El carnaval de Río es alemán

En Argentina, Alemania encontró el mejor rival del torneo, el que mayor resistencia le opuso, el que mejor fútbol le jugó, el que más peligro le generó, el que en otras palabras la obligó a sacar su casta y demostrar que sí tenía pasta de campeón.

LibroEl valor de una victoria en el deporte está condicionado por la calidad del rival al que se derrota. En este sentido, la de Alemania sobre Argentina, para conquistar el título del Mundial de Brasil-2014, su cuarta corona orbital, fue la más valiosa de todas, la que más satisfacción les produjo. De ahí la desaforada celebración tan pronto el árbitro italiano Nicola Rizzoli dijo que ya no se jugaba más en el estadio Maracaná de Río de Janeiro, tras 127 minutos de intensa acción, y el loable reconocimiento que le hicieron a la Albiceleste camino de la premiación.

Muy al contrario de lo que creen muchos hinchas y del verso que quieren vender algunos a través de los medios de comunicación, un Mundial de fútbol no es un concurso de simpatía, tampoco uno de estética. Y menos en estos tiempos modernos en los que a los equipos buenos, a pesar de contar con notorias dosis de talento, se les hace complicado brillar; cada vez es más difícil ganar, cada vez hay que sufrir más antes de tener derecho a darle rienda suelta a la alegría, porque defender, destruir y obstruir siempre fue más fácil que crear y hay algunos que no ofrecen argumentos distintos a esos. El hecho que la final de la Copa Mundo la hayan disputado Alemania y Argentina es clara muestra de ello.

Hasta que vapuleó 7-1 al peor Brasil de la historia de los Mundiales en semifinales, muchos dudaban del potencial de Alemania. A pesar de que comenzó su travesía con un contundente 4-0 sobre Portugal, aquel no fue un reto difícil: los lusitanos se quedaron con sus caras bonitas adornando el álbum y en el campo de juego fueron infinitamente inferiores a las expectativas que ellos mismos generaron. De ahí en adelante, el camino del equipo de Joachim Loew no fue cómodo, al punto que en los octavos de final requirió los tiempos suplementarios para deshacerse de una aguerrida Argelia. Le ganó bien, pero con lo justo, de la misma manera que superó a Francia en la fase de cuartos.

Dichosa celebración de los alemanes en el mítico estadio Maracaná de Río de Janeiro: el primer equipo europeo que gana una Copa Mundo en suelo americano (FIFA.com):
Dichosa celebración de los alemanes en el mítico estadio Maracaná de Río de Janeiro: el primer equipo europeo que gana una Copa Mundo en suelo americano (FIFA.com):

Pero lo de las semifinales en el estadio Mineirao de Belo Horizonte fue un concierto de esos que nunca se olvidan. Ni por parte del ganador y, mucho menos, del perdedor. Con ese baile, las acciones de Alemania se dispararon y alcanzaron un valor inusitado, al punto que, aun sin conocer el nombre del rival, muchos ya estaban enfilados para dar la vuelta olímpica. Y peor todavía cuando se supo que era Argentina, y no Holanda, el contendor del último juego, el escollo final en el Maracaná. Como a la Albiceleste casi nadie le reconoció sus méritos, se pensó en otra fiesta goleadora. Pero no hubo tal, porque en Argentina Alemania encontró el mejor rival del torneo, el que mayor resistencia le opuso, el que mejor fútbol le jugó, el que más peligro le generó, el que en otras palabras la obligó a sacar su casta y demostrar que sí tenía pasta de campeón.

Alemania, aunque ofrezca una camada con riqueza técnica como la actual, es como un avión: solo sabe ir para adelante. Y en muchos casos lo hace como si fuera un Transmilenio desbocado, sin frenos, capaz de pasar por encima de cualquier obstáculo que se le ponga enfrente. Como lo hizo con Portugal y Brasil, así estos dos se hayan parecido más a un conjunto escolar en proceso de formación que a los aspirantes que la corona que nos habían vendido. Por eso mismo, le cuesta cuando encuentra un contendor que le juega con inteligencia, que le exhibe argumentos importantes y peligrosos, que le exige una dosis adicional de sacrificio y oficio, que la pone en aprietos como hizo Argentina. Es claro que Alemania lo quiso definir en los 90 minutos reglamentarios, pero no pudo porque su rival no se lo permitió, y también es cierto que pudo perder y contó con la suerte de que los delanteros argentinos fallaron.

