Que nos perdone Dios

Disfrutar el mal ajeno no es propio de un buen cristiano, pero los colombianos gozamos como nunca la histórica goleada de Alemania sobre el peor Brasil de la historia. El orgullo tricolor, que había sido mancillado injustamente, pronto fue reivindicado. ¡Y de qué manera!

LibroQue Dios nos perdone, al menos por esta vez, el pecado visceral. Desde que estábamos pequeños, en el proceso de preparación para recibir la primera comunión, nos enseñaron el buen cristiano no se alegra del mal ajeno, pero esta vez no solo fue imposible: fue peor. Los colombianos no solo nos alegramos la goleada que Alemania le propinó a Brasil, un 7-1 que jamás olvidaremos, sino que disfrutamos cada gol germano, aplaudimos cada una de esas humillantes triangulaciones, celebramos los descaches de la paupérrima zaga brasileña, explotamos de alegría al ver la rabonada dibujada en la cara del DT Luiz Felipe Scolari y, con algo de codicia, rogamos porque fueran 8, 9…

Esta vez, no fue necesario un solo sorbo de trago, una gota de harina, ni siquiera una bandera tricolor para que los colombianos le confirmáramos a la humanidad, en especial al planeta fútbol, que nos sentimos el país más feliz del mundo. Bastaron siete instantes para embriagarnos de felicidad, para secar las lágrimas que rebeldemente aún se escapaban, para calmar esa ira que en nuestras entrañas hervía como lava volcánica, para tranquilizar esos espíritus que estaban alborotados desde que Brasil, mediante diabólica intromisión de la FIFA, dejó por fuera del Mundial-2014 a Colombia, la alegría y el arte del torneo.

Durante décadas, al menos 50 años, millones de aficionados colombianos se rindieron a los pies de Brasil. Desde que llegaron por acá los ecos de las hazañas de Pelé, Didí, Vavá, Garrincha, Jairzinho y compañía, el hincha del fútbol le entregó su corazón a la Canarinha, abierta y desinteresadamente, especialmente en aquellas ediciones de la Copa Mundo en las que Colombia no participó. Y cuando lo hizo y quedó eliminada, el cariño se cambió de camiseta y los triunfos brasileños se sintieron y festejaron como propios. Había una admiración que rayaba con la devoción por el fútbol brasileño, por sus astros, por su historia, por sujogo bonito.

Ninguna imagen puede resumir mejor lo que fue el partido: Alemania, de pie; Brasil, rendido a sus pies (FIFA.com).
Ninguna imagen puede resumir mejor lo que fue el partido: Alemania, de pie; Brasil, rendido a sus pies (FIFA.com).

Por eso, inclusive, muchos hinchas colombianos se daban por bien servidos con que Colombia quedara decorosamente eliminada del Mundial a manos de Brasil, en el partido por los cuartos de final que se jugó el pasado viernes 4 de julio. Perder contra el más grande la historia, contra el local, contra el favorito, no era tan malo siempre y cuando no se diera por un marcador abultado, con una goleada que manchara la excelente marcha que hasta entonces cumplía el equipo de José Néstor Pékerman. Sin embargo, el desarrollo de ese juego transformó ese viejo sentimiento en un odio visceral, en desprecio sin retorno o, como dirían en México, en un odio jarocho: intenso, recalcitrante, que envenena el alma.

Porque envenenados estaban los corazones colombianos desde que la FIFA, la multinacional de la corrupción, puso al servicio de un muy discreto seleccionado de Brasil su maquinaria para llevarlo en coche a las semifinales. De manera descarada, atrevida, insolente, el árbitro español Carlos Velasco Carballo inclinó la balanza a favor del local y, literalmente, hizo a un lado a Colombia, el equipo que mejor fútbol había mostrado a lo largo del torneo. Por eso, este martes 8 de julio fue algo así como un adelanto de la fiesta nacional (que se celebra el 20 de julio), porque los corazones que antes eran verdeamarelhos esta vez se vistieron con los colores de Alemania. Y los sufrimientos se convirtieron en dicha; los sollozos, en gritos que sirvieron para desahogar esa alegría reprimida; el llanto, en carcajadas de revancha, de dulce venganza.

