Copa América: la contradicción de Argentina

A algunos se les olvida que el fútbol es apenas un juego y que, por consiguiente, suele ser injusto, a veces demasiado. Si lo fuera, si hubiera justicia, si siempre ganara el mejor, no sería fútbol y, por supuesto, no sería tan apasionante…

Copa América 2015El fútbol suele ser injusto, a veces demasiado. Por eso, duele tanto, y cuesta tanto entender (y mucho más explicar), por qué un equipo como Argentina deba conformarse con el subtítulo de la Copa América. Para otro elenco sería motivo de celebración, pero para esta Argentina de la generación dorada encabezada por Lionel Messi no sirve, no se digiere. Pero así es el fútbol y hay que aceptarlo, así sea a regañadientes, con la ilusión de que pronto llegue la oportunidad del desquite.

Tras el sensacional juego en las semifinales, contra Paraguay, el conjunto dirigido por Gerardo ‘Tata’ Martino no pudo sostener el mismo nivel de intensidad y, sobre todo, de eficacia y lo pagó muy caro. Como si sobre ese fantástico grupo de jugadores pesara una maldición, la Albiceleste estuvo errática, poco brillante, excesivamente ansiosa. Un país acostumbrado a ganar al que por caprichos del destino se le olvidó ganar, toda una ironía de la vida y del deporte. Porque, valga recordarlo, la última vez que Argentina ganó algo fue en 1993, la Copa América disputada en Ecuador. Mientras, la de Chile-2015 fue la quinta final que perdió desde entonces, todo un karma, como dijo la prensa gaucha.

Copa América 2015
Nadie puede explicar lo inexplicable: Argentina, el mejor equipo de la Copa América-2015, perdió la final. El título quedó en poder de Chile y, por eso, los jugadores albicelestes quedaron perplejos (Canchallena.com).

A la vuelta de 12 meses, del 13 de julio de 2014 al 4 de julio de 2015, Argentina perdió los dos torneos que más lustre le dieron a su brillante palmarés: la Copa Mundo y la Copa América. La primera la ganó en dos ocasiones y la segunda, en catorce. Pero, como si sufriera un repentino e incurable ataque de amnesia, se olvidó de ganar. Y no es porque sus jugadores hayan perdido la calidad, porque su fútbol se haya quedado sin ese fuego divino que siempre lo caracterizó, porque no haya podido conformar equipos competitivos. La calidad se mantiene, el fuego divino está vigente y el que llegó a Chile-2015 era, sin duda, un equipazo.

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Ezequiel Lavezzi, que ingresó por el lesionado Ángel Di María, lloró sin consuelo. El equipo de Gerardo Martino perdió su sexta final consecutiva y alargó la sequía de 22 años sin títulos (Canchallena.com).

Contra Alemania, en el Maracaná de Río de Janeiro, se cansó de dilapidar opciones y terminó amargada. Se recuerdan al menos cuatro jugadas muy claras en las que Ángel Di María, Sergio Agüero, Gonzalo Higuaín y el propio Messi se equivocaron. Remates que muy seguramente en otras circunstancias, con las camisetas de sus equipos, habrían convertido fácilmente, pero con la casaca de la Selección y en la final de un Mundial, les pesó. ¡Claro, es que son humanos y pueden equivocarse! Como algún día lo hizo Michel Platini, como le ocurrió a Roberto Baggio en la final de Estados Unidos-1994.

Sin lujo, pero con un buen volumen de juego e innegables argumentos, en buena ley Argentina ha debido levantar la Copa Mundo por tercera vez. Sin embargo, todos sabemos lo que dice la historia: que Mario Goetze aprovechó una pifia de la zaga albiceleste en la recta final del encuentro y venció a Sergio Romero para darle a Alemania el tetracampeonato orbital. Y la historia, una vez escrita, escrita está. Y no se puede modificar, porque es tiempo pasado, pisado. Algo faltó en ese partido, y lo bueno de las anteriores presentaciones quedó en el olvido de los registros estadísticos por culpa de un resultado, de un destino caprichoso.

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Si es cierto que una imagen vale más que mil palabras, esta vale millones de palabras: la mirada de Lio Messi lo dice todo tras caer en la tanda desde el punto penalti en la final de la Copa América (Canchallena.com).

