A veces, el fútbol es justo: Argentina está en cuartos

Mientras Suiza renegó de sus cualidades y planteó un partido ultradefensivo, a la espera de un error del rival, Argentina fue fiel a su idea y encontró premio. Tarde, pero con justicia. Messi-Di María, la pareja que castigó la tacañería futbolística de los helvéticos.

LibroHa cambiado el fútbol en los últimos tiempos. Antes, a los genios como Lionel Messi les bastaba con su talento desbordante para desequilibrar los partidos y conducir sus equipos a las instancias importantes de la Copa Mundo. Ahora, especialmente cuando se enfrenta a un rival como Suiza, cuyo único argumento es el cerrojo defensivo, hay que esgrimir otros argumentos. Y Argentina los puso todos, pero nadie esperaba que la victoria llegara por cuenta de la cuota de sacrificio de su astro en el minuto 118 del partido.

Después de intentarlo una y mil veces, con jugadas colectivas o las habituales descolgadas individuales de su astro, con velocidad o a través de centros, Argentina estaba frustrada. Y también exhausta. Cada vez que buscó el arco de Diego Benaglio, se estrelló contra un grueso muro de nueve jugadores (incluido el portero), a veces diez, cuya única tarea era cerrarle los caminos al gol. Una estrategia discutible, aunque también muy válida, pero que implica un riesgo, un elevado costo que algunos, como el técnico alemán Ottmar Hitzfeld, están dispuestos a pagar.

Morirse con la suya, pero morirse. Eso prefieren ciertos técnicos, y Hitzfeld es uno de ellos. Diseñó un partido pensando en llegar a la definición con tiros desde el punto penalti, a ver si esta vez le sonaba la flauta. Con un libreto amarrete, tacaño, hizo a un lado los buenos argumentos futbolísticos que se sabe puede ofrecer Suiza (de hecho, en partidos anteriores los exhibió) y le apostó a la táctica del vampiro: colgarse del travesaño y esperar a ver si el rival cometía un error para cobrárselo. Lo que el DT no sabía es que el fútbol a veces, muy pocas veces, es justo y premia al que busca la victoria. Y ese fue Argentina.

Era tal la desesperación de Argentina, era tan grande su frustración, que sus jugadores ya parecían resignados a llegar a la serie desde el punto penalti, que en otros Mundiales les arrancó una sonrisa. Entonces, el equipo suramericano me metió en su campo y permitió que Suiza tuviera el balón, a ver si de una vez por todas se animaba a pasar la mitad del campo con más de dos jugadores en ataque. Y fue en una de esas salidas que Stephan Lichtsteiner perdió el balón con Messi en tres cuartos de cancha. Con puro amor propio, porque fuerzas ya no había, el 10 emprendió su rápida cabalgata, encaró la desordenada defensa y, cuando intentaron hacerle el achique, habilitó a Ángel Di María, que sin pensarlo liquidó el juego con un zurdazo lejos del alcance de Benaglio.

Más que un grito de celebración, fue un desahogo: Argentina porfió y porfió, y Di María la embocó (FIFA.com).
Más que un grito de celebración, fue un desahogo: Argentina porfió y porfió, y Di María la embocó (FIFA.com).

Los jugadores suizos, los que estaban en el campo y también los que se encontraban en el banco de suplentes, se desplomaron. ¡No lo podían creer! Le apostaron a un error de Argentina, pero los que se equivocaron fueron ellos. El árbitro sueco Jonas Eriksson agregó 3 minutos más y, desde el tanto argentino, fueron 5 los que se jugaron antes de que se escuchara el pitazo final. Y en esos cinco minutos Suiza se demostró que sí podía atacar, que sí podía poner sus volantes en campo del rival, que sí podía generarle riesgo a la defensa albiceleste. Ya era tarde, sin embargo, y el destino le pasó una muy costosa factura a esa actitud que exhibió a lo largo de 118 minutos.

