Copa América: sobredosis de tereré para Brasil

Paraguay, que bien lo pudo ganar en el tiempo reglamentario, eliminó a la Auriverde en la tanda desde el punto penalti (5-4), igual que hace cuatro años. Ahora, los de Ramón Díaz se medirán a Argentina, en una de las semifinales. Brasil suma otro fiasco a su palmarés.

Copa América 2015Un día después, la tanda desde el punto penalti volvió a hacer justicia: en esa instancia, Paraguay venció 4-3 a Brasil y, como había ocurrido en Argentina-2011, lo eliminó de la Copa América. El elenco dirigido por Ramón Ángel Díaz desnudó las carencias de un inexpresivo pentacampeón mundial que, vaya ironía, pese a jugar el mejor partido del torneo, se despidió por la puerta de atrás, algo que se le va haciendo costumbre. Ahora, los guaraníes serán rivales de Argentina en la semifinal.

Que nadie se llame a engaños: no fue una sorpresa. Está bien que Brasil llegó a Chile-2015 montado en un castillito de naipes llamado invicto de nueve partidos, y que Paraguay apenas comienza un proceso bajo la égida del Pelado, tras quedarse por fuera del Mundial del año pasado. En el campo de juego del estadio Municipal de Concepción, sin embargo, las diferencias futbolísticas fueron mínimas y al final, inclusive, quedó la impresión de que Paraguay merecía haberse quedado con la victoria. La celebración se dio, como hace cuatro años en La Plata, con disparos desde los 11 metros, aunque esta vez los brasileños por lo menos atinaron a embocar alguno en el arco defendido por Justo Villar.

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Efímera resultó para Brasil la alegría del gol de Robinho, en el primer tiempo. En el complemento, Paraguay lo superó y empató, y luego lo eliminó en la tanda desde el punto penalti. Y no fue sorpresa.

El primer tiempo fue para Brasil, hay que decirlo con claridad. Fueron los mejores 45 minutos de los dirigidos por Dunga en Chile-2015, pero alcanzaron para muy poco: apenas para irse en ventaja con un gol de Robinho. Sin el sancionado Neymar, Brasil intentó ser más colectivo y a ratos lo consiguió. Incluso, se permitió algunas filigranas, una que otra pared, un desborde con picardía, un remate de larga distancia que asustó al portero rival, armas que fueron virtudes en un pasado ya muy lejano y que hoy son la excepción que confirma la regla. Pero, a medida que el reloj consumía los minutos, el otrora Scratch perdió el impulso, se quedó física, mental y futbolísticamente y terminó superado por un Paraguay que, echando mano de la garra guaraní, estuvo a punto de darle vuelta al marcador.

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El joven Derlis González fue la gran figura de Paraguay, al convertir el empate y luego el penalti decisivo. La albirroja fue más en el segundo tiempo y mereció el cupo a las semifinales.

Robinho, fiel a su costumbre, brilló por chispazos, pero después de escondió. Y Philippe Coutinho, el escogido por el DT para generar los circuitos ofensivos que hoy abundan por su escasez, fue un fiasco. Entonces, el fútbol de Brasil quedó en manos de Willian, otro que no da la talla, y del lateral Dani Alves, cuyas cabalgatas casi siempre terminaron igual: sin éxito. Entonces, el Pelado Díaz, que es un genio en el arte de las arengas, les dijo a sus dirigidos que se podía repetir la historia de cuatro años atrás. Y Paraguay se envalentonó, adelantó sus líneas, dejó la timidez y, por los costados, causó permanente zozobra en la desordenada y limitada zaga auriverde. Y llegó al empate a los 26 minutos del complemento luego de que Thiago Silva, el paquetaco al que los medios nos quieren vender como el mejor zaguero del mundo, se mandó un cagadón: cometió una mano en un salto con Roque Santa Cruz.

Cuando el balón disparado por Derlis González infló la red del arco de Jefferson, en los últimos veinte minutos del partido vimos lo mejor de Paraguay y lo peor de Brasil. Los guaraníes soltaron amarras y se fueron decididamente al ataque en procura del gol de la victoria, que se les negó exclusivamente porque solo emplearon una vía: la del centro al corazón del área, en busca de un cabezazo salvador que no apareció. Pero resultaba risible, o ridículo, ver cómo los paraguayos desbordaban por las bandas con una facilidad pasmosa, inclusive con triangulaciones, como si no tuvieran enfrente al país que, en alguna lejana época, se vanagloriaba por contar con los mejores laterales del planeta fútbol. Con una pizca de picardía, con un delantero atrevido, con un volante que se destapara por el centro, la albirroja hubiera hecho estragos en la frágil defensa brasileña.

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El cagadón de Thiago Silva: una mano innecesaria que redundó en el empate de Paraguay. El zaguero volvió a tirarse su gran macana y contribuyó a que la Auriverde se regresara a casa.

Brasil, por su lado, revivió los fantasmas de los dos últimos partidos del Mundial-2014, en los que sufrió sendas goleadas a manos de Alemania (1-7) y Holanda (0-3). Al técnico Dunga se le vino abajo la estantería y no supo cómo evitarlo. Las modificaciones que realizó en nada cambiaron el funcionamiento del equipo, que como un merengue se deshizo en pedazos. Terminó aguantando Brasil, botándola para cualquier lado, de punta y para arriba, sin argumentos técnicos para frenar el ímpetu de su rival. Contra Perú, en el debut (2-1), dejó muchas dudas. Luego, la derrota con Colombia (0-1) no hizo más que abrir las heridas y el cierre con Venezuela (2-1) dejó claro que esta Auriverde es la peor de la historia. Y hasta bailado terminó Brasil, porque los aficionados apostados en las tribunas hinchaban por Paraguay y terminaron coreando el olé, un cántico que calentó la helada noche chilena.

