Colombia: ganar, gustar, sonreír

Tras la victoria 3-1, podría decirse que todo volvió a la normalidad de épocas recientes, de la eliminatoria pasada: Colombia fue la sensación; Ecuador, la víctima de turno.

Colombia Mundial en Contravía rumbo a Rusia-2018Veinte meses después de la triste eliminación del Mundial de Brasil-2014, el punto más alto alcanzado por el fútbol nacional al ocupar el quinto lugar, la Selección Colombia volvió a ser una fiesta: jugó, gustó y venció 3-1 a Ecuador, le quitó el invicto y quedó en la ruta de la clasificación directa en la eliminatoria al Rusia-2018. Un doblete de Carlos Bacca y otro tanto de Sebastián Pérez dieron al traste con las ilusiones ecuatorianas, pero también sirvieron cara callar a los detractores de oficio, para disipar las dudas, para fortalecer la fe, para renovar la ilusión. Negocio redondo para el equipo de José Pékerman en esta doble jornada, la última cita oficial antes de la Copa América Centenario de Estados Unidos.

Colombia Mundial en Contravía rumbo a Rusia-2018
Carlos Bacca, Juan Guillermo Cuadrado y James Rodríguez, tres protagonistas de la victoria 3-1 sobre Ecuador, que perdió el invicto y el liderato (FIFA.com).

Antes que nada, una aclaración pertinente: que no se vaya a confundir el aficionado desprevenido, el distraído por ese entusiasmo que se adueña de los corazones en la antesala de cada juego de la Tricolor, porque el líder de la eliminatoria era el equipo que jugó con uniforme azul y el que arrancaba el partido por fuera de la zona de clasificación era el de amarillo. Aclaración pertinente porque luego de observar el juego uno concluye que el que jugó como si fuera el mejor de la competencia fue Colombia, el de amarillo, y el que se vio superado de principio a fin, el que no tuvo argumentos futbolísticos para contrarrestar a su rival, fue el de azul, es decir, Ecuador. Podría decirse, en otras palabras, que todo volvió a la normalidad de las épocas recientes, de la eliminatoria pasada: Colombia fue la sensación; Ecuador, la víctima de turno.

Más que el conjunto del argentino Gustavo Quinteros, que dicho sea de paso estuvo muy lejos del nivel que el año pasado le permitió ser la grata revelación de la eliminatoria, al acumular cuatro triunfos consecutivos, los grandes perdedores fueron todos aquellos viudos del poder que antes del viaje a La Paz pronosticaron tragedias, derrotas, apocalipsis futbolístico. Son esos que un día entierran a los que están bien vivos y al siguiente resucitan a los que nunca estuvieron muertos. Y hoy comprobaron, con lujo de detalles, cuán equivocados estaban: poco a poco, Pékerman rearma el rompecabezas, los nuevos jugadores engranan en la estructura y, en consecuencia, la Selección Colombia vuelve a ser esa fuente inagotable de alegrías que nos permitió vivir momentos inolvidables entre 2012 y 2014.

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El Ecuador que vimos en Barranquilla no fue el mismo que causó sensación el año pasado. El técnico Quinteros tomó notorios recaudos defensivos. (FIFA.com).

Más allá de que se consiguió en condiciones que siempre son complicadas, los 3600 metros sobre el nivel del mar en La Paz, a la victoria sobre Bolivia no se le dio el valor real. El mal momento futbolístico del rival, los afanes que se vivieron en el segundo tiempo especialmente en defensa y el hecho de que el triunfo se concretó con un agónico gol en tiempo de reposición dejaron la sensación de que había producto del azar. Una idea que se vendió a través de los medios de comunicación y distorsión y que provocó que la antesala del duelo contra Ecuador estuviera cargada, otra vez, por las dudas y la incertidumbre. Sin embargo, el castillito de naipes de los aguafiestas se derrumbó tan pronto el árbitro chileno Enrique Osses sonó su silbato y rodó el balón, porque desde ese momento Colombia volvió a exhibir su mejor versión futbolística.

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Volvió la alegría, volvió el baile, volvió la felicidad: Colombia recuperó su mejor versión y ascendió al quinto puesto en la eliminatoria a Rusia-2018 (FIFA.com).

