El 29 de junio, día de fiesta para el fútbol

¿Pelé o Maradona? Por qué escoger, si se pueden disfrutar estos dos momentos cumbres de la historia de la Copa Mundo: en 1958, Brasil obtuvo en Suecia su primera corona orbital; en 1986, en México, Argentina celebró la segunda.

LibroDicen que las comparaciones son odiosas, pero también son una tentación a veces irresistible. ¿Fue mejor Pelé que Maradona? Una discusión que jamás se terminará, ni se dilucidará, mientras existan hinchas en el planeta fútbol. Sin embargo, la respuesta nos la dio el mismo fútbol y los hombres, que en nuestra condición de aficionados somos ciegos y tercos (no siempre en ese orden), no la hemos visto, o no la queremos ver. La respuesta a este interrogante, que desvela a muchos, está en lo que ocurrió un 29 de junio.

En esa fecha, por allá en el año 1958, cuando todavía el mundo se reponía de las heridas provocadas por la Segunda Guerra Mundial, el llanto de un chiquillo los conmovió a todos. Cualquiera que a su edad, escasos 17 años, tuviera la oportunidad de estar en el campo de juego del estadio Rasunda, de Solna, en las afueras de Estocolmo (Suecia), se habría tirado encima del trofeo y jamás lo hubiera soltado. Sin embargo, el jovencito Edson Arantes do Nascimento, al que el mundo conoce mejor como Pelé, no tuvo fuerzas para eso. Tan pronto el árbitro francés Maurice Guigue pitó el final del partido, el pichón de estrella estalló en llanto.

Y no pudo controlarlo durante largo rato, ni siquiera en la ceremonia de premiación, mucho menos en la vuelta olímpica, la primera que dio Brasil. En ese atardecer sueco, con el mundo del fútbol rendido a sus pies, Pelé se había deshecho en llanto producto de la emoción por haberle cumplido a su padre Dondinho la promesa que le hizo el fatídico 16 de julio de 1950, el día en que Uruguay venció 2-1 a Brasil en el último partido del Mundial de 1950 y edificó esa leyenda que se llama Maracanazo. Al ver el llanto de su padre, Pelé le prometió que algún día él ganaría el trofeo y se lo entregaría para que pudiera ser feliz, y le había cumplido mucho antes de lo que cualquiera pudiera pensar.

La inclusión de Pelé en la nómina que el técnico Vicente Italo Feola llevó a Suecia provocó airadas protestas entre los torcedores, porque ocupó el lugar de Luizinho, que gozaba de la idolatría de los hinchas en su país. Sin embargo, tras dos partidos y con el paso de Brasil a segunda ronda comprometido, los mismos aficionados, respaldados por la crónica deportiva, exigieron a gritos a Pelé. Y Pelé debutó contra Unión Soviética, el 15 de junio en Gotemburgo. Lo hizo para convertirse en figura de inmediato, para acaparar elogios y generar un inusual despliegue periodístico, gracias al cual su nombre se hizo popular y se conocieron sus hazañas a lo largo y ancho del planeta fútbol, así muchos jamás lo hubieran visto jugar.

La tarde más gloriosa de Maradona en los Mundiales, cuando fue rey en el estadio Azteca de México.
La tarde más gloriosa de Maradona en los Mundiales, cuando fue rey en el estadio Azteca de México.

Gracias a Pelé, Brasil superó en los cuartos de final el durísimo escollo que supuso Gales, una selección que su primera y hasta ahora única participación en la Copa Mundo fue revelación. Un gol del astro del Santos aseguró el cupo a semifinales. En esa instancia, contra la temible Francia de Raymond Kopa y Just Fontaine, el imberbe Pelé le ganó les duelo a los galos y con una tripleta encarriló el triunfo: 5-2. Y llegó la final, que se jugó aquel 29 de junio de 1958. Vavá corrigió el rumbo de la historia, porque Suecia, el dueño de casa, había abierto el marcador. Y luego Pelé se encargó de sentenciar el juego con un doblete: fue otro 5-2 inobjetable. Brasil había ganado por primera vez el torneo y Pelé le cumplió la promesa a Dondinho, algo que le causó una emoción que lo desbordó a sus escasos 17 años.

