para vencer la resistencia israelí. Con el 1-0, bastaba el empate para asegurar la presencia en el Mundial de Italia-1990.

Luis Carlos Galán, precandidato presidencial por el partido liberal; Antonio Roldán Betancur, gobernador de Antioquia; Carlos Ernesto Valencia García, magistrado del Tribunal Superior de Bogotá, y el coronel Valdemar Franklin Quintero, comandante de la Policía de Antioquia, fueron cuatro de las figuras públicas asesinadas entre el 4 de julio y el 18 de agosto de ese fatídico año. Y las noches en las grandes ciudades eran aciagas, al tenor de las bombas que explotaban sin cesar, rompiendo la tranquilidad y sembrando la desesperanza. Por eso, la actuación de aquella Selección Colombia se convirtió en un oasis de felicidad en una realidad tormentosa, uno de los pocos (si no el único) motivos de alegría que tenía el pueblo colombiano en esa época.

Aunque el fútbol era una de las tantas actividades de la vida nacional que habían sido permeadas por el narcotráfico, el combinado patrio se antojaba ajeno a aquella aterradora realidad. Casi seis meses antes, además, Atlético Nacional se había consagrado campeón de la Copa Libertadores de América tras vencer en una dramática final al Olimpia paraguayo, con epílogo electrizante en el estadio El Campín de Bogotá, así que había un ambiente de optimismo. Aunque la sombra de la delincuencia asociada al narcotráfico logró manchar esa consagración y la base de la Selección estaba conformada por los jugadores de la institución antioqueña, la Tricolor era la novia consentida de la afición. La campaña en las eliminatorias había despertado un fervor que estuvo dormido durante más de dos décadas y varias generaciones de colombianos, los menores de 35 años, por primera vez en sus vidas podían darle alas al sueño de acudir a una Copa Mundo.

Carlos 'Pibe' Valderrama ya era la cabeza de una generación única y especial. La Selección de Francisco Maturana había dejado en el camino a Paraguay y Ecuador en las eliminatorias.
Carlos ‘Pibe’ Valderrama ya era la cabeza de una generación única y especial. La Selección de Francisco Maturana había dejado en el camino a Paraguay y Ecuador en las eliminatorias.

Por la incertidumbre deportiva (la ventaja conseguida como local no era garantía), por la sumatoria de fracasos acumulada durante casi tres décadas, por la distancia y porque la situación interna del país no daba para fiestas, a la Selección la acompañó un reducido grupo de periodistas de radio y televisión, muy pocos de prensa escrita. El partido se programó un lunes y en un horario insólito, las 11 de la mañana, por lo que las actividades normales se trastornaron desde temprano. La principal preocupación del ciudadano común era saber dónde podía ver el partido, que iba a ser transmitido en directo por la televisión. Los menos afortunados, eso sí, tenían que resignarse a pegar la oreja al radio transistor, el fiel compañero de aficionados al deporte (no solo del fútbol, sino también del ciclismo).

En las primeras horas de la mañana, Latinoamérica había sido sacudida con la noticia de la muerte del gran Pedro Vargas, el inmortal intérprete mexicano que deleitó y enamoró con sus canciones a varias generaciones del continente, pero eso a casi nadie le importó. Lugares céntricos como la carrera 13 o la zona comercial de Chapinero, en Bogotá, se convirtieron en ríos humanos, especialmente al frente de aquellos locales que disponían de televisores. En las salas de redacción de los medios de comunicación, que eran muy distintas a las multimedias de hoy, la premisa era asegurarse un lugar frente a los pocos aparatos que había; los periodistas deportivos, eso sí, tenían prelación. No había la fiebre amarilla de hoy (de hecho, la Selección jugaba con camiseta roja) y por las circunstancias ya relatadas (y porque era otro país) los jóvenes y las mujeres eran actores secundarios de la fiesta. Lo cierto es que aficionados o no, hombres o mujeres, grandes o chicos, todos terminamos alrededor del televisor o, en el peor de los casos, observando de reojo a la distancia.

El asesinato del candidato presidencial Luis Garlos Galán, el 18 de agosto, fue uno de los hechos que mayor zozobra y dolor le causaron al país en ese aciago 1989.
El asesinato del candidato presidencial Luis Garlos Galán, el 18 de agosto, fue uno de los hechos que mayor zozobra y dolor le causaron al país en ese aciago 1989.