Pero no fue solo jugar bien y ganar, sino que se mostraron otras virtudes que soportaron la alegría. Lo mejor fue la actitud, tanto a nivel individual como colectivo. Desde que empezó el partido, Colombia se sentía superior a su rival, sabía que tenía cómo superar el reto, entendía que había argumentos para conquistar el triunfo, sin que eso significara, de modo alguno, entrar en ese desbordado triunfalismo, en esa penosa soberbia que caracteriza a muchos hinchas, en especial a aquellos parapetados en los medios de comunicación y distorsión. Esa actitud agresiva redundó en que cada pelota se corrió como si fuera la última, en que no se escatimó esfuerzo alguno, en que se copó cada centímetro del campo con sacrificio, en que hubo solidaridad en defensa y ataque y se esgrimió otra vez esa personalidad tan importante en la campaña rumbo a Brasil-2014. Por eso, desde la primera jugada, Ecuador se vio superado, y, lo peor, se sintió inferior a un rival que le marcaba los tiempos, que lo anticipaba, que lo presionaba bien arriba, que lo meneaba de lado a lado con el desdoblamiento de volantes de primera línea y defensores y que había convertido su área en un polígono: todos apuntaban hacia allí, y muchos acertaban.

Y volvieron las sociedades futbolísticas, esas que soportaron los éxitos del pasado, las que tanto se habían extrañado en las primeras jornadas de la eliminatoria. James Rodríguez, el cerebro, la inspiración; Juan Guillermo Cuadrado, el desequilibrio, la improvisación, y Carlos Bacca, el pescador del área, el goleador letal, que se conocen de memoria porque han formado parte del proceso Pékerman desde un comienzo, fusionaron talentos y fortalezas y dinamitaron las intenciones defensivas de Ecuador. Porque, valga decirlo, golpeado por el empate que le concedió a Paraguay en Quito, por el desgaste físico que supuso alcanzar el empate en ese duelo, por las bajas por lesión y por los antecedentes que no le favorecían, el técnico Quinteros tomó sus precauciones defensivas. No renunció al ataque, pero sí programó un partido para aguantarlo en su campo y tratar de aprovechar eventuales espacios que ofreciera Colombia.

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Una imagen que resume el partido: Carlos Bacca corre a festejar, mientras los ecuatorianos, derrotados, sufren la conquista (FIFA.com).

Una de las verdades irrefutables del fútbol es que no existe bloque defensivo capaz de detener la magia del talento individual. Podrá estorbarlo, podrá demorar sus efectos, podrá incomodarlo, pero tarde o temprano el talento se impone, especialmente cuando es la magia de más de un jugador. Y eso fue, precisamente, lo que ocurrió en la jugada que originó el primer gol: James capitalizó dentro del área a Bacca, que a pesar de la pegajosa se dio vuelta la mandó a un ángulo imposible para Alexánder Domínguez, que solo atinó a seguir la trayectoria del balón con la mirada. Un primer tiempo en el que Colombia mereció una ventaja más holgada, en el que no dejó dudas acerca de quién era el mejor en el estadio Metropolitano. Porque el Ecuador líder de la eliminatoria, el que venció con autoridad a Argentina en Buenos Aires, el que derrotó con justicia a Uruguay en Quito, no fue el que estuvo de visita en Barranquilla.

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La afición acompañó y se gozó el partido. Más allá de los mensajes desde los medios, el hincha nunca dejó de creer en Pékerman y sus dirigidos (FIFA.com).

Pero, así de caprichoso es el fútbol, apenas en el arranque del segundo período, cuando los aficionados tanteaban una eventual reacción del visitante, llegó un nuevo golpe, que en la práctica cerró el partido por anticipado. Una nueva sociedad, aunque con protagonistas distintos: como seguramente lo hicieron muchas veces en las divisiones inferiores de Atlético Nacional, Edwin Cardona y Sebastián Pérez gestaron el 2-0. El primero desbordó, limpió el camino y mando él centro y su compañero, con el traje de centrodelantero, se zambulló en el área para ponerla lejos del alcance del golero Domínguez en una acrobática cabriola. Ahí terminó la resistencia de Ecuador, que lo intentó, pero no exhibió argumentos válidos como para poner en riesgo un triunfo que la afición no se demoró en empezar a celebrar. La fiesta, en todo caso, no terminó ahí.