Los dos primeros goles de Alemania, marcados por Thomas Mueller y Miroslav Klose, se celebraron con algo de mesura, con notoria expectativa, porque siempre había el temor que el árbitro mexicano Marco Antonio Rodríguez aplicara el mismo libreto de Velasco Carballo contra Colombia y le diera la vuelta al partido. El de Klose empezó a encender una alegría que con el correr de los minutos desbordó los límites decentes (aquellos que marcan las acciones de un buen cristiano) porque fue el número 16 de su cuenta personal en los Mundiales. Con ese tanto, le arrebató al brasileño Ronaldo (que no jugó contra Colombia, pero también lo odiábamos, por brasileño) el récord como máximo anotador en la historia de la Copa Mundo.

¿Habrá alguien capaz de explicarle a este niño lo que ocurrió en Belo Horizonte? (FIFA.com).
¿Habrá alguien capaz de explicarle a este niño lo que ocurrió en Belo Horizonte? (FIFA.com).

El tercero y el cuarto, logrados por Toni Kroos en apenas dos minutos, y el de Sami Khedira, tres después, desataron ese nudo que se nos había atorado en la garganta desde el viernes. Ni 11 réplicas de Velasco Carballo iban a poder remontar un 0-5, menos cuando este Brasil se mostraba, con sólidos e irrefutables argumentos, como el peor de la historia. El 5-0 es un marcador que encierra un halo mágico para el aficionado colombiano, pero esta vez era corto, no resultaba suficiente: la afrenta sufrida a manos de la FIFA y este desteñido Brasil merecían que se pagara un precio mayor, una humillación que no se borre jamás, que permanezca en los corazones de los brasileños y de sus compinches de la FIFA por los siglos de los siglos, amén.

El sexto y el séptimo goles alemanes, ambos obra de Andre Schuerrle, se cantaron con el corazón: libre de aquellos demonios que nos dejó la derrota con Brasil, pero que desaparecieron espantados en estos primeros 45 minutos por obra y gracia de Alemania, el corazón gritó henchido. Queríamos más, pudieron ser más, pero los alemanes demostraron que también pueden sentir piedad, que no son de piedra, y bajaron el pie del acelerador. Hasta Chiquidrácula Rodríguez, que se quedó con la tarjeta roja guardada cuando debió expulsar a David Luiz (sí, el mismo que consoló a James Rodríguez esta vez mostró de qué material está hecho: el cobre), se apiadó y ni tiempo de reposición dio. El pitazo final desató una euforia solo comparable con aquella con que el pueblo colombiano tributó a la heroica Tricolor en su regreso a casa y la ovación que le siguió hizo temblar al mismísimo Corcovado.

Perdónanos, Dios, al menos por esta vez. No es de buenos cristianos alegrarnos por el mal ajeno, y mucho menos disfrutarlo, gozarlo de la manera que lo hicimos durante este partido con Alemania. Como nunca antes, la fechoría recibió su merecido a la vuelta de la esquina. El dios del fútbol es tan grande, tan hincha de Colombia, que a los mismos que nos hizo sufrir el viernes con la injusta derrota y dolorosa eliminación, a la vuelta de 84 horas nos dio la posibilidad de vivir una alegría incomparable. A los nietos, a los hijos que aún no tiene conciencia de todo lo que ocurrió estos días, con orgullo y felicidad les contaremos que el orgullo colombiano, que fue mancillado, pronto fue reivindicado. ¡Y de qué manera!

Desde este 8 de julio, los hinchas colombianos podemos decir, con toda franqueza y tranquilidad, que el 4-4 con Unión Soviética en Chile-1962, el 1-0 a Israel en las eliminatorias a Italia-1990, el 1-1 con Alemania en Italia-1990, el 5-0 a Argentina en las eliminatorias a Estados Unidos-1994, el 1-0 a Túnez en Francia-1998, el 3-3 con Chile en las pasadas eliminatorias y hasta el 2-0 a Uruguay en los octavos de final pasaron al baúl de los recuerdos. Porque el resultado que más felicidad nos produjo fue este 7-1 de la tricolor alemana (¡qué casualidad!) sobre el PEOR BRASIL de la historia (así, en mayúsculas)… ¡Benditos sean los dioses del fútbol!…

Era elprimer gol, de Thomas Mueller, y nadie imaginaba lo que estaba por ocurrir. ¡Inolvidable! (FIFA.com).
Era elprimer gol, de Thomas Mueller, y nadie imaginaba lo que estaba por ocurrir. ¡Inolvidable! (FIFA.com).

Publicado por

Admin

Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *