Alemania vs. Argentina: premio a la fidelidad

Con la aceptación de los hijos de inmigrantes en su Selección, los europeos encontraron un toque de calidad que no eran capaces de producir. Con el regreso a la esencia, con el reencuentro de su ADN futbolístico, los suramericanos volvieron a ser competitivos. Lección.

LibroTan lento pasaron esos cuatro años para que llegara el Mundial-2014 y tan rápido que se fueron las emociones en Brasil. Quedan tan solo dos partidos, el que ninguno quiere disputar, pero que esta vez tendrá como protagonistas a Brasil y Holanda en procura del nunca agradecido honor del tercer lugar, y la gran final, que por tercera ocasión disputarán Alemania y Argentina. ¿Los mejores equipos del torneo? No necesariamente, aunque sí los llegarán al mítico estadio Maracaná, de Río de Janeiro, con la tranquilidad de saber que cumplieron la tarea.

Existe una creencia popular que, como tantas otras de su género, encierra una gran mentira: que solo los mejores llegan al último partido. Una de tantas discusiones bizantinas del fútbol, de esas que a los hinchas les encanta empezar, pero que después se arrepienten por no poderlas terminar. Porque lo que vale preguntarse es ¿qué significa ser el mejor? ¿El que más bonito juega? ¿El que más partidos gana? ¿El que gana los partidos con mayor amplitud? ¿El que no pierde? ¿El que marca muchos goles y recibe pocos? ¿El que responde a los casi siempre equivocados pronósticos de hinchas y periodistas? Más allá de estas consideraciones, y del juego que ofrecieron a lo largo de Brasil-2014, hay que decir que Alemania y Argentina fueron mejores que los demás (por algo están allí) y, más importante aún, llegaron allí producto de buenas decisiones.

Desde que descubrió su condición de grande, cuando venció a la poderosa Hungría en la final de Suiza-1954 y obtuvo su primer título orbital, Alemania entendió cuál era el camino que debía seguir. Y durante décadas nos ofreció elencos que, en esencia, estaban conformados siguiendo al pie de la letra el mismo libreto: un arquero serio, ojalá con cara de malo; unos defensas centrales grandotes, no importa si algo torpes, pero de aquellos que infundían respeto; unos laterales de los de antes, que sabían marcar; una línea de volantes de corte defensivo, con alta dosis de sacrificio, y con una cuota de talento; y delanteros goleadores, al menos uno de área, buen cabeceador, que se metía entre los centrales y los incomodaba, los mantenía ocupados todo el partido. Y con esos argumentos ganó tres títulos y disputó siete finales y enriqueció una tradición.

Pero llegó el momento en que los mismos alemanes se dieron cuenta de que algo no funcionaba, de que era necesario un cambio, de que a esas características tan alemanas les había falta algo para dar un salto de calidad, porque ese cuentico de ser protagonistas y quedarse a mitad del camino los tenía aburridos. El problema era que el producto de la casa ya no daba más, había alcanzado su techo. Entonces, en una muestra de esa apertura mental que vivió el pueblo alemán después de la caída del infame muro de Berlín, recurrieron a una estrategia que, con toda seguridad, aún le provoca retorcijones a Adolfo Hitler en su tumba: convocaron a los hijos de inmigrantes.

En silencio y sin aspavientos, con bajo perfil, Alejandro Sabella echó reversa y regresó el fútbol por el camino correcto: el de su ADN futbolístico, el que mostró en este Brasil-2014 (FIFA.com).
En silencio y sin aspavientos, con bajo perfil, Alejandro Sabella echó reversa y regresó el fútbol por el camino correcto: el de su ADN futbolístico, el estilo que mostró en este Brasil-2014 (FIFA.com).

Así, hijos de estadounidenses, turcos, tunecinos, polacos y ghaneses, entre otros, pudieron cumplir el sueño de vestir la camiseta de la Mannschaft, durante décadas reservada exclusivamente para los nativos de Alemania e hijos de alemanes (doble condición). Más potencia (si es que se pudiera pedir), más velocidad y, sobre todo, más talento y fantasía en el juego aportaron estos nuevos hijos de la patria. La última Alemania del pasado fue la que participó en 2006, cuando ese país acogió por segunda ocasión la Copa Mundo y tuvo que conformarse con el tercer puesto. Para Suráfrica-2010, el técnico Joachim Loew sorprendió al mundo con un elenco multicultural en cuyo seno se hablaban idiomas distintos y, lo mejor, que en el campo mostraba un fútbol distinto.

Esa nueva Alemania llegó se quedó también con el tercer escalón del podio, pero abrió una luz de esperanza para su afición, porque se trataba de un elenco joven, con gran proyección. Había una base y se requería tiempo para consolidarla y dar ese paso adicional que hacía falta. Con la disciplina que siempre los caracterizó (esa condición no se pierde), los alemanes quemaron las etapas del proceso y, por fin, después de 12 años, regresan a la final. El proceso aún no terminar, porque le falta la corona para redondearlo, pero Alemania despierta elogios y admiración porque logró lo que muchos, incluido Brasil, no han podido hacer con éxito: se reinventó a partir de unas bases sólidas y mejoró el producto.

