Argentina: con corazón de campeón

Hay muchas formas de perder y la de Argentina en esta final de Brasil-2014 fue la más digna de todas. Pudo ser el ganador, tuvo todo para ser el ganador, pero un capricho del destino se lo impidió. Recuperó su jerarquía de bicampeón mundial y fue protagonista.

LibroLo más fácil sería decir que Argentina regresará a casa con las manos vacías, pero no es cierto. Sí, perdió el título, que era el sueño de todos, pero es una derrota distinta a otras del pasado, así el sabor amargo y el dolor sean mucho mayores. Con el paso de los días, cuando la temperatura de la calentura baje un poco y permita que el cerebro piense con claridad, el argentino (futbolista, hincha, periodista) entenderá que son muchos más los motivos para sentir satisfacción al cabo del Mundial de Brasil-2014.

La capacidad de razonamiento y análisis de muchos hinchas y de no pocos periodistas es, por decirlo de alguna manera, curiosa. Se dice que Brasil cumplió una buena labor, a pesar de que ni siquiera estuvo cerca del objetivo propuesto: y no lo estuvo porque la meta era ganar el título y no pudo jugar la final. Mostró la peor cara futbolística de su historia, encajó más goles que nunca antes, por primera vez sufrió dos goleadas (para colmo, como dueño de casa) y de contera no fue capaz de subir al podio. Por donde se lo mire, un desastre, pero como se trata de Brasil se ve con buenos ojos.

Argentina, que jugó una final mucho más que digna, que en plata blanca tuvo más y mejores opciones que rival para asegurar la victoria, en cambio, vuelve a recibir fuete y no se le reconocen los méritos. Por primera vez en 24 años, el equipo dirigido por Alejandro Sabella inscribió su nombre entre los cuatro mejores y, además, optó por la corona. Acumuló tres partidos consecutivos sin encajar goles (la fragilidad de su defensa era un mal sin cura), y les guste o no a muchos, fue el que sacó la cara por América. Como ocurrió en Alemania-2006 y Suráfrica-2010, la fiesta pudo ser enteramente europea, pero Argentina lo evitó y, algo importante, no desentonó como otros.

En la víspera del último partido de Brasil-2014, y en virtud de lo sucedido en las semifinales, había quienes apostaban a ojo cerrado por Alemania. Pero no solo porque derrotara a Argentina, sino especialmente porque, amenazaban, le iba a dar un baile peor que aquel con el que humilló a Brasil, al que derrotó 7-1 (parece que a algunos ya se les olvidó ese marcador). Al cabo de los 120 minutos de juego, si bien los seguidores de Alemania pudieron festejar, la anunciada goleada y el Oktoberfest a costa de Argentina lo quedaron debiendo. Y la mejor muestra de la calidad de rival que fue la Albiceleste la dieron los propios alemanes: les hicieron paseíllo y los aplaudieron cuando los suramericanos iban al palco a reclamar sus medallas. Eso es respeto, eso es admiración.

La jugada de Lionel Messi que pudo, que debió cambiar el partido: mano a mano con el portero Manuel Neuer, el astro argentino falló su remate, que se fue desviado por poco (FIFA.com).
La jugada de Lionel Messi que pudo, que debió cambiar el partido: mano a mano con el portero Manuel Neuer, el astro argentino falló su remate, que se fue desviado por poco (FIFA.com).

“Si queremos ganar el título, tenemos que hacer el partido perfecto”, había anticipado el técnico Sabella. Y casi le sale, salvo por dos pequeños detalles que, a la larga, marcaron la gran diferencia: la falta de contundencia ofensiva y la desatención defensiva en la jugada en la que Mario Goetze anotó el único gol del encuentro. De resto, el juego de Argentina fue sobresaliente: ordenado, inteligente, concentrado, seguro en defensa, punzante en ataque. Argentina puso en aprietos a Alemania en repetidas ocasiones y la obligó a exigirse al máximo (claro, era la final del Mundial). Nunca fue el rival descompuesto que sí resultaron Portugal y Brasil con sus figuritas mediáticas que juegan muy bien en las revistas de femeninas y en las redes sociales, pero que son un fiasco en pantaloneta y guayos en una Copa Mundo.

A pesar del buen nivel acreditado a lo largo del torneo, en el que el equipo experimentó una progresión ascendente, de la misma manera que lo había hecho en México-1986 con Carlos Salvador Bilardo para conquistar el bicampeonato orbital, muchos decían que Argentina no jugaba bien. En la final contra Alemania, en todo caso, la miopía futbolística no les impidió ver un rival serio, aplomado, con una estrategia bien diseñada y bien desarrollada, con ambición, con oficio y con mucho corazón. Si hay algo que enaltece el triunfo de Alemania, que resalta su conquista, eso es precisamente que derrotó al mejor rival que enfrentó a lo largo de Brasil-2014. No fue esa comparsa destemplada que personificaron Portugal y Brasil; ofreció mejores argumentos que Ghana y Argelia, los contendores que les habían sacado chispas a los germanos, y opuso más resistencia y la inquietó más que Francia.