Y el fútbol hizo justicia, porque sin merecerlo Suiza bien pudo empatar en el minuto 122. En un cobro de esquina, la gran pesadilla de la defensa argentina, Blerim Dzemaili superó a los zagueros y cabeceó abajo, a un lugar al que el arquero Sergio Romero no podía llegar, y su remate se estrelló en el vertical derecho. Pudo anotar en el rebote, pero el balón le pegó en el cuerpo y salió del campo. Hubiera sido muy injusto que el elenco europeo llegara a los cobros desde el punto penalti, un premio que nunca mereció. Quizás pensando demasiado en cómo controlar a Messi y Di María, los dos mejores del partido, el técnico Hitzfeld se olvidó de las virtudes de su equipo y planteó un partido para no perder. Y se sabe que, como dice el dicho, el que juega a empatar, pierde. Y Suiza perdió.

No fue un partido brillante de Argentina, que por cuarta ocasión en lo que va corrido del Mundial enfrentó un rival que solo se defendió. Lo increíble es que el equipo que más veces merodeó por el área de Romero fue, irónicamente, el considerado más débil: Irán. Los asiáticos convirtieron en figura al guardameta suramericano, que contra los suizos apenas si tuvo trabajo. Pero Argentina fue fiel a su estilo (y eso hay que resaltarlo), nunca renegó del talento de sus jugadores (algo que sí hizo Suiza) y buscó el partido de principio a fin. Debió ganarlo ampliamente en los 90 minutos reglamentarios, pero la actuación de Benaglio y la falta de puntería de sus atacantes lo impidieron.

Parecía que Argentina se hundía en las sombras, pero apareció Messi y la sacó del lío (FIFA.com).
Parecía que Argentina se hundía en las sombras, pero apareció Messi y la sacó del lío (FIFA.com).

Fue, además, el primer partido en el que Argentina supo cómo va a ser lo que le resto de Mundial. La inmensa mayoría de los 63.255 aficionados que llenaron las tribunas del estadio Arena do Sao Paulo estaba alineada con Suiza. Miles de brasileños se vistieron con los colores helvéticos (rojo y blanco) y se metieron en el partido como si el rival de Argentina fue Brasil, no Suiza. Presionaron al árbitro, silbaron a los albicelestes, cantaron el olé cuando los europeos tocaron el balón en su campo y, como los jugadores, sufrieron y se sintieron derrotados luego de que el remate de Di María se coló en el arco de Benaglio.

En la calle, los aficionados brasileños dicen que quieren una final Brasil-Argentina, porque ansían que su Neymar le gane mano a mano el duelo a Messi, en procura del rótulo de mejor futbolista del mundo. Sin embargo, en sus adentros temen que ese momento llegue, porque los fantasmas del Maracanazo se pasean hoy más que nunca por la extensa geografía futbolística del pentacampeón orbital. Y, entonces, como lo hicieron esta vez, cuando Argentina sale al campo, sin importar el contendor, hacen lo que está a su alcance para que el conjunto de Alejandro Sabella no triunfe. Un ambiente hostil que, se sabe por la historia, a la Albiceleste no le incomoda, ni afecta; más bien, produce un efecto contrario: se convierte en una motivación adicional.

Y motivación fue la que tuvo Messi en ese minuto 118 para ir a trabar a Lichtsteiner, robarle la pelota y encarar a una mal parada defensa suiza. Luego, sin asomo alguno de egoísmo, vio que Di María estaba mejor ubicado, y solitario en un rincón del área, y le cedió el balón, que después de la caricia que recibió del pie izquierdo de Fideo, como lo llaman sus compañeros, se instaló en un ángulo del pórtico de Benaglio. Suiza, cuyo entrenador no aprendió la lección de 2006 (cuando fue eliminada por Ucrania), pensó que había tocado el cielo con las manos, pero terminó llorando el destino que ella misma labró, y rumiando su frustración. Argentina superó una dura prueba, sigue creciendo y ahora buscará el cupo a las semifinales contra Bélgica, un viejo y conocido rival.

El esfuerzo de Diego Benaglio resulta estéril y Argentina, de manera merecida. marca gol que la instala en cuartos IFIFA.com).
Estéril  esfuerzo de Diego Benaglio y Argentina, de manera merecida. marca gol que la instala en cuartos IFIFA.com).

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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