Maradona, una genial contradicción

Efemérides 30 de octubre: al cumplir 54 años, cabe una reflexión sobre la vida del mejor futbolista argentino de todos los tiempos, para muchos el mejor de la historia. Caer y levantarse, errar y corregir ha sido la tónica de este genio que, más allá de simpatías o antipatías, nos ofrece un ejemplo de lucha.

ColombiaMundial(2)Le dijeron que era dios, y se lo creyó. Tocó el cielo con las manos, y se creyó el dueño del universo. Abrió una puerta que debía conducirlo al paraíso, pero terminó en el infierno. Cayó hondo, muy hondo, pero supo levantarse. Encontró las fuerzas para salir del hoyo y volver a ser alguien respetable. Su vida ha sido eso: contrastes extremos, dentro y fuera del campo, pero hay que abonarle algo: siempre fue el mismo, auténtico, transparente. A Diego Armando Maradona se lo puede amar u odiar, disfrutar o aborrecer, idolatrar o despreciar, pero nunca pasará inadvertido.

Políticamente incorrecto, socialmente incorregible, futbolísticamente incomparable, la sociedad le ha cobrado, con saña y rigor, cada una de sus actuaciones fuera de lugar. No se le perdona haber quebrantado normas no escritas, pero sí convenidas desde siempre, según las cuales es un pecado que un pobre sin mayor educación se supere y consiga notoriedad. Y menos cuando el personaje de la historia es rebelde, contestatario, atrevido y retador como siempre fue, como siempre ha sido Maradona. Sus éxitos, que son muchos y muy importantes, se minimizan, mientras sus errores, que no son pocos, ni convencionales, son maximizados, elevados a la N potencia para causarle el mayor daño posible. Porque Maradona siempre fue como un potro salvaje, de esos que galopan libre y dócilmente por la pampa argentina, pero muestran resabios cuando algún capataz los quiere ensillar, encerrar en un corral.

Hace poco, después del Partido por la Paz, que se jugó en Roma, Maradona visitó en el Vaticano al papa Francisco I, reconocido hincha del fútbol. En su país, dijeron quel papa había estado con D10S.
Hace poco, después del Partido por la Paz, que se jugó en Roma, Maradona visitó en el Vaticano al papa Francisco I, reconocido hincha del fútbol. En su país, dijeron quel papa había estado con D10S.

Desde que tenía 15 años y la rompía en cada partido que disputada con Los Cebollitas (divisiones inferiores de Argentinos Juniors), Maradona fue motivo de discordia. Y nunca se curó. En 1975, el técnico Juan Carlos Montes lo quiso utilizar porque había una huelga de futbolistas profesionales y ya tenía referencias de la joya que brillaba en la cantera. Sin embargo, Francisco Cornejo, el papá futbolístico de Maradona, lo impidió. Hubo que esperar, entonces, hasta el 20 de octubre de 1976 para que el joven talento viera la luz de la primera división. Ya nada, ni nadie, pudo detener su incontenible marcha hacia la cima. Con sus gambetas, sus carreras, sus regates y sus goles, Maradona exhibió en una condición superlativa, prácticamente de otro mundo. “Hacía cosas que no se las había visto a nadie. Nunca vi algo igual”, aseguró Cornejo, que agregó que “nunca le enseñé nada. Maradona siempre supo todo lo que había que hacer con el balón para jugar, ganar y divertirse. Para ser el mejor”.

