A Chile lo instalaron en su final

El dueño de casa, con evidente ayuda del árbitro venezolano José Argote, venció 2-1 a Perú y después de 28 años volverá a disputar la final de la Copa América. Triste epílogo de un torneo en el que lo futbolístico pasó a un segundo plano.

Copa América 2015La Copa América hiede. Fiel al talante corrupto de los dirigentes del continente, tal y como está demostrado con el escándalo que envuelve a la FIFA y cuyos tentáculos más fuertes surgen de África, Asia, Centro y Suramérica, el torneo quedó irremediablemente manchado por lo extrafutbolístico. El empujoncito para instalar a Chile, el dueño de casa, en la final que se disputará el próximo 4 de julio fue el último de una espantosa serie de hechos lamentables que solo contribuyen a que el aficionado común siga perdiendo la fe en el deporte que tanto lo apasiona.

Chile ganó con un golazo de Eduardo Vargas que no tiene discusión, eso hay que dejarlo claro. Pero prácticamente todo lo que ocurrió en los primeros 62 minutos del partido, e inclusive en la antesala del mismo, está viciado de nulidad. Fue un concierto para congraciarse con el anfitrión, una sumatoria de desaciertos de los dirigentes y de la terna arbitral que dejan en entredicho el trabajo realizado por los dirigidos por Jorge Sampaoli. La actuación del árbitro venezolano José Argote, y sus asistentes, fue solo un eslabón más en la cadena de nefastos acontecimientos que consiguieron que lo futbolístico pasara a un segundo plano.

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Eduardo Vargas fue el héroe de la fría noche santiagueña. Con un doblete, el primero sacando provecho de una posición ilícita, puso a Chile en la final de la Copa América (Conmebol.com).

En la víspera, los dirigentes se habían tirado la primera macana: sancionaron con solo tres partidos al defensor chileno Gonzalo Jara, que generó la expulsión del uruguayo Édinson Cavani en el duelo por los cuartos de final, después de meterle un dedo en el ano y, según relato de miembros de la delegación charrúa, provocarlo al hacer alusión al incidente en el que se vio envuelto Luis, padre del delantero, en el que un joven motociclista resultó muerto. ¿Tres fechas por una agresión alevosa, premeditada y grotesca que todo el planeta fútbol vio a través de la televisión? Está bien que esa sea la máxima pena contemplada en el reglamento, pero también es cierto que es posible tomar medidas accesorias en caso de que se justifiquen. Y en esta oportunidad, sin duda, las ameritaba.

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El primer susto del partido lo propinó Perú: el cabezazo de la Foca Farfán se estrelló en el vertical del arco de Claudio Bravo. Luego, la expulsión cambió todo (Conmebol.com).

Peor aún, a escasas horas de que rodara el balón en el Estadio Nacional de Santiago y se pusieran en acción las emociones de las semifinales, la Cámara de Apelaciones de la Conmebol le rebajó la sanción a dos partidos. ¡Qué nefasto mensaje el que se le envía al continente futbolístico! Es cierto que algunos exjugadores (como Iván Zamorano) y entrenadores (como Carlos Bilardo) explicaron que esos son hechos que ocurren con frecuencia en un partido de fútbol, pero esa no es una excusa. Las cámaras captaron en flagrancia al agresor, lo pusieron en evidencia y el único camino viable era imponerle una sanción ejemplarizante. Sanción hubo, pero muy lejos de ser ejemplarizante.

Además, queda un precedente horrible. Es como decirle a ciudadano que como los robos de celulares y los paseos millonarios son frecuentes, pues tiene que aprender a convivir con ellos, tolerarlos. ¡Qué estupidez! Patadas se dan cientos durante un partido, pero el reglamento las sanciona. De igual forma, se penaliza cada vez que un jugador de campo toca el balón con las manos, aunque esa es una acción que se repite regularmente. Lo que hizo Jara merecía un castigo que provocara temor en tanto payaso que hay hoy en día en los campos de fútbol, esos que siempre van en contravía del espíritu del juego, que no son más que farsantes, tramposos de oficio. Y, por supuesto, le hacen daño, mucho daño, a un deporte como el fútbol que vive las horas más aciagas de su historia por cuenta de la corrupción.