Si el partido en Barranquilla había resultado un parto, este que se disputó en el estadio Ramat-Gan, de la ciudad del mismo nombre, el más grande de Israel, fue un parto de trillizos. Sin muchos argumentos futbolísticos, pero con gran empeño y decisión, Israel empujó y buscó la victoria que le permitiera, al menos, forzar la definición con tiros desde el punto penalti. Y Colombia se aferró a su exigua ventaja y trató de aprovechar algún error del local, pero su escaso poder ofensivo frustró el objetivo. A ratos de ida y vuelta, el partido se libró más en el mediocampo y en los alrededores de las áreas que en las vecindades de los arcos, pero el tiempo transcurrió con lentitud y, por eso, cada segundo era una eterna agonía. Se pudo ganar, pero también se pudo perder; al final, cuando el árbitro mexicano Edgardo Codesal Méndez pitó el final del encuentro, el estallido de júbilo nacional cruzó el Atlántico y se escuchó en las afueras de Tel Aviv.

Para el recuerdo, quedaron consignadas las siguientes formaciones: la de Israel con Boni Ginzburg; Avi Cohen II, Yehuda Amar, Nir Alon, Ofir Shmueli (David Pizanti, 46); Efraim Davidi, Nir Klinger, Moshe Sinai, Shalom Tikva; Nir Levin (Eli Ohana, 50) y Roni Rosenthal, bajo la dirección técnica de Itzhak Schneor. La de Colombia, al mando de Francisco Maturana, con René Higuita; Wilson Pérez, Alexis Mendoza, Andrés Escobar, Carlos Mario Hoyos; Bernardo Redín (Albeiro Usuriaga, 46), Leonel Álvarez (Gabriel Jaime Gómez, 70), Ricardo Pérez, Carlos Valderrama; Luis Alfonso Fajardo y Arnoldo Iguarán. Concluido el juego, el país entero se lanzó a las calles a celebrar y, más allá de la gesta deportiva, la alegría contenida por tanto tiempo sirvió también para bajarle la presión a esa cruda realidad a la que nos enfrentábamos día y noche (vea el video del partido en Ramat-Gan).

La sociedad colombiana entera estaba bajo la amenaza del terrorismo financiado por el narcotráfico y el fútbol no fue ajeno a ello. Por eso, la Selección Colombia se convirtió en un elíxir para la ciudadanía.
La sociedad colombiana entera estaba bajo la amenaza del terrorismo financiado por el narcotráfico y el fútbol no fue ajeno a ello. Por eso, la Selección Colombia se convirtió en un elíxir para la ciudadanía.

Han pasado 25 años de aquella increíble mañana del lunes 30 de octubre, uno de los pocos oasis de felicidad que el pueblo colombiano experimentó ese año. Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha y sus secuaces, tristes protagonistas de esa ola de violencia, murieron poco después gracias a operaciones de las autoridades nacionales. Antes de concluir ese tormentoso 1989, luego de despegar en el aeropuerto Eldorado de Bogotá el vuelo 203 de Avianca, con destino a Cali, estalló y todos sus ocupantes murieron. Fue en la mañana del 27 de noviembre. Y el 6 de diciembre, también con las primeras luces del día, otros 70 inocentes fallecieron al estallar una carga de 10 toneladas de dinamita camuflada en un bus, cerca de las instalaciones del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), desde donde se coordinaban las acciones contra la delincuencia.

Para rematar, el miércoles 23 de noviembre el ministerio de Educación determinó la cancelación del campeonato profesional de fútbol, ocho días después de que el árbitro cartagenero Álvaro Ortega fuera asesinado en Medellín a la salida del hotel Nutibara, tras participar en el partido entre Medellín y América. En 1844, el periódico alemán Deutsch-Französischen Jahrbücher publicó la frase “La religión es el opio de pueblo”, de Carlos Marx, que generó un debate filosófico sin fin. Con el paso del tiempo, sin embargo, en el ideario popular la religión fue remplazada por el fútbol y lo ocurrido en 1989 en Colombia es clara muestra de ello: el éxito de la Selección y su clasificación al Mundial de Italia-1990 obraron como un sedante que calmó nuestro dolor y, al menos por un tiempo, nos sustrajo de la aterradora realidad en la que estábamos inmersos. Fue un bálsamo que 25 años más tarde aún recordamos con alegría.

La barbarie de los violentos contra el pueblo colombiano en 1989 tuvo como último capítulo el bus-bomba cargado con 10 toneladas de dinamita que explotó en cercanís del edificio del DAS, en Bogotá. Mucieron 70 personas.
La barbarie de los violentos contra el pueblo colombiano en 1989 tuvo como último capítulo el bus-bomba cargado con 10 toneladas de dinamita que explotó en cercanías del edificio del DAS, en Bogotá. Murieron 70 personas.

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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