Porque, de eso no queda duda, en el campo fue el mejor. Lo fue en Argentinos Juniors, el club que lo acogió desde que Gregorio ‘Goyo’ Carrizo, su amigo de infancia en la polvorienta y deprimida Villa Fiorito, se lo recomendó a Cornejo. Él, que fue un artista con el balón y tenía una fama bien ganada en Los Cebollitas, le dijo al DT que tenía un amigo de su edad que jugaba mejor. Se conocieron en el barrio, cuando la pelota casi era más grande que ellos. Acudían a la misma escuela y, como suele ocurrir, eran inseparables. Jugaron en los clubes del barrio, luego compartieron en Los Cebollitas y más tarde en los bichos colorados. “Diego te sorprendía todos los días. Siempre fue un pibe ganador y consiguió lo que se proponía como meta. Fue desarrollando una mentalidad ganadora y superó muchas cosas”, afirmó. Pero el destino tenía planes caprichosos y un día dividió los caminos: a Goyo una lesión de ligamentos lo convirtió en un jugador común y corriente, mientras Maradona cumplió sus sueños: Argentinos Juniors, Boca Juniors, Barcelona, Nápoles, México-1986 y el resto de la fábula ampliamente conocida por todos.

Su obra mastra, el que el mundo del fútbol eleigió como 'el mejor gol del siglo XX'. Se lo marcó al portero inglés Peter Shilton, en el juego por los cuartos de final de México-1986.
Su obra mastra, el que el mundo del fútbol eleigió como ‘el mejor gol del siglo XX’. Se lo marcó al portero inglés Peter Shilton, en el juego por los cuartos de final de México-1986.

Tocó el cielo con las manos, y se creyó el dueño del universo. Mal acompañado, mal asesorado, obnubilado por esa vida de lujos que de niño nunca imaginó, Maradona se equivocó, y feo. Ingresó en un infierno del que muy pocos pueden salir bien librados, de la manera que él lo hizo, a pesar de que tuvo que pagar un precio muy elevado. Como mesura fue una palabra que nunca existió en su diccionario particular, se rindió a los excesos. La droga lo llevó a vivir un viaje nefasto que poco a poco, después de propinarle duros golpes que quizás alguno otro no hubiera resistido, lo alejaron del fútbol, lo único que, más allá de sus hijas Giannina y Dalma, le daba sentido a su vida. En el Mundial de Estados Unidos-1994, tras haber cumplido una sanción de 15 meses que le impusieron en el fútbol italiano por dar positivo de cocaína en el partido Nápoles-Bari, en marzo de 1991, la FIFA le cobró sus impertinencias y su rebeldía.

Su más grande travesrua, en el mismo juego: el gol de 'la mano de Dios', como el propio Maradona lo definió. Un genio de propirciones incalculables en el campo, un ser humano errático fuera de él.
Su más grande travesrua, en el mismo juego: el gol de ‘la mano de Dios’, como el propio Maradona lo definió. Un genio de propirciones incalculables en el campo, un ser humano errático fuera de él.

Volvió a resultar positivo en un examen, esta vez por la inofensiva Efedrina, y lo sacaron de la Copa Mundo por la puerta de atrás. Tras ese incidente, Diego inmortalizó una frase tan cruda como honesta, pero que tiempo después no hizo más que confirmar su grandeza: “Me cortaron las piernas”. Ese, sin embargo, no fue el final de su terrible viaje hasta el fondo del hoyo, pues faltaban otros episodios. El 25 de octubre de 1997, cuando el jovencito Juan Román Riquelme lo sustituyó en el clásico contra River Plate, Maradona le puso punto final a su brillante trayectoria. A partir de ese momento, entonces, empezó a jugar un partido para el que no estaba preparado: la vida sin el fútbol. La adicción a las drogas fue el único rival que logró contenerlo y entró en un espiral que estuvo a punto de costarle la vida, que varias veces, y de manera muy seria, estuvo en peligro.

Entonces, fue un rodar incesante por un precipicio sin fin, hasta que tocó fondo. Y el mundo conoció su peor versión: llegó a pesar más de 120 kilos, la antítesis del fantástico deportista que algún día fue, y se lo vio derrotado, entregado, algo contrario a su naturaleza de luchador. En Punta del Este (Uruguay) sufrió una crisis cardíaca, se sometió a un tratamiento de desintoxicación en Cuba y su cansado cuerpo estuvo a punto de decir ¡no más! Fue internado en un hospital neurosiquiátrico en Buenos Aires con un cuadro clínico crítico: hipertensión, problemas respiratorios, apnea del sueño, miocardiopatía dilatada, diabetes y función renal alterada. Estuvo tan cerca de la irse de este mundo, que hubo medios que publicaron la noticia de su muerte. Pero, como lo hacía cada vez que algún defensor recurría a la hartera falta para detenerlo, se levantó y continuó.