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La jugada en la que el partido se le fue de las manos al pusilánime árbitro venezolano José Argote: la agresión del chileno Vidal y la respuesta del peruano Carlos Zambrano. Ni siquiera fueron amonestados (Conmebol.com).

Peor aún, en tan solo 120 segundos el árbitro Argote echó a perder el partido. La agresión del chileno Arturo Vidal, con respuesta del peruano Carlos Zambrano, que con algo de rigor daba para expulsión, al venezolano no le valió ni siquiera para tarjeta amarilla. Y ahí el partido se le salió de las manos, porque los jugadores entendieron que no había autoridad. Un plus a favor del local, porque cada pelota dividida la dirimió para la Roja, porque actuó con raseros diferentes cada vez que hubo faltas de uno o de otro. A los 6 minutos, sí le mostró la amarilla a Zambrano, que bien pudo haberse ido (debió irse) tras esa acción. Sin embargo, permaneció en el campo hasta los 20 minutos, cuando una nueva falta, esta con increíbles torpeza e imprudencia sobre Charles Aránguiz, lo puso se patitas en el camerino.

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Carlos Zambrano fue expulsado producto de una estupidez mayúscula: con torpeza e ingenuidad, golpeó a Charles Aránguiz, que se revolvió como si hubiera recibido una ráfaga de ametralladora.

A esas alturas del partido, Perú había logrado equilibrar la balanza luego del lógico envión del local en el arranque. Si bien no generaba peligro en el área de Claudio Bravo, había conseguido alejar de su zona de candela a los rápidos y peligrosos atacantes australes, la delantera más efectiva del certamen. El técnico Ricardo Gareca recompuso a los 26 minutos, dándole ingreso a Christian Ramos en lugar de Christian Cueva, para rearmar el bloque defensivo. Y los incas lograron enredar el partido, concentrar las acciones en la mitad de la cancha, y por ahí se animaron a tratar de sorprender a la zaga anfitriona. Hasta que a los 42 minutos llegó la otra jugada que cambió la historia del partido y en la que, no podía ser de otra manera, la terna arbitral aportó su granito de arena (vea aquí el video).

La prolongada combinación de los atacantes chilenos derivó en un lanzamiento desde el costado por parte de Alexis Sánchez, justo cuando Eduardo Vargas estaba un paso delante de la zaga inca, en evidente fuera de lugar. El balón picó en el área chica y Aránguiz, que venía habilitado, intentó desviar el balón, sin llegar a tocarlo. La pelota rebotó en el vertical izquierdo y, de rebote y en dos tiempos, Vargas la anidó. Sacó provecho de su posición inicial, que era irregular, y marcó. Un gol que nunca debió subir al marcador, pero que fue convalidado con la consabida disculpa de que ‘era una jugada fina’. Fina fue la atención del central Argote para Chile, que golpeó a su rival en un momento crucial, cuando el visitante ya hacía planes de irse al descanso con el cero en el bolsillo.

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El derechazo de Eduardo Vargas, a los 63 minutos del partido, acabó la resistencia de un valiente Perú. En adelante, no hubo más partido, porque Chile hizo valer la superioridad numérica y controló las acciones.

En el segundo tiempo, la reacción peruana no se hizo esperar, aunque no tuvo la contundencia que se requería, porque el esfuerzo físico comenzaba a hacer mella en sus jugadores. A pesar de eso, en un avance que no parecía encerrar peligro se dio el empate: el centro cruzado de Luis Advíncula, que tenía como destino a André Carrillo en el centro del área chica, terminó en un autogol por el afán de Gary Medel por rechazar (vea el video). El marcador hacía justicia a lo que ocurría en el campo, porque aunque tenía un jugador menos Perú no era inferior. Pero duró poco la alegría para los del Tigre Gareca, pues solo tres minutos más tarde un remate furibundo de Vargas, desde fuera del área, volvió a darle la ventaja a la Roja. El derechazo cruzado se coló por el ángulo superior del arco de Pedro Gallese, cuya estirada solo sirvió como elemento decorativo para la foto (vea el video del gol).

