Que los dioses del fútbol bendigan a la Selección

Colombia Mundial En Contravía rumbo a Rusia-2018No importa que la Organización de Naciones Unidas (ONU) haya publicado recientemente un informe según el cual Noruega es el país más feliz del mundo. El pueblo colombiano, en clara muestra de esa contradicción que es su ADN, sigue sintiéndose el más feliz del universo, más allá de la cotidianidad caótica. Porque la realidad es pasable, pero lo único que puede alterar los ánimos y provocar tristeza es que la Selección Colombia no clasifique al Mundial de Rusia-2018.

Noruega, Dinamarca e Islandia ocupan el podio de la felicidad, aunque a sus habitantes se los asocia con frialdad, por aquello del clima, entre otras razones. Colombia, en cambio, con su corazón tropical, ocupó un discreto puesto 36. Entre los países americanos quedó por debajo de Canadá (7), Costa Rica (12), Estados Unidos (14), Chile (20), Brasil (22), Argentina (24), México (25), Uruguay (28), Guatemala (29) y Panamá (30). Una derrota por goleada, dirían los expertos.

La gente del común, a pesar del constante bombardeo que recibe por parte de los medios de comunicación, muy interesados en vender esas ilusiones para ocultar la realidad y cohonestar las actuaciones de sus bienhechores de la política y el poder económico, tomó la noticia con gran naturalidad. No hubo dramas; mejor aún, prácticamente ni se le paró bolas. O, quizás, no se le dio credibilidad y el ciudadano de la calle sigue creyéndose el más feliz del universo, con perdón de la ONU.

Dura tarea tiene el técnico José Pekerman con la Selección en las seis últimas fechas de la eliminatoria a Rusia-2018.

Pero, claro, un tema es ocupar el puesto 36 en ese particular ranquin y otro muy distinto volver a ver la Copa Mundo por televisión y sin la Selección Colombia entre los 32 invitados. ¡Eso sí sería el acabose! Un Mundial sin la Tricolor es enfrentarse otra vez a la realidad de la pobreza, de la falta de educación y cultura ciudadana, de la segregación, de la corrupción, un coctel verdaderamente explosivo. Sería quitarse el velo que nos hace creer que estamos bien, que somos felices.

Los héroes del deporte, en Colombia, tienen la virtud, o la magia, de llenar nuestros corazones de felicidad con muy poco. Una victoria de etapa en una vuelta ciclística importante, un triunfo destacado de algún tenista, la victoria de un automovilista en un circuito estadounidense o, sobre todo, una alegría ofrecida por la Selección Colombia. ¡Eso es el paraíso!, tal y como quedó evidenciado con la clasificación a Brasil-2104: hasta los enemigos se reconciliaron gracias a José Pekerman y sus muchachos.

Por eso, en la antesala de la reanudación de la eliminatoria mundialista, en silencio el hincha colombiano sufre. No logra conciliar el sueño, se le altera el apetito, se vuelve irascible, se distrae de más en el trabajo y, lo peor, no encuentra un antídoto efectivo. Hoy, Colombia está por fuera de los puestos de clasificación, inclusive de la repesca, y la eventualidad de una eliminación a todos les pone los pelos de punta. Y, para colmo, de eso ya no le pueden echar la culpa a las FARC.

Durante la mayor parte de la eliminatoria, el país futbolístico le dio la espalda a la Selección, y el grupo lo sintió.

La Selección, lo sabemos, es la novia de los colombianos. Cada uno se siente dueño de la Tricolor, y eso se traduce en un fervor desmesurado, en una pasión que traspasa los límites de la razón (y se instala en la sinrazón), en un entusiasmo que hace que se distorsione la realidad (para bien y para mal). En este país dejado a su suerte, el fútbol, especialmente la Selección, tiene un poder que ni siquiera la eventual paz puede acreditar.

Si es cierto que perro come perro, aún lo es más aquello de que colombiano traga colombiano (porque no lo mastica, sino que se lo pasa entero). La triste realidad de muchos, y eso se refleja cada segundo en la calle o en las cloacas sociales, es una lucha incesante, inclaudicable y violenta contra el otro. Porque sí, porque no, porque también, porque tampoco, porque quizás, porque quien sabe, en fin. Un canibalismo insaciable.

Y solo la Selección Colombia puede cambiar ese trágico día a día. No lo hizo Nairo Quintana con sus títulos en la Vuelta a España o en el Giro de Italia (lo atacaron por no ganar el Tour de Francia), y quizás la otra figura capaz de generar un impacto parecido es Mariana Pajón. Pero la Selección es la reina, la novia de todos los colombianos, tal y como se demostró en la pasada eliminatoria y durante el Mundial de Brasil-2014.