Su peor versión: a comienzos de 2005, cuando su cuerpo estaba a punto de decir ¡No más!, Maradona se hizo el bypass gástrico. Lo operaron médicos colombianos, en Cartagena. Ahí comenzó su recuperación.
Su peor versión: a comienzos de 2005, cuando su cuerpo estaba a punto de decir ¡No más!, Maradona se hizo el bypass gástrico. Lo operaron médicos colombianos, en Cartagena. Ahí comenzó su recuperación.

“Cuando pude salir de la clínica, hubo un click que me indicó que debía cambiar: Dalma me contó que Giannina me agarró del camisón que tenía puesto cuando estaba en coma, en cuidados intensivos, y me pidió que viviera para ella, que yo era su padre y me necesitaba”. Y se reinventó. Se alejó de las drogas, se recuperó, bajó de peso, volvió a jugar (al menos a nivel recreativo) y a trabajar: fue presentador de un exitoso programa de televisión (La noche del 10), en el que mostró otra faceta de su talento. Y la vida le premió ese esfuerzo permitiéndole cumplir un sueño: dirigir la Selección Argentina, durante el Mundial de Suráfrica-2010. También estuvo en el Al Wasl de Emiratos Árabes Unidos y en la actualidad es consejero en Dubái, aunque no consigue apartarse definitivamente de los conflictos, de las dañinas exposiciones mediáticas, de los líos provocados por su incorregible maña de reaccionar en caliente.

Blanco o negro, porque en la vida de Diego Armando Maradona no caben los grises. Como aquel inolvidable 22 de junio de 1986, con ocasión del duelo por cuartos de final del Mundial de México, contra Inglaterra, en la que fue dios y diablo (no exactamente en ese orden). Con el primer gol que le marcó al legendario Peter Shilton, el de ‘la mano de Dios’, como el propio Maradona lo definió, retrató al genio irreverente con la picardía necesaria para trasgredir, literalmente, cualquier regla. Con el segundo, el que el mundo del fútbol eligió como ‘el mejor del siglo XX’, el del regate infinito, el de la mágica carrera de 60 metros eludiendo rivales y extasiando a los aficionados, dejó claro que, al menos en el aspecto futbolística, era de otro planeta. Blanco o negro, agua o aceite, odio o amor, idolatría o desprecio, la ley de vida de Maradona.

Maradona celebró sus 54 años en Dubái (Emiratos Árabes Unidos), donde resides desde hace varios años y trabaja como consejero deportivo. El director técnico que vive en él está de siesta.
Maradona celebró sus 54 años en Dubái (Emiratos Árabes Unidos), donde resides desde hace varios años y trabaja como consejero deportivo. El director técnico que vive en él está de siesta.

Al cumplir 54 años, que para él son como si hubiera vivido 80, según declaró recientemente en un programa de televisión, el mundo del fútbol está de plácemes: aún es posible disfrutar en vida a uno de los mayores genios de la historia, al protagonista de varias de las más grandes alegrías y las más increíbles fantasías que nuestros ojos hayan visto en las tres últimas décadas. “¿Sabés qué jugador hubiera sido si no me drogaba?”, reflexionó. Fue tal su dimensión como deportista que ni siquiera su desordenada vida personal ha conseguido opacarla. Y más allá de simpatías o antipatías, Diego Armando Maradona nos ofrece un ejemplo de vida que hay que respetar y admirar. No cualquiera sale del infierno de la droga, no cualquiera es capaz de reinventarse como él lo hizo, no cualquiera puede ser fiel a sus convicciones como él lo ha sido contra todo y contra todos, no cualquiera puede ser tan auténtico y transparente como él, y pagar en vida el precio de sus errores. ¡Feliz cumple, Diego!, y gracias por tanto…

 

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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