Dos finales únicas, llenas de coincidencias

Efemérides: 30 de julio. Solo dos partidos de la Copa Mundo se jugaron en esa fecha y fueron los que definieron el título en la primera y octava ediciones. En 1930, Uruguay venció a Argentina y en 1966 Inglaterra le arrebató la gloria a Alemania.

ColombiaMundial(2)Por aquellos años, en el siglo pasado, el domingo era el día de Dios, sin importar la concepción que cada uno tuviera de la deidad. Un día para la reflexión, para el descanso, para compartir con la familia. Un día en el nadie podía dedicarse a actividades mundanas como el juego, así fuera el fútbol, así fuera la final de la Copa Mundo. Y mucho menos en un país de arraigadas costumbres religiosas como Inglaterra, curiosamente donde las emociones y la pelota comenzaron a rodar. Por eso, la fecha del 30 de julio quedó macada en la historia de los Mundiales como una muy particular.

Hoy, la Copa Mundo es un torneo organizado, con un esquema establecido y, especialmente, una fiesta que se prepara con todos los condimentos para que atraiga la atención de los aficionados alrededor del planeta. Uno de ellos es que la final se disputa un domingo, aunque no siempre fue así. Dos de las veinte finales disputadas desde 1930 se jugaron en un día diferente: la de ese año, la primera, que se jugó un miércoles en el estadio Centenario de Montevideo (Uruguay), y la octava, la de 1966, que se disputó un sábado en el mítico Wembley de Londres (Inglaterra). Dos partidos que, por capricho del destino, registran una curiosa serie de coincidencias.

La primera es esa, precisamente: fueron las únicas que no se jugaron un domingo. La segunda es la fecha: son los únicos partidos de la Copa Mundo que se disputaron el 30 de julio. La tercera, en ambas ocasiones el dueño de casa jugó y, además, ganó el trofeo. La cuarta, esos encuentros se dirimieron por el mismo marcador (4-2). Y, por si fuera poco, una quinta: las polémicas que se dieron durante esos duelos dejaron huella en la historia del torneo y todavía hoy dan pie para crónicas y relatos que enriquecen ese imaginario popular que tanto disfrutan los hinchas.

Dieciocho días antes, el 13 de julio, la Copa Mundo había subido el telón. En 1924, con ocasión de los Juegos Olímpicos disputados en París (Francia), por primera vez se habían dado enfrentamientos entre elencos de ambos lados del Atlántico. El certamen fue un éxito inusitado y en la final Uruguay se quedó con la medalla dorada, tras vencer a Suiza, por un contundente 3-0. Se creía que había nacido el torneo ideal para dirimir superioridades continentales, pero fue una ilusión efímera: las discrepancias quedaron al descubierto cuatro años después, cuando los juegos de verano se celebraron en Ámsterdam con solo 17 participantes (cinco menos que en suelo galo), seis de ellos nos europeos.

El majestuoso estadio Centenario, de Montevideo, acogió la primera final de la Copa Mundo, en 1930. Una obra que trascendió el tiempo (FIFA.com):
El majestuoso estadio Centenario, de Montevideo, acogió la primera final de la Copa Mundo, en 1930. Una obra que trascendió el tiempo y que encierra una buena parte de la historia de este deporte (FIFA.com).

Entonces, la FIFA decidió que lo mejor era crear un torneo independiente, que no estuviera ligado a los Juegos Olímpicos, y así se le dio vida a la Copa Mundo. Uruguay, que también se colgó el oro en los Países Bajos (venció 2-1 a Argentina en una segunda final, porque la primera concluyó 1-1 tras 120 minutos), fue escogido para albergar esa primera edición del torneo. Tras una complicada telaraña diplomática, solo 12 países (además del anfitrión) acudieron al llamado de Jules Rimet y se dieron cita en Montevideo. El torneo se desarrolló con brillo deportivo, aunque con inocultables problemas administrativos (el estadio Centenario no estuvo listo, por ejemplo), y se llegó a una final prevista: Uruguay vs. Argentina.

Los grandes del río de La Plata, entonces, se volvieron a ver las caras en una especie de revancha de lo ocurrido en Ámsterdam dos años antes. Habían sido los mejores del certamen y no había favorito, a pesar de que el dueño de casa contaba con el aliento de su fervoroso público. Argentina impuso condiciones en el primer tiempo, dándole vuelta al marcador con tantos de Carlos Peucelle y Guillermo Stábile, luego de que Pablo Dorado abrió el marcador. En el segundo período, sin embargo, Pedro Cea, Victoriano Iriarte y Héctor Castro dejaron claro que la Celeste era la mejor del mundo por aquel entonces. La polémica giró en torno del balón: no había uno oficial y cada equipo aportaba el suyo; antes del partido se ponían de acuerdo con cuál iban a jugar, pero eso no ocurrió en la final. Entonces, el primer período se jugó en el balón argentino y el segundo, con el uruguayo. A ese detalle, muchos atribuyen la reacción de los charrúas.

La segunda y última ocasión en la historia en que la final del Mundial no se disputó un domingo fue el sábado 30 de julio en el mítico estadio Wembley, que de acuerdo con el reporte oficial acogió a 96.924 aficionados. En Inglaterra, se sabe, por motivos religiosos, durante muchos años se prohibió el fútbol el domingo y, por eso, el último partido se llevó a cabo en un día distinto (aquella vez fue un miércoles). En 1930, en Montevideo, ese juego los disputaron dos elencos suramericanos; ahora, en Londres, el turno fue para los elencos europeos, pues Alemania avanzó para disputarle al dueño de casa el ansiado trofeo.

El gol de la discordia: el balón superó el esfuerzo del golero Hans Tilkowski y pegó en el travesaño, pero ¿entró? La duda persiste. Fue el tercero de Inglaterra (FIFA.com)
El gol de la discordia: el balón superó el esfuerzo del golero Hans Tilkowski y pegó en el travesaño, pero ¿entró? La duda persiste. Fue el tercero de Inglaterra (FIFA.com).

Por esos días, el mundo del fútbol era dominado por Brasil y su máxima estrella: Pelé. La Auriverde, que falló como local en 1950, había ganado las ediciones de Suecia-1958 y Chile-1962 y había llegado a la cuna del fútbol con la misión de adueñarse por tercera vez de la corona y, también, de la copa Jules Rimet. Su inesperada eliminación en primera ronda, superado por Portugal y Hungría, había dejado el torneo abierto y, sobre todo, les dejó el camino libre a los europeos para recuperar el cetro. De hecho, los cuatro semifinalistas fueron equipos del Viejo Continente: Portugal y Unión Soviética completaron el grupo.

Inglaterra, que se había negado a participar en las tres primeras ediciones del torneo, estaba ante un reto mayor: en su estreno, en 1950, había sufrido la humillación de caer en primera fase con Estados Unidos, un elenco integrado en su mayoría por jugadores amateurs descendientes de ingleses, estaba obligado a ganar en casa para borrar esa afrenta. Alemania, que ya se había consagrado en Suiza-1954, al derrotar a la superpoderosa Hungría, quería el bicampeonato y, con seguridad, no iba a ser un rival fácil. Y no lo fue: Helmut Haller llevó el pánico a las tribunas cuando abrió el marcador, pero pronto Geoff Hurst niveló. En el segundo período, Martin Peters puso a celebrar a los acartonados aficionados, pero Wolfgang Weber emparejó cuando estaba por escucharse el pitazo final.

En la prórroga, Hurst se graduó de héroe con dos tantos que no pudieron ser contestados por los germanos. El primero de ellos, tercero de la cuenta de los locales, aún hoy es motivo de polémica, porque no se sabe a ciencia cierta si el balón cruzó la raya luego de pegar en el horizontal. El caso fue que el árbitro suizo Gottfried Dienst lo validó y Alemania fue incapaz de reponerse de ese golpe. Siempre se dijo que en ese torneo los árbitros habían favorecido a los locales, pero lo cierto fue que, al cabo de 120 minutos, fue Bobby Moore, el capitán inglés, el que recibió el trofeo de manos de la reina Isabel. Después de ese día, la final de la Copa Mundo siempre se disputó en domingo, nunca más un 30 de julio, una fecha muy particular en la historia de los Mundiales.

El gran capitán Bobby Moore recibió el trofeo de manos de la reina Isabel y lo ofreció a la enardecida afición durante la vuelta olímpica. Momento histórico en el mítico estadio Wembley (FIFA.com).
El gran capitán Bobby Moore recibió el trofeo de manos de la reina Isabel y lo ofreció a la enardecida afición durante la vuelta olímpica. Momento histórico en el mítico estadio Wembley (FIFA.com).

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