Ahora, en la Copa América, aunque la historia dirá que el campeón fue Chile, no es difícil convenir que el mejor equipo del torneo fue Argentina. Puede sonar contradictorio, al aficionado común puede parecerle descabellado, pero en el deporte (y el fútbol es un deporte, no hay que olvidarlo), el que gana no siempre es el mejor. Esa es parte de la magia del juego, de su encanto, una de las razones por las cuales despierta una fascinación inexplicable: porque no se ajusta a la lógica. La recordada Naranja Mecánica holandesa, la de Johan Cruyff, fue la mejor del Mundial-1974, pero el título lo celebró Alemania. En Suiza-1954, nadie dudó de la superioridad de Hungría, pero el trofeo lo alzaron los germanos. Y la lista de ejemplos puede hacerse interminable, pero el final siempre será el mismo: no siempre gana el mejor, el que gana no siempre es el mejor.

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El remate que todo lo pudo cambiar: en tiempo de reposición, Gonzalo Higuaín no acertó el arco de Claudio Bravo y forzó la definición con tiros desde el punto penalti. Y todos sabemos qué pasó allí… (Canchallena.com).

En la final, en el partido que se disputó este 4 de julio en el estadio Nacional de Santiago abarrotado de hinchas australes y con algunos flancos albicelestes, Chile fue superior. En el volumen de juego, en la propuesta ofensiva, en la perseverancia de su idea. El juego fue parejo, de ida y vuelta, con claras opciones para ambos (inclusive, Argentina fabricó las más claras), pero el marcador no se pudo alterar al cabo de 120 minutos de emociones. Y fue, entonces, que Argentina mostró su peor cara: en la definición con disparos desde el punto penalti, el único que pudo convertir fue Messi. Gonzalo Higuaín la mandó a lo más alto de la cordillera de Los Andes y Éver Banega salió con un tirito de 3 pesos que Claudio Bravo contuvo sin problemas.

Como si fueran adolescentes nublados por el pánico escénico, los argentinos jugaron en la final el peor partido del torneo. No porque haya sido malo, sino porque el rendimiento individual y colectivo estuvo claramente por debajo de los presentaciones anteriores. Sergio ‘Kun’ Agüero no metió miedo con sus diagonales, Ángel Di María estaba muy precipitado hasta que una lesión lo sacó del partido, su sustituto Ezequiel Lavezzi nunca se acomodó en el rol que se esperaba y a Lio Messi lo neutralizaron bien. A veces con exageradas patadas, con violencia excesiva, sí, pero lo controlaron bien. Le hicieron presión en las zonas que acostumbra recorrer y no lo dejaron acomodar. De hecho, cuesta recordar alguna opción de gol que el 10 haya tenido (¿tuvo alguna?).

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A Lio Messi lo neutralizaron bien, con una marca pegajosa, a veces recurriendo a recursos poco ortodoxos, y lo desconectaron de los circuitos ofensivos. Ahí comenzó a perder Argentina… (Canchallena.com).

Y con Messi desconectado de los circuitos ofensivos, con la lámpara de su genialidad apagada, Argentina vivió un episodio más de su negra noche sin títulos. Porque pedir que sea Javier Mascherano el que resuelva los partidos, que Lucas Biglia se ponga el traje de superhéroe, que alguno de los marcadores centrales asuma el rol de goleador es abusar. Es cierto que en cualquier momento alguno de ellos puede aparecer y solucionar el problema, como de hecho lo hicieron en el transcurso del torneo, que en un colectivo la responsabilidad es compartida por todos, pero los que tenían que romper el molde y acabar con esta pesadilla eran los de adelante, los temibles atacantes, y no pudieron hacerlo. Esta vez, no pudieron hacerlo.

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La lesión de Ángel Di María, como ocurrió en el Mundial-2014, le cambió la cara a Argentina. Fideo salió en el primer tiempo y la albiceleste no solo perdió profundidad, sino que Messi se quedó sin su socio ideal.

En medio del dolor y la desazón naturales, las declaraciones del técnico Martino demuestran que al menos hay alguien con la capacidad y la inteligencia para no dejarse llevar por el pesimismo que arrastra un resultado negativo. Vale recordar que nada hay más escandaloso que la sangre, a pesar de que la herida solo sea una pequeña cortadura. Y en el fútbol un desenlace como este, un trofeo perdido, hace demasiado ruido y puede provocar que se pierdan la cordura y la sensatez para analizar. “Mañana, si es necesario, comienzo a trabajar con estos mismos 23 jugadores”, declaró el Tata, en una clara muestra de coherencia muy rara por estos días, y no solo en el fútbol. Él, mejor que nadie, sabe que el trabajo fue bueno, a pesar de que el resultado no fue el esperado. Lo primero hay que valorarlo y lo segundo, intentar cambiarlo.

