El Maracaná, próxima parada del carnaval tricolor

En Cuiabá, la Barranquilla brasileña, todo fue fiesta para Colombia: Mondragón hizo historia, Jackson marcó doblete, James anotó un golazo y es el máximo goleador del país en la Copa Mundo. Un día para nunca olvidar.

LibroParecía un día más, un partido más, algo de rutina. Y no había motivos para pensar que fuera a resultar distinto. El cupo a los octavos de final estaba asegurado y el primer puesto del grupo se encontraba a la distancia de un empate. Así lo entendió el técnico José Néstor Pékerman que sin relajarse, pero sin dejar de lado la responsabilidad que significa competir en un Mundial y representar a un país ilusionado, se dio el lujo de presentar frente a Japón una nómina mixta. Al final, sin embargo, fue una jornada única, especial, histórica, inolvidable.

El estadio Arena Pantanal, de la calurosa Cuiabá, fue cubierto por una mancha amarilla, pero eso ya no es una novedad en Brasil-2014, pues la afición colombiana va camino de ser considerada la mejor del Mundial. Más que nunca, a pesar de estar a cientos de kilómetros, la Selección se sintió como en Barranquilla, como en su casa, porque el ambiente le era muy familiar. Poco más de cuarenta mil aficionados se prepararon para presenciar el tercer juego de la primera fase y terminaron como testigos de excepción de un cúmulo de hechos inéditos.

Santiago Arias, Freddy Guarín, Alexánder Mejía, Éder Álvarez Balanta, Adrián Ramos, Juan Fernando Quintero, Jackson Martínez y Carlos Valdés aparecieron por primera vez en la línea titular, y varios de ellos eran debutantes. Sin embargo, eso a nadie le importó, a nadie incomodó. Así como los escogidos por el técnico Pékerman supieron suplir la ausencia de Radamel Falcao García, el ídolo, el referente, el goleador, había confianza en que estos otros jugadores continuaran el buen trabajo realizado hasta ahora por James Rodríguez, Mario Yepes, Cristian Zapata, Teo Gutiérrez, Víctor Ibarbo, Camilo Zúñiga, Carlos Sánchez y Abel Aguilar, protagonistas en los triunfos sobre Grecia y Costa de Marfil.

Las acciones del primer período, en especial los últimos 10 minutos, nos permitieron entender algo que se preveía: algo va de los titulares a las alternativas. Por ratos, Colombia se dejó envolver en el huracán de velocidad que querían imponer los japoneses, que estaban necesitados de la victoria para intentar una agónica clasificación. Y Colombia jugó a su ritmo, a mil, sin pausa, sin tránsito en el medio, sin claridad y, por supuesto, sin profundidad. A pesar de ello, abrió el marcador luego de que el árbitro portugués Pedro Proença sancionó penalti tras una falta sobre Adrián Ramos. El cobro de Juan Guillermo Cuadrado fue certero.

¡Sublime! Nunca antes el país había sido tan feliz en solo 8 minutos: Faryd Mondragón, leyenda de los Mundiales (FIFA.com).
¡Sublime! Nunca antes el país entero había sido tan feliz en solo 8 minutos: Faryd Mondragón, a los 42 años y 3 días, una leyenda de los Mundiales (FIFA.com).

Japón, hay que reconocerlo, nunca se rindió (¿existe un japonés que lo haga?). Con la velocidad como mejor argumento, a veces con buen desborde por los costados, con algunas triangulaciones, llevó peligro al área de David Ospina. Se arrimó con tiros de larga distancia, hasta que una diagonal de Keisuke Honda derivó en un centro al corazón del área, donde Shinji Okazaki se anticipó a la lenta reacción de Valdés y de cabeza venció el arco tricolor. Así terminó el primer período y, la verdad, Colombia no se había visto bien. Eso, por supuesto, lo notó el técnico Pékerman, que en el intermedio metió la mano y, como ya lo había hecho en los partidos anteriores, corrigió: James Rodríguez ingresó por Juan Fernando Quintero, al que le faltó acompañamiento y quizás le pesó la responsabilidad, y Carlos Carbonero ocupó el lugar de Cuadrado.

El segundo tiempo se vio la mejor producción de Colombia en lo que va del Mundial, y no estrictamente por la cantidad de goles. Lo fue, en primera medida, porque Japón fue un rival más exigente que Grecia y Costa de Marfil. Lo fue porque apareció el juego colectivo que se había reclamado. Lo fue porque hubo contundencia. Lo fue porque se vieron variantes en el juego. Lo fue porque varias de las alternativas (casi todas) demostraron que son opciones útiles, no simples convidados de piedra. Colombia se adueñó del balón (¡por fin!) y con ese hecho controló a su peligroso rival, que poco o nada se volvió a acercar a los predios de Ospina, que en todo caso respondió con acierto cada vez que fue exigido.