En un trasegar marcado por las irregularidades, las alegrías de la Selección Colombia han sido escasas camino de Rusia-2018.

Los fusiles de los corazones se silenciaron, las lenguas viperinas se enroscaron, los dedos acusadores se guardaron en los bolsillos y hasta las miradas de reproche se diluyeron. Por arte de magia, la magia de James Rodríguez, Radamel Falcao García, Juan Guillermo Cuadrado y compañía, y el DT Pekerman, el abuelito querido de cada familia colombiana, por supuesto, Colombia fue un país verdaderamente feliz, honestamente feliz. Pero, claro, fue un espejismo.

En la actual eliminatoria, marcada en lo deportivo por las inesperadas dificultades, por la ausencia de un equipo consolidado (de un verdadero equipo), volvimos a las andadas: al canibalismo. Una vez más, se confirmó que el deporte preferido de los colombianos es destruir a los otros colombianos, con cizaña, con odio visceral, y la amada Selección Colombia no ha podido escapar de esa dolorosa realidad. Y que se preparen para lo que viene, si no se consigue la clasificación.

Más allá de los errores que evidentemente ha cometido Pekerman, de que a muchos de los jugadores el peso de la camiseta los desbordó, de que se ha notado la ausencia de figuras de experiencia, de que no ha sido posible rearmar la columna vertebral del equipo, lo que más ha afectado al grupo es el fuego cruzado: lo disparan los hinchas, también los hinchas atrincherados en los medios, los dirigentes… ¡Y es munición pesada, eh, de grueso calibre!

Los hinchas sufren, están angustiados y en silencio rezan para que la Selección no se quede por fuera de la próxima Copa Mundo.

Casi siempre, el fútbol es un reflejo de lo que es el país. Aquí, en Brasil, en Argentina, en Europa y en África. Casi siempre. Lo ocurrido en la pasada eliminatoria y en el Mundial-2014 es la excepción que confirma la regla: la Selección fue infinitamente superior al país. Sus jugadores se despojaron de los egos, fueron solidarios, se ayudaron mutuamente, confiaron en el otro, se blindaron contra un exterior tóxico y se brindaron de lleno en pos de un objetivo. ¿Resultado? Un inédito y seguramente irrepetible quinto puesto en Brasil.

Hoy, sin embargo, dolorosamente hay que decir que la Selección es otra vez fiel reflejo del país, de su gente. Por eso, el camino a Rusia-2018 ha sido tan complicado y por eso mismo lo que resta se antoja tan incierto. Desde antes de que se conozca la convocatoria del técnico ya el ambiente está enrarecido y una vez se conoce la lista arrecia la balacera. Y así no se puede, porque cuando la Selección no se siente arropada, cuando el hincha no se identifica con el equipo, las dificultades se transforman en obstáculos insalvables.

Aunque se antoje demencial, hay una gran cantidad de colombianos que le apuestan a la eliminación de la Selección, simplemente para poder salir con el consabido “Yo ya lo había dicho”. Porque es más importante tener razón a vivir la alegría de la clasificación al Mundial. Es la repetición de la historia que padeció en los años 90 el equipo comandado por Francisco Maturana, Hernán Darío Gómez y Carlos ‘Pibe’ Valderrama, al que se lo atacó inmisericordemente, injustamente, hasta que se lo destruyó.

Colombia sumó 18 puntos en 12 partidos; ahora necesita 12 de los últimos 18 puntos para aspirar a clasificar.

Por eso, aquellos que disfrutamos el fútbol como lo que es, un simple juego, y no como una cuestión de vida o muerte; para aquellos que entendemos que es mejor ser rico que pobre (como dice Pambelé, o sea, es mejor ir al Mundial que quedar eliminado), no queda más opción que armarnos de paciencia y pujar, pujar con fuerza, a ver si ángeles como Andrés Escobar, Ernesto Díaz o Francisco ‘Cobo’ Zuluaga nos dan un empujoncito para ariscar, siquiera, al quinto puesto para disputar la repesca.

Según el calendario, Bolivia, en Barranquilla, y Ecuador, en Quito, representan las próximas escalas del viaje. El rival, sin embargo, fiel a la estirpe colombiana, está adentro: en el odio, en la envidia, en la mala leche para analizar los juegos, en el egoísmo, en ese “primero yo, segundo yo y tercero yo” tan nuestro. Que los dioses del fútbol bendigan a la Selección Colombia, para que tengamos razones de verdad para poner en riesgo el puesto de Noruega en el ranquin de felicidad de la ONU…

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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