Tras colmarlos de elogios luego de la goleada 6-1 sobre Paraguay en semifinales, la prensa argentina destrozó a sus ídolos por perder la Copa América. Y el foco principal de las acusaciones, como siempre, fue Lio Messi. Inclusive, se llegó al extremo de cuestionar que sea el capitán albiceleste, un tema del que periodismo y afición jamás deberían opinar, pues es algo del fuero interno de cada grupo. Lo irónico es que los mismos personajes (periodistas e hinchas) que en la antesala de un partido se quiebran la cabeza anticipando análisis y exponiendo argumentos, a la hora de un traspié (porque, valga aclararlo, derrota no hubo, pues el partido terminó empatado) sean los primeros en levantar el dedo acusador y lancen ataques sin el menor atisbo de análisis y, obvio, sin argumento alguno, solo movidos por las vísceras y algunos otros órganos aledaños.

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La Copa América pasó de largo para Argentina, que sumó una frustración más. El fútbol suele ser injusto con algunos muy buenos equipos, pero siempre habrá oportunidad para la redención (Canchallena.com).

Lo peor que le podría ocurrir al fútbol argentino, peor que perder en un año la Copa Mundo y la Copa América, sería renegar de esta generación de jugadores, del trabajo realizado por los técnicos Alejandro Sabella en el Mundial y Gerardo Martino en el campeonato continental. Otras veces, con nóminas menos competitivas, con una dosis de talento sensiblemente inferior a la que acudió a Chile, se lograron éxitos sonoros, títulos que marcaron historia. En aquellas ocasiones, fue un Diego Armando Maradona genial el que marcó diferencias, o un Gabriel Omar Batistuta el que acertó las opciones de gol, o un Ubaldo Matildo Fillol el que le puso cerrojo a su arco. Hubo un plus individual o colectivo que permitió alcanzar ese objetivo propuesto, y eso le ha faltado a la Selección Argentina en los últimos 22 años.

Perder seis finales consecutivas, no es fruto de la casualidad, y Argentina las perdió: Copa Rey Fahd (ex Confederaciones), en 1995, contra Dinamarca (0-2); la Copa América-2004, en Lima, contra Brasil (2-2 en tiempos suplementarios y 2-4 en definición con tiros desde el punto penalti); Copa Confederaciones-2005, en Fráncfort (1-4 con Brasil); Copa América-2007, en Maracaibo (0-3 con Brasil), y las dos mencionadas, la del Mundial-2014 (0-1 con Alemania, en prórroga) y la de la Copa América-2015 (0-0 en tiempos suplementarios y 1-4 en la tanda desde el punto penalti, con Chile). Y nadie pierde tal cantidad de definiciones por mera mala suerte, por una maldición o algo por el estilo. En cada uno de esos juegos, a los que llegó con sobrados méritos y con sólidos argumentos, a Argentina le faltó un ingrediente: volumen de juego ofensivo, claridad mental, poder de definición, se cometieron errores individuales o colectivos, el equipo se derrumbó ante la primera adversidad, en fin, la variedad de alternativas es amplia.

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Lo peor que le podría ocurrir a Argentina sería renegar de esta generación de brillantes futbolistas. En algún momento llegarán de nuevo los títulos y las sonrisas de los hinchas.

El caso actual, además, encierra un contrasentido: Messi, Mascherano, Tévez, Agüero, Romero, Banega, Pablo Zabaleta, Di María, Lavezzi, Fernando Gago y Ezequiel Garay, integrantes del conjunto que acaba de perder la Copa América, fueron la base de los elencos que le brindaron a Argentina las dos últimas alegrías en el concierto internacional: las medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas-2004 (contra Paraguay) y de Beijing-2008 (contra Nigeria). No es, entonces, una generación de perdedores, como de manera absurda e irrespetuosa publicó la prensa deportiva de ese país. La calidad de esta camada no se discute, como tampoco se puede cuestionar su integridad. Lo que ocurre es que a algunos se les olvida que el fútbol es apenas un juego y que, por consiguiente, suele ser injusto, a veces demasiado. Si lo fuera, si hubiera justicia, si siempre ganara el mejor, no sería fútbol y, por supuesto, no sería tan apasionante…

 

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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