Construyó castillos en el aire

Lo que hace solo dos años era un proyecto destinado al fracaso, se convirtió en las semanas más felices que la memoria nos permita recordar. Se acabó el Mundial-2014, pero, con goleador abordo, esta dicha que nos regaló la Selección Colombia no termina. Y que nos esperen en Rusia-2018…

LibroSoñar. Con que podemos y merecemos ser felices de verdad. Con que podemos vivir y disfrutar juntos, a pesar de las diferencias que a veces nos separan. Con que somos capaces de alcanzar el objetivo más ambicioso que nos propongamos, siempre y cuando estemos dispuestos a darlo todo para conseguirlo. Con entender que obrar por el camino correcto, sin atajos ni las marrulleras estrategias del todo vale, es tan o más satisfactorio que la mamá de las victorias. Con construir un mejor país dándoles ejemplos positivos a las nuevas generaciones para que no repitan nuestros errores del pasado.

Tenemos licencia para soñar, estamos en capacidad de soñar, es urgente no dejar de soñar. Esa fue la lección más importante que la Selección Colombia de José Néstor Pékerman le dejó al mundo del fútbol, al pueblo colombiano. Prácticamente de la nada, a partir de uno de los episodios más dolorosos y vergonzosos de la historia de la sociedad colombiana (porque la infidelidad y la agresión a la mujer son las miserias más grandes de un hombre), este puñado de muchachos, con una pequeña dosis de experiencia dentro de un corazón juvenil, construyó castillos en el aire.

Pero no fueron castillos imaginarios, sino unos muy reales que nos permitieron vivir las semanas más felices que la memoria nos permite recordar. Siguiendo al pie de la letra el texto de la canción compuesta por Alberto Cortez, la Selección Colombia construyó castillos en el aire y fue la gran sensación del Mundial de Brasil-2014. El campeón sin corona, dirán algunos; el equipo que mejor fútbol jugó, argumentarán otros; el que le puso picante y sabor al torneo y enamoró a propios y extraños con estilo mezcla de ingenuidad y honestidad, pensarán algunos. Unos castillos que, no sobra recordarlo, se sobrepusieron a la adversidad y, especialmente, a la incredulidad.

Esta es la Selección Colombia que construyó castillos en el aire y nos enseñó que tenemos derecho a soñar, que debemos soñar. Fueron las semanas más felices que la memoria nos permite recordar ((FIFA.com).
Esta es la Selección Colombia que construyó castillos en el aire y nos enseñó que tenemos derecho a soñar, que debemos soñar. Fueron las semanas más felices que la memoria nos permite recordar ((FIFA.com).

Quiso volar igual que las gaviotas, libre en el aire, por el aire libre y los demás dijeron “¡Pobre idiota, no sabe que volar es imposible!”. Cuando la Federación Colombiana de Fútbol anunció la contratación del argentino José Néstor Pékerman, aquellos que se creen dueños del fútbol y la verdad esgrimieron sus armas. Se le criticó hasta el aroma de la colonia y se lo castigó con dureza porque impuso normas, marcó límites, pisó callos y exigió respeto para su trabajo (y, por supuesto, lo ofreció por el de los demás). Como sus convocatorias nunca fueron producto de los intereses de los dirigentes-mercaderes de turno, ni respondieron a clamores de los periodistas, muchos nombres fueron cuestionados. Como no se prestó para los partidos amistosos que solo sirven para llenar los bolsillos de los empresarios, sus decisiones fueron cuestionadas.

Mas él alzó sus sueños hacia el cielo y poco a poco fue ganando altura y los demás quedaron en el suelo guardando la cordura. Apenas empezó a cosechar buenos resultados en la eliminatoria, sin embargo, los críticos quedaron en ridículo. Con prácticamente el mismo grupo de jugadores que con otros entrenadores no respondía a las expectativas ni generaba empatía con el público, Pékerman empezó a enamorar al hincha. Y cuando el aficionado le abrió su corazón a la Selección, los oportunistas de siempre empezaron, cual borracho en sofá estrecho, a acomodarse para subirse al bus de la victoria tan pronto esta llegara.

