La segunda vez que Brasil lloró sin consuelo

A Paolo Rossi lo querían proscribir del fútbol, por haber estado envuelto en un lío de amaño de partidos en su país, pero el técnico Enzo Bearzot lo rescató. En el Mundial de Espapa-1982, el delantero italiano fue el gran héroe, el que acabó hace 32 años con el último Brasil que fue fiel al jogo bonito.

LibroEra la ilusión de millones de brasileños, que después de las frustraciones de Alemania-1974 y Argentina-1978 tenían otra vez derecho a soñar. Derecho y también motivos, porque el equipo que Telé Santana llevó al Mundial de España-1982 parecía una reencarnación prematura del fabuloso Scratch que en México-1970, de la mano del genial Pelé, conquistó el tricampeonato orbital y se adueñó de la copa Jules Rimet. Había vuelto el jogo bonito, Brasil una vez más era un rival temible por su fútbol, no por la tradición y la historia que encierra su camiseta. Pero el carnaval, que ya se tomaba las calles, terminó en pesadilla.

Tras dejar en el camino a Argentina, la campeona defensora que resignó muy pronto su corona a pesar de contar en su nómina a varios de los jugadores que cuatro años antes habían dado la vuelta olímpica, como Mario Kempes, Ubaldo Fillol, Daniel Bertoni y Daniel Pasarella, además del jovencito Diego Armando Maradona, Brasil e Italia llegaron al estadio Sarría, de Barcelona, a luchar mano a mano por un cupo a las semifinales. Los suramericanos partían con una mínima ventaja, en virtud del resultado contra la Albiceleste: 3-1, contra 2-1 de la Azzurra. Es decir, el empate le otorgaba el cupo. Polonia, Alemania y Francia ya se habían inscrito entre los cuatro mejores de la fiesta.

Italia llegaba en medio de dudas y Brasil, con todas las certezas. Pero ese día quedó demostrado que el fútbol es el juego en el que todo es posible, en especial cuando de por medio está la capacidad individual desequilibrante. Ese fue el rol de Paolo Rossi, el delantero del Peruggia que hasta poco antes del Mundial había estado suspendido por el amaño de partidos en su país, que se vistió de superhéroe y acabó con la magia del Scratch. Tres goles, con gran oportunismo, sentenciaron a un Brasil que empató dos veces, pero fue incapaz de reaccionar tras recibir el tercer golpe. Hoy todavía se recuerda con nostalgia ese duelo y los amantes del fútbol lírico lloran la suerte del ‘mejor Brasil de todos los tiempos’.

Tras su pálida primera ronda, el equipo dirigido por Enzo Bearzot dio una sorpresa mayúscula. El técnico Telé Santana, defensor del jogo bonito, conformó un equipo sensacional con Zico, Socrates, Falcao, Toninho Cerezo, Eder, Roberto Dinamita, Junior y Dirceu, entre otros. No fueron pocos los que dijeron que este elenco era mejor que el de México-1970, porque era más equilibrado: se defendía mejor, sin haber perdido su poder ofensivo. Pero todos esos argumentos fueron insuficientes para sortear el obstáculo que Italia les plantó ese 5 de julio, hace 32años, en Barcelona. Fue, sin duda, la más dulce venganza tras lo ocurrido en el último juego de 1970, cuando el Scratch goleó a los europeos por 4-1.

Un verdugo histórico que la Copa Mundo no olvidará: Paolo Rossi se ensaño con Brasil en España-1982.
Un verdugo histórico que la Copa Mundo no olvidará: Paolo Rossi se ensaño con Brasil en España-1982.

Ese lunes, casi todos apostaban por una goleada de Brasil. Pero el libreto escrito en la realidad del campo resultó diferente: apenas a los 5 minutos, un cambio de frente cogió mal parada a la defensa brasileña y Cabrini tuvo la libertad para tirar el centro al área chica donde, como un relámpago, con el oportunismo que siempre lo caracterizó, apareció Rossi para marcar el 1-0 de cabeza. La alegría duró poco, porque el favorito igualó a los 12 luego de una magistral habilitación de Zico a Socrates, que venció a Dino Zoff con tiro cruzado. Delirio absoluto. Pero Italia y Rossi no estaban a desaprovechar su ocasión.

A los 24, el delantero se benefició de un increíble e imperdonable error de Toninho Cerezo al intentar salir: buscó un cambio de frente y habilitó al delantero, que ingresó al área y batió a Waldir Peres con certero remate. Al promediar el segundo tiempo, tras porfiar durante largo rato, Junior fabricó la jugada del empate transitorio, al habilitar a Falcao que, con tiempo y espacio al borde del área, recibió, se acomodó y sacó un zurdazo fulminante; golazo que se celebró como si fuera el del título. Ese día, sin embargo, Italia estaba para milagros y contaba con Rossi para hacerlos realidad.

A los 29 minutos, a la salida de un tiro de esquina, al borde área Tardelli recogió un rebote, remató de media vuelta y Rossi, que estaba bien ubicado, siempre en el sitio preciso, le cambió la dirección para vencer por tercera vez a Waldir Peres. Brasil ya no pudo reponerse de ese golpe. El reloj marcaba los 46m 13s cuando el árbitro israelí Abraham Klein señaló el final del partido y, para sorpresa de todos, sentenció la eliminación del favorito. Un Maracanazo en segunda versión y en el Viejo Continente. Rossi, el héroe, fue apenas el segundo jugador de la historia que le anotó 3 goles al Scratch y, simultáneamente, obtuvo la absolución del mundo del fútbol por los pecados cometidos.

Fue el último gran equipo de Brasil. Aunque en 1986, otra vez bajo la égida de Telé Santana llegó a los cuartos de final (empató 1-1 con Francia y cayó 3-4 en la serie con disparos desde el punto penalti), fue una versión menos brasileña, menos brillante. Y después llegaron técnicos como Sebastiao Lazaroni (Italia-1990), Carlos Alberto Parreira (Estados Unidos-1994 y Alemania-2006), Luiz Felipe Scolari (Corea del Sur y Japón-2002) y Dunga (Suráfrica-2010), y hasta el gran Mario Zagallo (Francia-1998), miembro de la generación inmortal del tricampeonato, que renegaron de su historia y tradición, que privilegiaron lo físico sobre el talento, que priorizaron el músculo sobre la inteligencia, y cambiaron la historia. Aunque ganó otras dos coronas con este estilo, el último Brasil que respondió a su más pura esencia fue aquel de España-1982, al que el pícaro Paolo Rossi hizo llorar desconsoladamente un 5 de julio…

El gol de Socrates puso el 1-1 parcial, pero Brasil siempre tuvo que remar contra la corriente, y se ahogó.
El gol de Socrates puso el 1-1 parcial, pero Brasil siempre tuvo que remar contra la corriente, y se ahogó.

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