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A pesar de la resistencia de los medios de comunicación y un sector de la afición, Ramón Díaz ya tiene a Paraguay en las semifinales de la Copa América. El DT argentino volvió a demostrar que es un gran motivador.

En la tanda desde el punto penalti, las limitaciones de este paupérrimo Brasil volvieron a quedar en evidencia. Everton Ribeiro lanzó desviado, a un costado, y abrió la puerta de regreso a casa. Luego lo emuló Douglas con un remate a las nubes, pero Roque Santa Cruz también pifió y extendió la agonía. Como Philippe Coutinho anotó, se requería que el último cobrador paraguayo errara para continuar la serie, pero González, el mismo del gol, volvió a acertar a un costado. Este Paraguay en el que muy pocos creían antes del comienzo de la Copa América, con un Ramón Díaz cuestionado por el hecho de ser extranjero, le repitió la dosis de tereré a Brasil y se instaló en semifinales. No es un dechado de virtudes, no es ese Paraguay brillante de hace un lustro con el Tata Martino, pero con un pequeño recorderis de su ADN guerrero y luchador tuvo suficiente para apear a uno de los candidatos.

Casi un año después de sufrir una debacle peor que el Maracanazo de 1950, Brasil volvió a ser víctima de su propio invento. En 1986, luego de que la Francia de Michel Platini los eliminó del Mundial de México, los brasileños renegaron del jogo bonito y decidieron adoptar la que llamaron ‘la escuela europea’: reemplazaron a los talentosos, a los habilidosos, por los picapiedra, por los que poseen más músculo que cerebro, y así les va. Es cierto que ganaron dos Mundiales desde entonces (Estados Undios-1994 y Corea del Sur y Japón-2002), pero aquellos elencos contaron con individualidades del corte antiguo que les resolvieron los problemas: Romario y Ronaldo, respectivamente. Pero como en las divisiones inferiores al atrevido gambeteador se le desterró, al creativo se lo subordinó a tareas defensivas, poco a poco la cantera se agotó.

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Dunga llegó para corregir los errores de su antecesor Luiz Felipe Scolari, pero continuó por la misma senda: la de los fracasos. Brasil no levanta cabeza, y preocupa a sus hinchas en la antesala de las eliminatorias a Rusia-2018.

Y hoy Brasil cuenta con pocos, muy pocos jugadores de primer nivel capaces de sostener la rica tradición e historia de su fútbol. Ni siquiera Neymar, más célebre por sus payasadas que por sus logros. Y ganaba con la camiseta, con la escasa dosis de jerarquía que aún le queda, pero así mismo los rivales le fueron perdiendo el respeto, se animaron a retarlo de tú a tú y, sobre todo después del Mundial-2014, se dieron cuenta de que este es un equipo común y corriente. Tan común y corriente, que ahora su DT habla mal de los árbitros (¡que siempre fueron los aliados de Brasil!) y cuando pierde dice que sus jugadores estaban intoxicados, disminuidos. Aunque puede ser cierto, pero en el plano futbolístico: intoxicados con un estilo contrario a su esencia, a su ADN; disminuidos por sus limitaciones, su prepotencia, su incapacidad para aceptar los errores e intentar corregirlos.

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El festejo paraguayo, por supuesto, no se hizo esperar. Como cuatro años atrás, en La Plata, en la fría noche de Concepción le repitió la dosis de tereré a Brasil y lo dejó otra vez por fuera de la Copa América en los cuartos de final.

Temido y respetado en el pasado, el Brasil de hoy es un remedo de su historia, una caricatura desdibujada. La defensa, su histórico talón de Aquiles, es un flan; en el medio solo saben dar patadas y apretar, porque encontraron la fórmula para erradicar el talento que durante décadas los distinguió como los mejores del mundo; y adelante, adelante dan pena con delanteros como Fred (en el Mundial) o Firmino (en la Copa América). ¡Y ya ni siquiera saben cobrar penaltis! Lo más grave es que hay quienes continúan empeñados en defender este estilo contrario a la naturaleza brasileña, así los resultados les den evidencia fehaciente de que están equivocados. Se avecina la eliminatoria a Rusia-2018 y, por lo visto en esta Copa América, aquella vieja premisa de que Brasil tenía el cupo asegurado y los demás peleaban por los lugares restantes también puede ser revaluada.

A la vuelta de los cuartos de final, la Copa América se quedó sin tres de los candidatos a la corona: Uruguay, el campeón defensor, víctima de Chile; Colombia, superado por Argentina, y ahora Brasil, que no pudo dejar atrás a Paraguay. Chile-Perú y Argentina-Paraguay son unas semifinales que muy pocos hubieran pronosticado antes del comienzo del torneo. Siguen sin aparecer las dosis de talento que se prometían al observar las nóminas inscritas, tampoco ha descollado una gran figura que haga entusiasmar a los aficionados y el gran equipo aún no se mostró. Quedan cuatro partidos y lo único cierto es que el fútbol de Suramérica tendrá un nuevo rey. ¡Hagan sus apuestas…!

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La fanaticada paraguaya está de plácemes, pues su equipo otra vez está entre los cuatro mejores del continente. La próxima parada es contra la Argentina de Lio Messi y compañía.

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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