Y construyó, castillos en aire, a pleno sol, con nubes de algodón, en un lugar adonde nunca nadie pudo llegar usando la razón. Y llegó, porque Colombia clasificó al Mundial de Brasil-2014 después de un ayuno de 16 años, aún con algunas heridas sin sanar, pero siempre con la ilusión de volver a sonreír. Y al lado de Pibe Valderrama, Freddy Rincón, Tren Valencia y demás ídolos de la generación de los años 90, Falcao García, James Rodríguez, David Ospina, Pablo Armero y Juan Guillermo Cuadrado, entre otros, se hicieron un lugar. Jugaban como nunca antes varias generaciones de colombianos habían visto a la Tricolor y se ganaron el respeto de sus rivales, que no dudaron en señalarlos como animadores de la fiesta orbital, así a algunos les pareciera algo descabellado.

Por primera vez en 84 años de historia de los Mundiales, un colombiano es el máximo anotador: fue James, nuestro James (FIFA.com).
Por primera vez en 84 años de historia de los Mundiales, un colombiano es el máximo anotador: fue James, nuestro James. El equipo, además, recibió la distinción por el Juego Limpio (FIFA.com).

Y construyó ventanas fabulosas, llenas de luz, de magia y de color, y convocó al duende de las cosas que tiene mucho que ver con el amor. Como si dentro de su corazón viviera un duende travieso, James y compañía escribieron una historia singular, sinigual. Grecia, Costa de Marfil y Japón, que nos los habían vendido como rivales insuperables, cayeron uno tras otro. Y se abrió la fabulosa ventaja de los octavos de final, para igualar la mejor actuación histórica, la de Italia-1990, tras el épico empate a uno con la siempre poderosa Alemania. A esas alturas, era amor, del más puro que pueda haber, el que conectaba a la Tricolor con la afición, con el país entero. Porque esa fue otra de sus virtudes: llegó a todos los corazones, los de los grandes, los de los chicos, los de los hinchas, los de las abuelas, los de las sardinas, inclusive los de aquellos que sienten vergüenza de decir que son colombianos.

En los demás, al verlo tan dichoso, cundió la alarma, se dictaron normas, “No vaya a ser que fuera contagioso…”, tratar de ser feliz de aquella forma. El encopetado Uruguay, bicampeón mundial y cuarto de Suráfrica-2010, fue un mero tránsito hacia un mundo desconocido, pero fascinante: los cuartos de final. Allí esperaba Brasil, el dueño de casa, el favorito de siempre, el dueño de los afectos de miles de millones de hinchas a lo largo y ancho del planeta fútbol. Pero la Tricolor se tropezó con un obstáculo insalvable: la FIFA, reconocida multinacional de la corrupción, que usó al nefasto árbitro español Carlos Velasco Carballo para hacerla a un lado, para sacarla del Mundial. Había que impedir que un chico como Colombia, que resultaba un simpático animador, dañara la fiesta eliminando al consentido.

La conclusión es clara y contundente, lo condenaron por su chifladura a convivir de nuevo con la gente, vestido de cordura. Fue la más dolorosa de las salidas, porque ningún rival expuso mejores argumentos que la Tricolor, porque ninguno de sus contendores la superó en fútbol, en capacidad, en alegría, en honestidad. Parecía el fin del sueño, pero como dice Rubén Blades ”La vida te sorpresas”. Colombia regresó a casa, el país se desbordó para agradecerle su actuación y ofrendarle su cariño, mientras a la distancia seguía como protagonista del Mundial. Aunque pasaban los partidos y las rondas, el gran James, nuestro James, era el máximo goleador. Y el dueño del mejor gol del torneo, sin importar que después le entreguen la distinción a otro jugador. El mejor, porque fue marcado con el corazón de un país, con el aliento de 47 millones de colombianos. Y Alemania, aliado insospechado, nos hizo el favor de vengar la afrenta que habíamos recibido: castigó la trampa, la petulancia y la arrogancia de Brasil con una goleada que gozamos de una manera indescriptible.