Lo de Argentina fue distinto, porque después de intentar una transformación, que no surtió efecto y más bien se tradujo en terribles decepciones, aplicó reversa y volvió al punto de partida: rescató su esencia. La era pos Diego Armando Maradona resultó más traumática de lo que el fútbol argentino esperaba, entre otras razones porque en ese país muchos creyeron que iban a surgir, silvestremente, muchos genios de su categoría. Y hasta ahora no los hemos visto, claro está. Con el Diego, Argentina fue campeón en México-1986 y subcampeón en Italia-1990. A partir de Estados Unidos-1994, lo mejor que consiguió fue llegar a cuartos de final (Francia-1998, Alemania-2006 y Suráfrica-2010), pero también sufrió una de las humillaciones más dolorosas de su historia (eliminado en primera ronda en Corea del Sur y Japón-2002).

Joachim Loew le abrió las puertas de la Selección Alemania al talento de los hijos de inmigrantes y provocó una gran revolución (FIFA.com).
Joachim Loew le abrió las puertas de la Selección Alemania al talento de los hijos de inmigrantes, sin renegar de los valores que cimentaron los triunfos del pasado, y provocó una gran revolución (FIFA.com).

Igual que Brasil, Argentina pensó que el éxito radicaba en ‘europeizar’ su fútbol para equilibrar la balanza frente a del Viejo Continente. “Si los equiparamos en fuerza y potencia física, nos los llevamos por delante con la habilidad y la técnica del suramericano”, se decía. Lindo sobre el papel, pero difícil de llevar a la realidad en el campo de juego. Entonces, se dejó a un lado al jugador habilidoso, al pequeñín talentoso, al fruto silvestre del potrero, y se privilegió al grandote y fuerte, aunque tosco y poco recursivo, porque ese sí era capaz de medirse en el cuerpo a cuerpo con el europeo. ¿Qué ocurrió? Desde 1993, cuando ganó la Copa América de Ecuador, Argentina no volvió a alzar un trofeo. ¡Ninguno!, al menos en la categoría mayores.

En las divisiones menores, en las que los técnicos como José Néstor Pékerman y Hugo Tocalli siguieron dándole preponderancia al futbolista típicamente argentino, los triunfos continuaron hasta el momento en que algún directivo decidió que los juveniles debían trabajar la misma línea de los mayores. Y, sí, la trabajaron: se les olvidó ganar y empezaron las derrotas dolorosas e inexplicables. Siempre se culpó al técnico de turno, fácil chivo expiatorio, y se sacrificó a generaciones talentosas como la que Pékerman dirigió en Alemania-2006, un oasis de calidad dentro de este proceso. Lo peor es que se cambiaba por cambiar, por el simple hecho que no se ganó.

Para rematar, la meteórica irrupción de Lionel Messi acabó de distorsionar la realidad. Que era igual que Maradona, decían unos; que era mejor que Maradona, los otros. Y maravillados todos por sus brillantes actuaciones en el FC Barcelona español, cada vez que se puso la camiseta albiceleste le exigieron que cuando menos hiciera lo mismo, o algo más. Y el equipo intentó jugar para Messi, como dicen que lo hace el club catalán, pero la estrategia no dio resultados. Hasta que, en medio del desespero, le entregaron la responsabilidad al técnico Alejandro Sabella. Discípulo de la escuela de Estudiantes de La Plata (la misma de Carlos Salvador Bilardo, campeón en 1986 y subcampeón en 1990), Pachorra produjo el cambio milagroso.

A pesar de la enorme resistencia, porque la argentina futbolística sigue dividida entre ‘bilardistas’ y ‘antibilardistas’, Sabella reencontró el camino. Lo realizado por el equipo en Brasil-2014 es la mejor muestra: hay una abundante cuota de potrero (Messi, Di María, Lavezzi, Agüero), pero se les dio cabida de nuevo a esos valores que hicieron del fútbol argentino algo grande: garra, corazón, sacrificio, orden, y buena técnica, claro, porque ese siempre fue el sello del futbolista argentino. Se mejoró ostensiblemente el funcionamiento defensivo (el gran dolor de cabeza de los últimos años), se recuperó jerarquía y esa reconciliación con el ADN futbolístico significó también volver a aquellos años felices en los que Argentina estaba entre los cuatro mejores de la Copa Mundo.

Brasil renegó de su historia, de su tradición, de su jogo bonito, de ese fútbol vistoso y bien jugado que lo convirtió en el país más exitoso de la Copa Mundo. El peor error fue que a la sombra de los triunfos en Estados Unidos-1994 y Corea del Sur y Japón-2002 se creyó haber encontrado la fórmula del éxito, hasta que Luiz Felipe Scolari conformó la peor Selección Brasil de la historia y se llevó la más humillante derrota de todos los tiempos en este Mundial-2014. Alemania y Argentina, mientras, se alejaron de los triunfos y aprendieron de las derrotas; cambiaron y el próximo domingo estarán en el estadio Maracaná de Río de Janeiro disfrutando una fiesta que Brasil pensaba era suya exclusivamente. Es que en el fútbol, como en la vida, la fidelidad también se premia…

José Néstor Pékerman, responsable del éxito de Colombia en Brasil-2014, intentó rescatar la esencia del fútbol argentino, pero por la eliminación en cuartos de final en 2006 lo sacrificaron.Un lamentable error (FIFA.com).
José Néstor Pékerman, responsable del éxito de Colombia en Brasil-2014, intentó rescatar la esencia del fútbol argentino, pero por la eliminación en cuartos de final en 2006 lo sacrificaron.Un lamentable error (FIFA.com).

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