Le faltaba el moño, que llegó con un superlativo toque de calidad: James transportó, hizo la pausa y, cuando todos pensábamos que iba a rematar al arco, habilitó a Cuadrado, que como un fantasma apareció a la espalda de la defensa; este, en vez de fusilar al arquero ecuatoriano, se la cedió a Bacca con un toque sutil que dejó perplejos a los visitantes y el atacante del AC Milan solo tuvo que empujarla al fondo de la red. Un gol, literalmente, de otra época, de hace dos años, cuando la Selección Colombia actuaba como una armónica sinfónica cuyo espectáculo deleitaba a propios y extraños a lo largo y ancho de la geografía futbolística de Suramérica. Los 25 minutos restantes estuvieron de más, porque el partido estaba liquidado, pero había que jugarlos; Colombia dosificó las fuerzas y como si estuviera jugando en Bogotá y no en Barranquilla metió el juego en el congelador y se limitó a esperar que el árbitro anunciara el final del encuentro.

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Un error infantil de Gustavo Cuéllar derivó en el descuento de Ecuador: un golazo de tiro libre anotado por el especialista Michael Arroyo (FIFA.com).

Ni siquiera el descuento ecuatoriano aguó la fiesta. Fue producto de una infantil e innecesaria falta de Gustavo Cuéllar al borde del área, a una distancia y desde un ángulo perfectos para que un especialista como Michael Arroyo batiera la resistencia de David Ospina. El titánico esfuerzo del golero colombiano no pudo evitar el tanto, que sirvió para decorar el resultado. Ya no hubo tiempo para más fútbol, porque había llegado el momento de la celebración, de la fiesta. Y se bailó en cada rincón de Colombia, a ritmo de mapalé, de cumbia, de salsa, de vallenato, de reguetón, de bolero, bambuco y guabina. Ese nudo que los aficionados tenían en la garganta antes del encuentro se disolvió felizmente, con una fórmula infalible: buen juego, bonito espectáculo, goles y una victoria que volvió a llenar de alegría los corazones.

La desazón que nos dejó el 2015, con la derrota frente a Argentina en Barranquilla, ya está en el olvido; esa página ya se pasó. El técnico Pékerman, una vez más, como lo había hecho en otras ocasiones, brindó una lección de la que muchos deberían aprender: hay que confiar. El DT argentino, consciente de que algunos de los jugadores a los que siempre respaldó no se encontraban en su mejor momento, les abrió las puertas de la Selección a otros a los que desde hace tiempo seguía en silencio. Los arropó, les brindó confianza, los rodeó con los más experimentados y los frutos están a la vista de todos, inclusive de los ciegos y de los tuertos: rearmó el rompecabezas, le devolvió al equipo la identidad ganadora y volvieron los triunfos y las horas felices. El camino a Rusia-2018, no obstante, apenas agotó su primer tercio, pero lo cierto es que hay motivos de sobra para confiar en que la Tricolor puede clasificar a la Copa Mundo.

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James Rodríguez volvió a ser el magistral conductor del equipo. Esta vez no anotó, pero participó en dos de las tres anotaciones. Figurón (FIFA.com).

La eliminatoria vuelve a quedar en pausa hasta el próximo mes de septiembre, pero Colombia (los jugadores, los aficionados y los decepcionados detractores de oficio) puede descansar tranquila. Aunque todavía no se está en zona de clasificación directa, al menos se recuperó la alegría, se volvió a exponer la identidad que es el sello característico del estilo Pékerman y lo que viene se enfrentará con otro ánimo, sin desconfianza. Y lo que viene es la Copa América Centenario, en la que Colombia, como se sabe, compartirá un duro grupo con Estados Unidos, el dueño de casa; Paraguay y Costa Rica. Esa, sin embargo, es harina de otro costal, un apasionante reto que todavía está lejos. Por ahora, es el momento de disfrutar este nuevo feliz presente, de saborear estas dos reconfortantes victorias, de aplaudir y agradecer al técnico Pékerman y su grupo de trabajo por devolvernos la alegría que proviene de las emociones del fútbol.

 

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

Un comentario en «Colombia: ganar, gustar, sonreír»

  1. Plasmaste con claridad meridiana este triunfo magistral y descubriste la colectividad de la seleccion. Excelente cronica.

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