Colombia: la grandeza está en el corazón

Por primera vez en la historia, la Tricolor sumó dos victorias seguidas. Fue el segundo triunfo sobre sobre un rival africano. El 19 de junio, día de alegrías para el país en los Mundiales.

LibroEra el momento más complicado del partido, porque a Colombia se le había refundido el libreto, porque había dejado a un lado el estilo que tantas satisfacciones le brindó en los dos últimos años, porque se jugaba bajo las condiciones que le servían al rival. Pero, con la claridad mental que lo caracteriza, el técnico José Néstor Pékerman metió la mano y cambió el rumbo del partido. Juan Fernando Quintero, el más pequeño de los jugadores colombianos, fue la carta ganadora del DT. La ilusión colombiana en Brasil-2014 crece y crece.

Estaba claro: Costa de Marfil iba a ser un rival mucho más complicado que la conservadora Grecia. Y vaya si lo fue. Ofreció espacios que los helénicos jamás brindaron, pero también representó mucho más peligro que el que los europeos encarnaron. Incomodó, pegó, corrió, apretó y, lo más importante, jamás se dio por vencido. De hecho, su mejor producción se dio después de quedar en desventaja de 0-2, y fue entonces cuando se observó lo mejor de Colombia. No en lo futbolístico, sino en lo humano: el temperamento, el temple, el coraje, la garra, el amor propio. A ratos faltó fútbol, pero la grandeza de Colombia estuvo en el corazón.

Se había dicho que lo único que la Tricolor no podía hacer era entrar en el juego que les convenía a los africanos. Sin embargo, como había ocurrido contra Grecia, en el primer tiempo lo hizo, entró en ese juego. Quizá sea una característica propia de la juventud de la mayoría de los integrantes del equipo nacional, de su inexperiencia en esta clase de certámenes. Porque, sabemos, los jóvenes no conocen límites, no saben de tonalidades grises (todo es blanco o negro), no entienden de riesgos, no miden las consecuencias. Así jugó Colombia en esos 45 minutos iniciales, con algo de ‘irresponsabilidad’. Y no se vio bien, porque faltó tranquilidad, faltó pausa, mientras sobraron pundonor y ganas.

Para el arranque del segundo tiempo, Pékerman le brindó confianza a su plantel titular; no hubo cambios. Ni en la nómina ni en la actitud. Y el DT lo percibió, al punto que se demoró solo 8 minutos en meter la mano y cambiarle la cara al equipo y al partido. Incluyó al joven Juan Fernando Quintero, el pichón de estrella del FC Porto, en lugar de un Segundo Víctor Ibarbo que no tuvo claridad. Con un socio en la cancha, entonces, James Rodríguez se creció, adquirió las dimensiones de un gigante y Colombia labró el camino a una victoria histórica: era la primera vez en la historia que se conseguían dos triunfos consecutivos en la Copa Mundo. Y lo hizo un 19 de junio, fecha de gratísima recordación por aquel agónico empate 1-1 con Alemania en Italia-1990.

La clave del partido estaba en el desequilibrio que pudieran marcar James y el elegante Yaya Touré, los más talentosos en el campo de juego. Y ambos enfrentaban el mismo problema: carecían de la compañía necesaria para inclinar la balanza a su favor. Era como una cerrada partida de ajedrez en la que el que primero pusiera en jaque a su rival se podía llevar la victoria. Y fue Colombia, gracias a la claridad mental de Pékerman, que comprendió que James necesitaba alguien que hablara su mismo lenguaje futbolístico. Y Quintero lo habla: como cuando militaban en el elenco portugués, como si se conocieran de toda la vida, como si fueran uno solo, se asociaron y llevaron a Colombia hacia el éxtasis del triunfo.

El chiquito Juan Fernando Quintero fue el socio que James necesitaba. Jugó a lo grande (FIFA.com)
El chiquito Juan Fernando Quintero fue el socio que James necesitaba. Jugó a lo grande (FIFA.com)

El juego de Colombia creció, pero faltaba el gol. Y llegó a los 19 minutos, de la manera más inesperada: de cabeza, en un tiro de esquina. Allí, en el área, en medio de los gigantones africanos, un lugar en el que la corpulencia física suele primar, la Tricolor salió airosa gracias a la astucia de James. Él había ejecutado la mayoría de cobros desde las esquinas, pero esta vez se quedó a esperar el centro y fue Juan Guillermo Cuadrado el que fue el borde de la raya. Como el artista que dibuja una obra impactante con un delicado trazo de pincel, Cuadrado puso el balón en una zona libre a la que llegó James con viveza para ganarle el lugar el enorme Didier Drogba y meter un cabezazo que el arquero Boubacar Barry no atinó a rechazar.

Y solo 6 minutos más tarde fue el gestor del segundo. Apretó a la defensa en la salida, provocó el error y le sirvió el balón a Teo Gutiérrez, que con su habitual inteligencia marcó la pausa, esperó que el último zaguero diera el paso adelante y le entregó la pelota a Quintero con el camino expedito. El zurdo levantó la cabeza, escogió el ángulo y allá la clavó, con la sapiencia de un veterano, con la seguridad de un goleador consumado, con el aliento del pueblo colombiano. Fiesta en la tribuna, fiesta en todo el país, fiesta en cualquier lugar del planeta donde hubiera un colombiano, un hincha de la Tricolor.

Pero el partido no había terminado y, lo más irónico, todavía no se había observado lo  mejor de Colombia. Tres minutos más tarde del 2-0, Gervinho descontó para Costa de Marfil. Con potencia y rapidez, sus principales características, se internó en el área eludiendo defensores y remató abajo; David Ospina metió la mano, pero no pudo evitar que el balón se fuera al fondo de su arco. Con 20 minutos por jugar, el dulce se puso a mordiscos (y el rival tenía los dientes afiliados) y, entonces, hubo que recurrir a otros argumentos distintos a los futbolísticos. Y fueron los más importantes.

Ya el técnico había hecho todo lo que estaba a su alcance para abonar el camino al triunfo, así que el destino del partido estaba en manos de los jugadores. Y salieron a flote el temperamento, el temple, el coraje, la garra, el amor propio. Se corrió, se luchó, se batalló en el piso, se arriesgó la pierna, se pegó; se apretaron los dientes y se sufrió, porque Costa de Marfil nunca se entregó. Y se ganó, porque los africanos ya no encontraron respuesta para contrarrestar esa nueva apuesta de Colombia. A ratos faltó fútbol, sí; a ratos se complicó, sí; a ratos se equivocó el libreto, sí; pero a la hora de la verdad apareció lo mejor de Colombia: la grandeza estuvo en el corazón…

James Rodríguez anotó el primero y generó el segundo. Tremendo figurón (FIFA.com).
James Rodríguez anotó el primero y generó el segundo. Tremendo figurón (FIFA.com).

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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