Sin Sami Khedira (se lesionó antes del encuentro), con Toni Kroos en una versión común y corriente, con Thomas Mueller aislado en un costado y con Miroslav Klose abandonado a su suerte en el frente de ataque, a Alemania le costó mucho este partido con Argentina. Y lo que parecía un nuevo obstáculo se convirtió en un golpe de suerte: el ingreso de Andre Schuerrle por el lesionado Christoph Kramer. Eso obligó al técnico Loew a dejar sus previsiones defensivas y buscar el juego arriba, en territorio del rival. De hecho, fue este delantero el que generó la jugada del gol, que definió con clase Mario Goetze a los 113 minutos del partido. Cuando más afanada se veía Alemania en su intento por evitar la tanda desde el punto penalti, una ligereza defensiva de la Albiceleste le bastó para abrir el marcador y adueñarse del trofeo.

El único error defensivo de Argentina en 127 minutos de partido: Mario Goetze recibió solo en el área y no perdonó a Sergio Romero, que no puedo evitar la caída de su arco (FIFA.com).
El único error defensivo de Argentina en 127 minutos de partido: Mario Goetze recibió solo en el área y no perdonó a Sergio Romero, que no puedo evitar la caída de su arco (FIFA.com).

Así es Alemania, así siempre ha sido Alemania: no necesita jugar bonito, a veces ni siquiera bien, para alcanzar los triunfos. Esta vez, contra Argentina, la victoria fue un premio a su insistencia, a su persistencia, a su histórica terquedad, a esa capacidad tan alemana de ir y buscar hasta encontrar. Y es justo que decir que la Mannschaft fue y buscó, hasta que encontró, durante todo el Mundial. De no haberlo hecho así, de no haber arriesgado, de no haber puesto toda la carne en el asador, con toda seguridad se habría visto superada por Ghana y Argelia, en primera fase y octavos de final, respectivamente. Y en la final, cuando Argentina le había impuesto las condiciones y el ritmo del partido, fue y buscó, provocó el error y liquidó.

La felicidad que expresaban los integrantes de la Selección campeona no solo era fruto del triunfo, del ansiado título. Era, de manera muy especial, porque este es un grupo cuya base creció unida, con un puñado de jugadores que hace 10 años, cuando el cargo de DT se lo entregaron al exdelantero Juergen Klinsmann y este llegó a trabajar con Loew como asistente, forjaron el sueño de darle a su país un esquivo tetracampeonato. No llegar a la final de su Mundial, el que Alemania organizó en 2006, para cualquiera otro hubiera sido un gran fracaso, pero a Alemania le indició que iba por el camino correcto. La progresión en el nivel de juego, más ofensivo y, sobre todo, con una calidad técnica que este país nunca había exhibido, significó un avance en Suráfrica-2010, en el que se repitió en el tercer escalón del podio.

Y a Brasil-2014 Alemania llegó como favorita, porque siempre es favorita. Pero, a diferencia de otros, no se quedó en eso, sino que en cada uno de los siete partidos que disputó se encargó de mostrar los argumentos necesarios para que, en la hora de la consagración, nadie tuviera dudas. Y nadie las tuvo, porque si bien Alemania no aplastó a Argentina como algunos esperaban, si bien no fue superior en un partido muy equilibrado, al final hizo estrictamente lo justo para ganar: el gol. Y puso corazón, claro, y su habitual sacrificio, y esa mentalidad ganadora que los hace únicos en el mundo del fútbol, y esa fuerza interna que les permite levantarse de las adversidades (como las lesiones), y esa sangre fría que parece un ingrediente exclusivo de la fórmula para fabricar alemanes. Porque de no haber tenido frialdad para definir ante Sergio Romero, ese novato mundialista que es Mario Goetze la hubiera mandado para cualquier lado: pero es alemán, y la embocó en un ángulo.

El valor de una victoria en el deporte está condicionado por la calidad del rival al que se derrota. Hoy, Alemania celebra no solo su cuarta corona orbital, la primera que consigue en suelo americano, sino también el hecho de haberla logrado frente a una Argentina que hizo iguales méritos para quedarse con el trofeo. La final de la Copa Mundo no es un reality de simpatías, como creen algunos, sino una oportunidad que, por lo general, solo se presenta una vez en la vida. Es un mezquino todo o nada en el que la diferencia está en los detalles, en equivocarse menos que el contendor, en acertar una más que el contendor. Alemania se equivocó, pero Argentina no aprovechó y, en cambio, en la única que la Albiceleste le concedió, liquidó el juego. No hay que ponerle poesía: es Alemania. Ganó con lo justo, ganó bien, es el campeón.

La historia recordará a este equipo alemán como un merecido campeón que venció a un rival de idéntica condición en una de las finales más equilibradas de las últimas décadas en la Copa Mundo (FIFA.com).
La historia recordará a este equipo alemán como un merecido campeón que venció a un rival de idéntica condición en una de las finales más equilibradas de las últimas décadas en la Copa Mundo (FIFA.com).

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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