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Una vez más, Arturo Vidal brilló por sus actitudes violentas y no por su talento. El volante austral estuvo otra vez opaco y sigue en deuda en la Copa América.

A partir de ahí, partido como tal ya no hubo. Y no lo hubo porque Perú no pudo reponerse del golpe que supuso esta anotación, que calentó la fría noche santiagueña. Ahí sí, Chile hizo valer el jugador de más, porque empezó a circular la pelota, porque lanzó los laterales al ataque, porque casi siempre hizo mayoría de atacantes sobre defensores en campo del rival. Solo restó que el reloj consumiera el tiempo y que Argote terminaran con su farsa para desatar la lógica celebración de hincha chileno, que después de 28 años regresará al partido más esperado de la Copa América. La última vez que la Roja estuvo en la final fue en 1987, cuando el certamen se jugó en Argentina y el campeón fue Uruguay. Gran alegría para el fútbol austral, que después de 99 años está cerca de celebrar por primera vez el título continental, y gran tristeza para Perú, que merecía algo más que lo que recibió.

Si bien la Copa América no ha tenido la brillantez que pudiera esperarse por la cantidad y especialmente por la calidad de los futbolistas que la disputan, lo peor que podía ocurrir es que las manifestaciones de la corrupción que enlodan a los directivos suramericanos se adueñaran del torneo. Era algo inevitable, quizás, porque una de las acusaciones contra los mandamases del fútbol continental tiene que ver con la adjudicación de los derechos de televisión del certamen. Y a sabiendas de lo que les corre pierna arriba a partir de julio, cuando el balón pare de rodar, pues había que hacer la última de sus fechorías. Los árbitros, nefastos peones de este inmundo ajedrez, volvieron a ser el lunar, bien negro así sus camisetas sean de otro color, manipulando el destino de los participantes.

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Festejo chileno, tristeza peruana. El dueño de casa regresa a la final de la Copa América 28 años después, mientras que los incas volverán a disputar el tercer puesto, que ocuparon en Argentina-2011.

Chile, por lo mostrado en los cuatro partidos anteriores, no necesitaba esta clase de ayudas. El trabajo de Sampaoli y sus dirigidos había sido satisfactorio, imponiéndoles ritmo y condiciones a sus rivales, destacándose como el equipo de mayor poder ofensivo, ganando limpiamente. Pero todo se derrumbó cuando Jara decidió provocar a Cavani y le metió el dedo en el ano. Entonces, esto se convirtió en una pantomima: para una semifinal entre dos países cuya rivalidad está más allá de los campos de juego, con graves antecedentes, la Conmebol nombró a un árbitro venezolano sin mayor experiencia. Y el reto lo superó, con creces, en tan solo 120 segundos. Se notó a leguas que había un claro interés por favorecer al local, por propiciar que la fiesta de los hinchas se prolongue hasta el último día.

De más a menos, en todo aspecto, viene la Copa América. Comenzó con brillantez y está terminando en un ambiente turbio, enrarecido, opaco. El fútbol, la razón de ser y el origen de la pasión de los hinchas, pasó a un segundo plano y lo que nos hemos visto obligados a observar es un nuevo concierto de desatinos producto de la corrupción que carcome al deporte. Los aficionados chilenos celebran la victoria, porque para ellos lo único que vale es lo que ocurre en el campo de juego, mientras que los peruanos, tristes porque no se concretó el gran golpe, tienen que estar orgullosos porque su selección vendió cara la derrota, mostró vergüenza y pundonor y, especialmente, porque les da motivos para volver a soñar con el gran Perú, aquel de los años 70 y comienzos de los 80.

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Los hinchas chilenos están de plácemes, pues su Selección está a 90 minutos de obtener el título de la Copa América por primera vez en 99 años de historia. La final será el 4 de julio.

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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