Ese mismo día, pero en el estadio Azteca de Ciudad de México y 28 años más tarde, fue el turno de Diego Armando Maradona. El argentino contaba 25 años y, a diferencia de Pelé, ya era un jugador consagrado, famoso en todo el mundo por lo que había logrado con Argentinos Juniors y Boca Juniors en su país, por su traumático paso por el FC Barcelona español y, especialmente, porque su llegada al Nápoles italiano convirtió al club del sur en gran protagonista del Calcio, la liga italiana que tradicionalmente fue dominada por los equipos del norte. Además, el genial zurdo ya contaba una experiencia en los Mundiales, que no fue agradable: en defensa del título que conquistó como local en 1978, una irregular Argentina fue eliminada por Brasil e Italia en la segunda fase del Mundial disputado en España-1982. Él, inclusive, fue expulsado contra los brasileños.

De la mano del técnico Ottavio Bianchi, Nápoles acababa de terminar de tercero como gran revelación de una liga que dominaron Juventus y Roma, primero y segundo, respectivamente. Pero la Selección Argentina conducida por Carlos Salvador Bilardo, el Bigotón para los aficionados en su país, había llegado a territorio azteca en medio de la desconfianza, atormentada por una crítica implacable y rodeada de la incredulidad general. Sufrió lo indecible para asegura la clasificación y el juego que ofrecía no convencía a sus exigentes hinchas. “Esta Selección es Maradona y diez más”, se decía con resignación.

En el hombro del arquero Gilmar terminó el jovencito Pelé tras ganar el título en 1958.
En el hombro del arquero Gilmar terminó el jovencito Pelé tras ganar el título en 1958.

Sin embargo, desde que rodó el balón 31 de mayo comenzó también la magia de Maradona. Y lo que parecía una colcha de retazos pronto se convirtió en un equipo sólido, en un rival difícil de enfrentar, porque lo que lo que le hizo falta en lo técnico y en lo futbolístico lo suplió con entrega, sacrificio y, por supuesto, con las genialidades de su mejor jugador. Y Argentina superó uno tras otro los obstáculos que se le presentaron: Corea del Sur, Italia y Bulgaria en primera ronda; Uruguay, en los octavos de final; Inglaterra, en los cuartos, con aquel famoso doblete de ‘la mano de dios’ y el gol de D10S; y Bélgica, en semifinales, otra vez con dos tantos de Maradona.

Aquella soleada tarde de domingo, al inmenso coloso de Santa Laura no le cabía un alma: había casi 115.000 aficionados, la mayoría devotos de Argentina (o de Maradona, para ser más exactos). El rival era una Alemania conducida por Franz Beckenbauer, el Kaiser, que quería tomarse revancha de la final de España-1982, que perdió con la Italia de Paolo Rossi. No pudo, sin embargo, porque se encontró ahora con la Argentina de Maradona, que después de aportar la habitual cuota de sacrificio y sufrimiento que le correspondía festejó como nunca. José Luis Brown y Jorge Valdano abonaron el camino a la victoria, pero Karl-Heinz Rummenigge y Rudi Voeller dejaron claro que Alemania iba a vender cara su derrota, si ese era el desenlace previsto.

Hasta que apareció Maradona, a los 84 minutos de partido, y con su sinigual inspiración, de espaldas al campo de Alemania, vislumbró un espacio libre y, dándose vuelta, habilitó a Jorge Luis Burruchaga, que venció por tercera vez al petulante Toni Schumacher. Contra todo y contra todos, derrumbando críticas e incredulidad, Argentina fue campeón mundial por segunda vez. Y Maradona fue rey un 29 de junio, igual que Pelé. Y después de su fabulosa actuación en el torneo el mundo del balón se rindió a sus pies y lo eligió como nuevo rey. Maradona, como capitán, sí tomó el trofeo en sus manos y, paseado en hombros de los aficionados, lo ofreció a la delirante hinchada durante la vuelta olímpica. Fue su día de gloria, un momento sublime para el fútbol, porque la victoria del equipo de Bilardo nos enseñó a todos que en la vida siempre es posible hacer realidad los sueños.

Uno como hincha del fútbol tiene todo el derecho a escoger, sin importar que los argumentos sean estrictamente sentimentales o vayan en contra de la razón. Sin embargo, en el caso de Pelé y Maradona, los dos más grandes en la historia de la Copa Mundo, lo ocurrido el 29 de junio nos demostró que no es necesario privarnos de algo: podemos (debemos) quedarnos con todo lo que nos regalan el fútbol y la vida. En otras palabras, podemos (debemos) disfrutar tanto la consagración del imberbe Pelé como la del Maradona hecho y derecho, porque en lo único que vamos a coincidir en que esos momentos protagonizados por O Rei y Marad10s son únicos e irrepetibles…

Nos dicen que son el agua y el aceite, pero escoger entre Pelé y Maradona es una necedad.
Nos dicen que son el agua y el aceite, pero escoger entre Pelé y Maradona es una necedad.

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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