¡Juego limpio, señores, por favor!

La FIFA se enfrenta a un dilema: continúa con su empeño de llevar a Brasil a la final, primero, y al título, después, o permite que, al menos por esta vez, el fútbol sea un verdadero juego (ya no un negocio) y pueda salvarse de un desastre cuyas consecuencias son impredecibles.

LibroFue la final que muchos aficionados alrededor del mundo incluyeron en sus pollas, pero el destino quiso que Brasil y Alemania, los dos más grandes de la historia de la Copa Mundo, se vieran las caras un peldaño antes, es decir, en las semifinales. Al cabo del juego de este 8 de julio en el estadio Mineirao, de Belo Horizonte, solo uno podrá seguir soñando con la gloria del título y el otro quedará condenado a luchar por el nunca agradecido honor del tercer puesto. Pero, más que un cupo para la final del próximo domingo en el estadio Maracaná de Río de Janeiro, lo que está en juego es el futuro del torneo, su credibilidad.

Muy costosa le resultó a la FIFA la tremenda macana que se tiró en el partido que Brasil le ganó a Colombia en los cuartos de final. La vergonzosa actuación del árbitro español Carlos Velasco Carballo, que como se esperaba fue premiado ratificándolo como uno de los habilitados para pitar en esta recta final de Brasil-2014, minó lo más importante que tiene la Copa Mundo, que no es su corrupta cúpula directiva, sino la credibilidad de aficionado común y corriente, aquel que sufre y goza con las emociones de los partidos, el mismo que sigue convencido, inocentemente, que en este ámbito el fútbol es un juego limpio en el que gana el mejor, o el que mejor hace las cosas.

Mientras averigua cómo hacer para esconder el arsenal de pruebas que demuestra que sí hubo corrupción en el proceso de adjudicación de las sedes de los Mundiales de 2018 y 2022, y consigue los chivos expiatorios requeridos para que los mandamases, los verdaderos responsables, salgan libres de culpa, ahora la FIFA se enfrenta a un dilema: continúa con su empeño de llevar a Brasil a la final, primero, y al título, después, para congraciarse con el gobierno del país anfitrión, que dócilmente se sometió a sus exigencias, le permitió hacer y deshacer a cualquier costo y, para rematar, le llenó las arcas de dólares, o permite que, al menos por esta vez, el fútbol sea un verdadero juego (ya no un negocio) y pueda salvarse de un desastre cuyas consecuencias son impredecibles.

Las alarmas se prendieron en el mismo juego inaugural, disputado en Sao Paulo, en el que el árbitro japonés Yuichi Nishimura se inventó un penalti a favor de Brasil por una falta que, comprobaron las imágenes de la televisión, jamás le cometieron a Fred. El nipón fue borrado y ¡solucionado el problema! El chivo expiatorio fue fácil de conseguir. Contra Colombia, sin embargo, no resultó tan cómodo. Velasco Carballo permitió que los brasileños pegaran patadas de todos los colores y sabores, sin reproche alguno; arrinconó a Colombia con faltas inexistente, exasperó a sus jugadores favoreciendo al dueño de casa en cada balón dividido y, para rematar, le perdonó la expulsión al arquero Julio César en la falta que significó el gol del descuento: la imprudencia y la violencia implícitas de su acción, dos factores que el árbitro debe considerar más allá de si malogró una ocasión manifiesta de gol, ameritaban el cartón rojo y unas cuantas noches en el calabozo.

Una de las jugadas polémicas de Brasil-Colombia: el gol anulado a Mario Yepes (FIFA.com).
Una de las jugadas polémicas de Brasil-Colombia: el gol anulado a Mario Yepes (FIFA.com).