Por la ausencia de Ángel Di María, el jugador de mejor rendimiento para Argentina en Brasil-2014, al técnico Sabella le tocó armar una estrategia diferente: esperar en su campo y tratar de aprovechar la calidad técnica y la velocidad de sus atacantes para sorprender de contragolpe. Contra Holanda, en semifinales, salió muy bien el plan defensivo, pero no así el ofensivo, porque no se pudo marcar el tanto que evitara llegar hasta la instancia de los tiros desde el punto penalti, en la que se selló el paso a la final. Frente a Alemania, la historia se repitió, y eso que Lionel Messi estuvo más activo que en partidos anteriores y les provocó dolores de cabeza a los defensores alemanes en varios de sus habituales regates.

La cuarta y última gran opción de Argentina fue esta jugada de Rodrigo Palacio, que no acertó el arco ante la salida apresurada del golero alemán (FIFA.com).
La cuarta y última gran opción de Argentina fue esta jugada de Rodrigo Palacio, que no acertó el arco ante la salida apresurada del golero alemán. Se jugaban los tiempos suplementarios (FIFA.com).

Con Di María en el campo, Argentina fue mucho más punzante, profunda y contundente. Sin él, el arco rival se cerró. A lo largo de 127 minutos que se jugaron en la final, sin embargo, contó con cuatro oportunidades muy claras que bien hubieran significado la victoria y el ansiado título. La primera fue con Gonzalo Higuaín, a los 20 minutos, tras una imprudencia de Mats Hummels, que intentó devolvérsela al arquero Manuel Neuer y lo que hizo fue habilitar al delantero argentino, que falló su remate de manera increíble. La imagen de la reacción de Javier Mascherano lo dijo todo: se tomó la cabeza e imploró al cielo.

Luego, en el arranque del segundo período, un fantástico pase de Lucas Biglia dejó a Messi mano a mano con el arquero alemán, que se quedó estupefacto, sin reacción, quizás rezando para que el remate del zurdo no entrara en su portería. Y no entró, porque tomó rumbo al exterior del campo. En una jugada muy similar, esta vez con habilitación de Rodrigo Palacio, fue Sergio ‘Kun’ Agüero el que pudo abrir la cuenta a los 2 minutos del primer tiempo suplementario, pero su disparo fue errado y terminó saliendo por un costado. Y cuatro minutos más tarde fue el propio Palacio el que erró después de recibir un largo pase de Marcos Rojo y coger mal parada a la zaga germana: al intentar bañar a Neuer, pifió el arco.

Este era de esa clase de partidos en el que un gol bastaba para marcar la diferencia, porque los esquemas defensivos funcionaron muy bien. Argentina tuvo cuatro opciones claras, todas con jugadores que habitualmente aciertan, pero esta vez fallaron. Para rematar, el sistema defensivo, de formidable comportamiento a lo largo del Mundial, se equivocó en la jugada que representó el tanto de Goetze. Quedaron pocos defensores contra un buen número de atacantes y, por eso, los dos centrales tuvieron que ir a un costado y de esa manera se permitió que el delantero germano recibiera solo ante Sergio Romero. Fue la más clara de Alemania, que no gozó de muchas oportunidades (la mejor había sido un cabezazo de Benedikt Hoewedes que pegó en un vertical, en el cierre del primer tiempo), pero fiel a su costumbre del elenco europeo la embocó.

Nadie juega una final para perderla y no hay consuelo alguno en el buen nivel de juego, en el funcionamiento táctico o en la entrega que se haya expuesto. Pero hay muchas formas de perder y la de Argentina en esta final de Brasil-2014 fue la más digna de todas. Pudo ser el ganador, tuvo todo para ser el ganador, pero un capricho del destino se lo impidió. Además, les calló la boca a todos aquellos que amenazaban con un baile parecido al que sufrieron Portugal y Brasil, pues vendió cara su derrota y puso de manifiesto su altura futbolística. Alemania, que con esta mismo grupo se había quedado con la frustración cuatro años atrás, esta vez celebró; Argentina, que estaba oculto bajo las sombras hace casi un cuarto de siglo, regresó a la luz y mostró su categoría de bicampeón mundial. No es el título, es cierto, ni es para celebrar, pero es un balance muy satisfactorio que con el paso de los días recibirá el valor que se merece.

La Selección Argentina estaba dolida por la derrota, pero jamás perdió la compostura ni recurrió a argumentos extrafutbolísticos. Cayó con las botas puestas, como un grande, con la jerarquía de un bicampeón orbital (FIFA.com).
La Selección Argentina estaba dolida por la derrota, pero jamás perdió la compostura ni recurrió a argumentos extrafutbolísticos. Cayó con las botas puestas, como un grande, con la jerarquía de un bicampeón orbital (FIFA.com).

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