El partido soñado, los rivales perfectos

La final de la Copa Mundo es un mezquino todo o nada, como si los jugadores que van a salir al campo de juego acabaran de nacer, no tuvieran pasado. Para Argentina y Alemania, merecidos protagonistas del colofón de la fiesta, no es el juego más importante del Mundial: ¡es el Mundial!

LibroEs una paradoja: nos la pasamos cuatro años esperando que llegue este momento, pero cuando llega deseamos que el tiempo se detenga, que dé marcha atrás, que los buenos momentos se repitan incesantemente, que los malos se borren como si nunca hubieran ocurrido. Lo cierto es que, después de una larga espera, la final de la Copa Mundo está ante nosotros para regalarnos las últimas emociones, para dejarnos los últimos recuerdos, para marcarnos las últimas huellas en el alma: Argentina vs. Alemania, duelo de grandes.

La final de la Copa Mundo es un contrasentido. Tanto trabajo ha costado llegar hasta allí, tanto esfuerzo se expuso, tanto sufrimiento se soportó, tantas dificultades se sortearon, tantas críticas se debieron digerir, tan pocas alegrías se pudieron saborear, tan poco tiempo hubo para disfrutar, y todo eso de nada vale. Lo único que vale es lo que los protagonistas de turno hagan a lo largo de los 90 minutos de juego o, si se requiere la prórroga, en los 120 minutos o, si no hay decisión, en lo que dure la definición con disparos desde el punto penalti.

Nada vale: ni ese recorrido de las eliminatorias, que en el caso de los equipos suramericanos cada vez es más exigente; ni lo realizado en las seis escalas anteriores, las que marcaron el camino hacia el partido soñado; ni el palmarés que se posea o los títulos que estén bordados en la camiseta o los trofeos que se exhiban en las vitrinas. Nada de eso vale. Es un mezquino todo o nada, como si los jugadores que van a salir al campo de juego acabaran de nacer, no tuvieran pasado. Algo de todo eso adquirirá un poco de valor en el caso del vencedor, mientras que al perdedor ni siquiera eso le quedará para regocijarse, para consolarse.

Hagamos un recorderis: en México-1986, cuando Alemania y Argentina, los mismos protagonistas de este 13 de julio en el mítico estadio Maracaná de Río de Janeiro, se midieron por primera vez en procura del trofeo, Diego Armando Maradona los había puesto de acuerdo a casi todos (hubo algunos que con una atrevida miopía futbolística nunca le reconocieron los méritos): era el nuevo rey del fútbol, ese mandamás del balón que el planeta esperaba desde que, con el pitazo final de México-1970, el brasileño Pelé le dijo adiós a la Copa Mundo. Como se recuerda, tanto en los cuartos de final, contra Inglaterra, como en las semifinales, con Bélgica como rival, Maradona se puso de ruana el torneo y sacó adelante un equipo argentino que aún no lograba despejar las dudas ni vencer las incredulidades.

Este trofeo lo vale todo, en el buen sentido de la palabra: el máximo esfuerzo, el sacrificio personal. La gloria que se desprende del título se juega en solo 90 minutos, en un mezquino todo o nada  cuyo premio es entrar al olimpo de los inmortales (FIFA.com).
Este trofeo lo vale todo, en el buen sentido de la palabra: el máximo esfuerzo, el sacrificio personal. La gloria que se desprende del título se juega en un mezquino todo o nada cuyo premio es el olimpo de los inmortales (FIFA.com).

Contra los flemáticos ingleses, se sabe, de la misma manera que Leonardo Da Vinci le daba vida a una obra insuperable, única e irrepetible, Maradona creó dos jugadas insuperables, únicas, irrepetibles: el gol de la mano de oro, genial recurso para vencer al golero Peter Shilton y poner el 1-0 en la pizarra; el mejor gol de la historia de los Mundiales, el del regate eterno, para aumentar la cuenta y sentenciar un partido en el que se jugaba mucho más que el paso a las semifinales. Y en esta instancia, con los diablos rojos enfrente, dos jugadas individuales sublimes bastaron para dejar desparramada a la sólida defensa europea y ridiculizar a Jean-Marie Pfaff, uno de los mejores arqueros del mundo en esa época, pero que pareció un principiante ante las travesuras de Maradona.

Lo hecho en esos dos partidos le había garantizado a Maradona un lugar de privilegio en el libro de anécdotas de los Mundiales, pero aún no le había abierto la puerta del olimpo de los inmortales. Eso solo ocurrió el domingo 29 de junio, cuando en el estadio Azteca de Ciudad de México alemanes y argentinos libraron la última de las batallas. Maradona solo recibió la llave después de que al minuto 84 del partido, con el marcador igualado en dos tantos por bando, destapó una vez más el frasco de sus más puras esencias y habilitó a Jorge Luis Burruchaga para que al final de su veloz carrera encontrara la gloria del título. Después de que el árbitro brasileño Romualdo Arppi Filho pitó el final del partido, poco antes de las 4 de la tarde, ahí sí Maradona y sus compañeros dejaron el mundo terrenal y como si fueran ángeles volaron al cielo de los inmortales del fútbol.

Es habitual escuchar decir a los jugadores que el verdadero Mundial comienza tan pronto terminar la primera fase, porque a partir de esa segunda instancia ya no hay vuelta de hoja: el que se equivoca, pierde; y el que pierde, se regresa a casa. Para los que llegan a la final, sin embargo, la historia es distinta: ¡ese partido, solito, vale por todo el Mundial! Qué hicieron o cómo lo hicieron en las seis salidas anteriores ya no vale, no tiene importancia alguna. Vale lo que hagan y, sobre todo, lo que consigan en ese soñado séptimo juego. El de entrar a la historia de los Mundiales e ingresar al olimpo de los inmortales o el de quedarse nada más en el libro de las anécdotas, como un episodio más.