Colombia, con su juego alegre y honesto, inclusive inocente, conquistó a los aficionados del mundo. Y en virtud de la magia de la televisión, que gracias a Dios se ve a lo largo y ancho del planeta, todo el mundo observó que el árbitro español ejecutaba a la perfección las líneas del macabro libreto que le entregaron. Había que sacar al equipo de José Néstor Pékerman, a las buenas o a las malas; velada o descaradamente. Con lo que no contaba la FIFA era con la reacción de la Tricolor en el segundo período, en el que metió al rival en su campo, lo acorraló y lo puso contra las cuerdas. Entonces, no les quedó más remedio que meter la mano descaradamente, porque unas semifinales sin el dueño de casa podrían resultar un muy mal negocio para la multinacional de la corrupción.

Ahora, los ojos de todos los aficionados estarán encima del mexicano Marco Antonio Rodríguez, el tristemente Chiquidrácula, como le dicen en su país, donde a cada rato le recuerdan el prontuario de sus constantes equivocaciones. Es ampliamente reconocido por su carácter localista y por ser rápido para desenfundar, es decir, para sacar tarjetas (amarillas o rojas) sin ton ni son. En Brasil-2014 ya dejó su impronta cuando ni siquiera pitó falta cuando el delantero uruguayo Luis Suárez mordió al defensor italiano Giorgio Chiellini. Después, la FIFA sancionó al jugador celeste (nueve fechas de sanción y cuatro meses sin poder ejercer actividad alguna ligada a su profesión, además de una elevada multa), porque la bendita televisión lo dejó en evidencia el grotesco error arbitral (quizás más que el mismo mordisco).

Alemania, en todo caso, no es Colombia. Se trata de un tricampeón orbital, del equipo que más finales disputó en la historia (siete) y de un país que tiene voz y voto, que se escucha y que vale, en el señor de la FIFA. A Colombia era relativamente fácil sacarla del camino, porque regresaba al torneo después de estar ausente en tres citas consecutivas, porque jamás había incluido su nombre entre los ocho mejores, porque sus dirigentes son apenas unas marionetas más de ese nefasto circo. Alemania, sin embargo, es un peso pesado dentro y fuera del campo, en lo deportivo y también en lo económico, que al fin de cuentas es lo único que les interesa a los dueños del balón. Por eso, cualquier ayudita que le quieran ofrecer al dueño de casa tendrá que ser más disimulada.

La pelota se puede manchar una vez, quizás dos, pero no tres, ni cuatro. La FIFA juega con fuego (F(FA.com).
La pelota se puede manchar una vez, quizás dos, pero no tres, ni cuatro. La FIFA juega con fuego (F(FA.com).

La Copa Mundo de Brasil-2014, después de esos híbridos de Corea del Sur y Japón-2002 y de Suráfrica-2010, significó un resurgir. Porque todos los estadios se llenaron, por un inusitado fervor de las hinchadas, porque el nivel del juego fue mejor que el de citas anteriores, porque se vio un fútbol más ofensivo que se tradujo en mejor espectáculo, por la cantidad de goles anotados (ya se superaron las marcas de Suráfrica-2010 y Alemania-2006 y seguramente se superará también la de Corea del Sur y Japón-2002), porque se registró una buena cantidad de partidos cargados de emociones (incluidos dos que no registraron anotaciones: Brasil-México y Holanda-Costa Rica), porque los jugadores se dedicaron a jugar y se olvidaron de pegar patadas (reducción sustancian en el número de tarjetas, y no solo por las malas actuaciones de los réferis), en fin.

Pero todos esos son argumentos deportivos y sentimentales, que ningún valor tienen para la FIFA. A la multinacional de la corrupción solo le interesa el cochino dinero y, como lo ha demostrado hasta la saciedad, está dispuesta a hacer literalmente lo que sea necesario para garantizar el éxito (si así se le puede llamar) del negocio. Pero en el fútbol, como en cualquier otra actividad de la vida, hay un límite, una frontera que no se puede rebasar; y la FIFA está al borde del abismo. Es posible manchar la pelota una vez, quizás dos, pero no tres, ni cuatro… Están jugando con fuego y las consecuencias pueden ser mucho más graves que resultar quemados. Por eso, más allá del resultado, lo que está en juego entre Brasil y Alemania no es solo un cupo a final del Mundial-2014, sino la credibilidad del fútbol, la supervivencia de la Copa Mundo.

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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