Con su estilo ingenuo y honesto, esta Selección le enseñó al país que la cultura del todo vale es la cultura del siempre pierde. Jugamos limpio y nos ganamos el respeto y la admiración del mundo (FIFA.com).
Con su estilo ingenuo y honesto, esta Selección le enseñó al país que la cultura del todo vale es la cultura del siempre pierde. Jugamos limpio y nos ganamos el respeto y la admiración del mundo (FIFA.com).

Por construir castillos en el aire a pleno sol, con nubes de algodón en un lugar adonde nunca nadie pudo llegar usando la razón. Y se llegó hasta donde nadie había podido llegar. Ni el alemán Thomas Mueller, ni el argentino Lionel Messi, tampoco el brasileño Neymar o el holandés Robin van Persie, pudieron darle alcance al colombiano de la zurda prodigiosa. Y por primera vez en 84 años de historia de los Mundiales, por primera vez en las cinco participaciones nacionales, un colombiano fue el máximo anotador de la Copa Mundo. Como reconocimiento a la labor realizada no solo por James, sino por todo el grupo jugadores, por el cuerpo técnico, por los asesores y hasta por los directivos que por fin decidieron jugar en el mismo equipo que el resto del país, la bandera nacional ondeó al lado de la de Alemania, el campeón. Y James se inmortalizó, nos inmortalizó, junto con Manuel Neuer, el mejor arquero; Messi, escogido como mejor jugador, y el francés Paul Pogba, el mejor joven.

Y por abrir ventanas fabulosas, llenas de luz, de magia y de color y convocar al duende de las cosas que tienen mucho que ver con el amor. En una movida política con un detestable tufillo de diplomacia barata, la FIFA trató de enmendar su terrible error y le adjudicó a Colombia el premio al Juego Limpio. Lo recibimos con la satisfacción y la seguridad de saber que nos lo merecíamos, pero también con la responsabilidad de nunca dejar de trabajar para que las nuevas generaciones, especialmente esos chiquillos que aprenden de la vida al vaivén del balón de fútbol, de las hazañas de su héroes, aprendan que la cultura del todo vale es la cultura del siempre pierde. Y que Colombia, quedó demostrado en Brasil-2014, es un país ganador, que no necesita ayudas extra, y que prefiere llorar una derrota en el campo, pero seguir caminando por la vida con la frente en alto, sin esconder la mirada.

Acaba aquí la historia del idiota que por el aire, como el aire libre, quiso volar igual que las gaviotas…, pero eso es imposible…, ¿o no?… Nosabemos si el DT Pékerman va a continuar al frente de este pequeño y muy feliz país que es la Selección Colombia, a pesar de que aquellos que lo criticaron, que intentaron destruirlo, ahora lo reclaman. Se acabó el Mundial y hoy estamos dichosos porque comprendimos que esa angustiosa y larga espera de 16 años quedó plenamente recompensada con una alegría infinita que nunca se nos saldrá del alma. Y empezamos la cuenta regresiva rumbo a Rusia-2018, porque sabemos que allí estará la Tricolor dispuesta a seguir construyendo castillos en el aire. Podemos soñar, debemos soñar…

Esta inmensa alegría nadie nos la saca del corazón. Y que se preparen, porque empezamos la cuenta regresiva hacia Rusia-2018, porque allá vamos a seguir bailando Ras tas tas... (FIFA.com).
Esta inmensa alegría nadie nos la saca del corazón. Y que se preparen, porque empezamos la cuenta regresiva hacia Rusia-2018, porque allá vamos a seguir bailando Ras tas tas… (FIFA.com).

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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