Llegó el día que Lio Messi soñó desde que nació, el que todos los hinchas del planeta fútbol anhelábamos desde hace cuarto años (FIFA.com).
Llegó el día que Lio Messi soñó desde que nació, el que todos los hinchas del planeta fútbol anhelábamos desde hace cuarto años. En su país todos esperan que, como lo hizo Diego Maradona, levante el trofeo (FIFA.com).

Es, también, un partido que se juega distinto. Y el caso de Maradona en México-1986 vuelve a servir de ejemplo: comparado con los que venía de disputar contra ingleses y belgas, ese frente a Alemania fue un encuentro desteñido de Maradona. Lo marcaron bien, le pegaron duro, le hicieron relevos que lo incomodaron, lo relegaron a un segundo plano. Con eso se pensaba que quedaba minado el potencial de Argentina, porque a esas alturas del torneo todavía había muchos que decían que la Albiceleste era Maradona y diez más (¿le suena conocida la frase?), pero de pronto aparecieron José Luis Brown, Jorge Valdano, Burruchaga, Héctor Enrique, Julio Olarticoechea o Sergio Batista que aportaron lo suyo, que rescataron al equipo. Y, entonces, Maradona tuvo la suya, la única que le dejaron, y cambió el rumbo de la historia.

Este domingo 13 de julio de 2014 lo que menos importar es si Lionel Messi es el mejor jugador del mundo, o si hay algún jugador alemán capaz de arrebatarle ese honor. Que la FIFA continúe con su pantomima y le dé el trofeo otra vez a Cristiano Ronaldo, porque lo que está en juego en la final del Campeonato Mundial es muy distinto: esto es algo que sí vale de verdad. Y eso lo saben Messi y Thomas Mueller, los más representativos jugadores de Argentina y Alemania: la gloria individual es un pesado lastre si no sirve para conseguir la gloria colectiva. De hecho, tanto el argentino como el alemán han actuado en Brasil-2014 por debajo de las expectativas, pero ahí están en la final, listos para dar la última batalla, para recibir el premio que a título personal nunca podrían obtener (nadie gana solo, para sí, un Mundial).

Alemania participará por octava vez en la final, récord para la Copa Mundo. Y procurará maquillar el antirrécord de ser el país que más veces perdió este partido (cuatro de siete). Y así como Miroslav Klose le arrebató al brasileño Ronaldo el rótulo de máximo goleador de los Mundiales con un gol a Brasil y en un Mundial disputado en Brasil, la Mannschaft quiere ser el primer elenco europeo que alce el trofeo en suelo americano. Sufrió en el camino, especialmente contra Ghana y Argelia, justamente los dos rivales de menos pergaminos. Pero también gozó, justamente contra los dos rivales más reputados, dos de los llamados a pelear por la corona, pero hoy condenados al olvido de la eliminación: Portugal y Brasil.

En Alemania esperan que contra Argentina aparezca la mejor versión de Thomas Mueller, el nuevo depredador del área, y conduzca a la 'Mannschaft' al tetracampeonato orbital (FIFA.com).
En Alemania ansían que contra Argentina aparezca la mejor versión de Thomas Mueller, el nuevo depredador del área, y conduzca a la ‘Mannschaft’ al tetracampeonato orbital (FIFA.com).

Argentina regresa al partido soñado después de 24 años, después de que las dos anteriores veces que lo jugó tuvo como rival, precisamente, a Alemania. Una la ganó, la de México-1986, la otra la perdió, la de Italia-1990. Como en suelo azteca, el cuadro de Alejandro Sabella llegó con inmensas dudas y muy pocas certidumbres, pero en el camino ajustó las cargas y desveló un equipo competitivo. Sin que nada le faltara, a veces sin que algo le sobrada, la Albiceleste superó las etapas, dejó atrás los escollos y forjó un sueño que, se sabe, es el de todo un país. Messi no ha sido el mismo del FC Barcelona, mucho menos el Maradona de 1986, pero ha sido el Messi que el conjunto necesitaba y ahora buscará la gloria que su ídolo alcanzó antes de que él naciera.

¿Alemania será el conjunto dubitativo e inseguro que sufrió con Ghana y Argelia? ¿O más bien será el cuadro contundente e intocable que les brindó una lección de humildad a los soberbios Portugal y Brasil? ¿Argentina será el cuadro brillante que todavía no vimos, de la mano de un inspirado Lio Messi¿ ¿O será más bien el elenco equilibrado y con alta dosis de oficio y sacrificio que labró un camino exitoso en Brasil-2014? Eso forma parte del terreno de la especulación y, como se sabe, de nada vale tan pronto el árbitro italiano dé la orden de poner a rodar el balón. Eso es lo lindo del fútbol: lo hecho con anterioridad es puro verso, porque la verdadera historia es la que está por escribirse. Esa es la que vale…

Joachim Loew y Alejandro Sabella, los directores técnicos de Alemania y Argentina, respectivamente, ya habían estado en la Copa Mundo como asistentes (FIFA).com.
Joachim Loew y Alejandro Sabella, los directores técnicos de Alemania y Argentina, respectivamente, ya habían estado en la Copa Mundo como asistentes de Juergen Klinsmann y Daniel Alberto Passarella (FIFA).com.

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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