El desequilibrio se produjo a los 10 minutos, cuando Martínez, que llevaba largo rato sin marcar con la Selección, finalizó una gran jugada colectiva en la que se combinaron toque, sorpresa, rapidez y contundencia. El chocoano remató cruzado de zurda y abrió la puerta que conduce a la victoria. Japón procuró reaccionar, a sabiendas de que se estaba despidiendo de la Copa Mundo, pero su intento fue en vano. Esta vez, la Tricolor impuso las condiciones, marcó el ritmo, le arrebató el balón y lo mantuvo alejado de su arco. Se jugaba bien, pero hacía falta un gol para liquidar el juego, para enterrar las ilusiones niponas.

Se demoró, pero llegó. El reloj marcada el minuto 35 del segundo período y en un rápido contragolpe, al mejor estilo japonés, James habilitó a Jackson, que dentro del área hizo una de sus acostumbradas cabriolas y sentenció: freno (el defensor quedó fuera de foco, desparramado en el suelo), cambio de perfil y remate al palo más lejano para el arquero: GOLAZO. En su primer juego como titular, el crédito del FC Porto era el primer colombiano que marcaba un doblete en los Mundiales. El partido estaba liquidado, pero aún faltaba lo mejor, lo que le dio el toque especial a esta jornada.

Con el 3-1 en la pizarra, el técnico Pékerman mostró su faceta más humana: la de la generosidad, la de la nobleza, la de ser feliz haciendo felices a los demás. Mientras los demás celebraban, se volteó al banco de suplentes y llamó a Faryd Mondragón: el abuelo del Mundial iba a tener su oportunidad de entrar en la historia. El caleño ingresó al minuto 85, conmovido, con los ojos enlagunados: a los 42 años y 3 días, era el futbolista más longevo en participar en la Copa Mundo. El récord del camerunés Roger Milla, que el 28 de junio de 1998 se despidió a los 41 años, un mes y ocho días, quedó en el pasado.

Cha, cha, chá y la defensa de Japón quedó regada: Jackson Matínez, primer doblete mundialista de Colombia (FIFA.com).
Cha, cha, chá y la defensa de Japón quedó regada: Jackson Matínez, primer doblete mundialista de Colombia (FIFA.com).

Quince años y 363 días antes, el 26 de junio de 1998, en el estadio Felix Bollarte de Lens, Mondragón se había retirado del campo de manera amarga, envuelto en un llanto tan conmovedor como inconsolable. La derrota de Colombia contra Inglaterra (0-2) significó la eliminación y sus brillantes atajadas no pudieron evitar ese final. Ahora el llanto era de alegría, de emoción, porque a los 43 años debía estar en la sala de su casa, acompañado de sus hijos, haciendo fuerza por sus compatriotas. Sin embargo, producto de su esfuerzo, de su sacrificio, de su honestidad, de su cuidado profesional, se ganó el voto de confianza del cuerpo técnico y fue incluido en la lista definitiva para Brasil-2014. Y con paciencia esperó su oportunidad, que finalmente llegó.

Ya había fiesta en la tribuna, fiesta en Cuiabá, fiesta en Colombia entera. Pero faltaba la frutilla del postre y el que la puso fue James con un golazo, uno de los mejores del torneo. Recibió solo, con panorama, y mostró todo su talento, toda su categoría: enfrentó a Maya Yoshida, al que dentro del área burló con una gambeta que le partió la cintura, lo dejó tirado en el piso y, a la salida del arquero Eiji Kawashima, lo bañó con un globito. El más bello arte en su más pura esencia, una definición de crac, un golazo que lo deja como el máximo anotador de Colombia en la historia de la Copa Mundo (por ahora, 3 tantos). Segunda goleada en tres partidos, rendimiento perfecto en la primera ronda, ilusiones intactas para seguir en carrera ahora que nos cruzamos con Uruguay en los octavos de final.

Y siguió la fiesta, cuyo primer capítulo se dio el 11 de octubre cuando el empate 3-3 contra Chile en Barranquilla garantizó el regreso a los Mundiales tras 16 años de angustiosa espera. La misma que se trasladó a Belo Horizonte, donde el equipo de Pékerman debutó con goleada sobre Grecia (3-0) y Pablo Armero nos puso a bailar a ritmo de mapalé. La que después contagió a los habitantes de Brasilia, escenario del triunfo sobre Costa de Marfil, que garantizó el paso a segunda fase. Y llegamos a Cuiabá, la Barranquilla brasileña, que fue un carnaval tricolor, una mancha amarilla. Otra vez, Faryd Mondragón salió llorando, inconsolable, aunque ahora fue de alegría, de agradecimiento. Y ahora la fiesta se traslada para Río de Janeiro, al mismísimo Maracaná, el templo del fútbol brasileño. Allá, Pékerman y sus muchachos intentarán seguir haciendo historia, procurarán que el país siga bailando y celebrando a ritmo tricolor…

Colombia entera es una fiesta gracias a la Selección que dirige José Néstor Pékerman en el Mundial (FIFA.com).
Colombia entera es una fiesta gracias a la Selección que dirige José Néstor Pékerman en el Mundial (FIFA.com).

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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