A Brasil le hicieron un favor, y no se da cuenta

La catástrofe no fue caer por goleada con Alemania y frente a su público, sino haber renegado de su tradición, de su historia, de su esencia, de su cultura. Ese es un mal viejo, ya enquistado, que requiere soluciones radicales, sacrificios, autocrítica.

LibroA Brasil le hicieron un favor, el más grande de su historia, y todavía no se da cuenta. Melodramático, tremendista, dado a la autoflagelación, extremista y derrotista, el brasileño aún no se despertó del durísimo golpe que significó la goleada que Alemania le propinó a su Selección en la semifinal y que, peor todavía, lo dejó por fuera de ‘su’ final, la del Mundial-2014. Lo más triste es que en vez de abrir los ojos y ver la realidad, en vez de buscar soluciones, en el país de la samba, el mismo que alguna vez fue también el del jogo bonito, andan preocupados por encontrar culpables.

Algunos periodistas y uno pocos aficionados, más allá de dolor que les produce este inesperado desenlace, especialmente por ese abultado 1-7 que manchó su orgullo, entienden la raíz del problema: “Hace muchos años que Brasil no juega a nada, pero gana. Esta vez, ni lo uno ni lo otro”, fue un concepto que se escuchó repetidamente. “Estos no son los mejores jugadores brasileños. ¿Dónde está Kaká? ¿Dónde está Robinho?”, preguntaban algunos que aseguraban que la falta de talento fue uno de males que provocó esta catástrofe futbolística del anfitrión de la Copa Mundo.

En un tardío mea culpa, aunque sin el mínimo asomo de autocrítica, el técnico Luiz Felipe Scolari se ofreció como chivo expiatorio: “El responsable soy yo. El resultado es catastrófico y los jugadores intentarán repartir la culpa en todo el grupo, pero el responsable del esquema táctico y de cómo jugamos soy yo”, dijo tras el partido con Alemania. Después agregó: “No pasa por mi cabeza renunciar ahora. Es una derrota histórica y una vergüenza, pero no se puede acabar con la vida de los jugadores por eso. Yo voy a seguir con mi vida, mis jugadores también van a seguir con las suyas. Continúan vencedores. Tenemos que seguir”.

Scolari dijo la verdad: él es el único culpable de lo que ocurrió. Él y técnicos como Carlos Alberto Parrerira (su asistente), Dunga (su discípulo) y otros que lo precedieron como Sebastiao Lazaroni y hasta Mario Zagallo, surgido de la generación del jogo bonito que se olvidó de sus raíces y también se convirtió a esta otra religión que ahora lo condena al infierno: la del juego tosco, brusco, con escasa técnica, con mínimas dosis de talento, con predominio de la fuerza y la capacidad física sobre la inteligencia. Una cadena de errores que nadie vio, o nadie quiso ver porque se elevó una cortina de humo con los triunfos en 1998 y 2002, en la Copa Confederaciones de 2005 y 2009, y hasta los de las categorías juveniles.

Luiz Felipe Scolari, con su soberbia, su terquedad, su miopía futbolística y su incapacidad para reconocer que se equivoca, es el último eslabón de una larga cadena de errores (FIFA.com).
Luiz Felipe Scolari y su ayudante Carlos Alberto Parreira, con su soberbia, su terquedad, su miopía futbolística y su incapacidad para reconocer que se equivoca, es el último eslabón de una larga cadena de errores (FIFA.com).

Los hinchas, por su parte, reclaman un entrenador extranjero, algo que en Brasil siempre se consideró una herejía, y los nombres de los argentinos Diego Simeone (Atlético Madrid) y Marcelo Bielsa (Olympique de Marsella) y del español Pep Guardiola (Bayern Munich) se pusieron sobre la mesa. José Néstor Pékerman y Jorge Sampaoli, que en el Mundial cumplieron destacadas campañas con Colombia y Chile, respectivamente, también fueron mencionados, al lado del portugués José Mourinho y el chileno Manuel Pellegrini. El único brasileño que acepta la torcida es Tité, actual DT de Corinthians, que también dirigió Internacional, Gremio, Atlético Mineiro y Palmeiras.

La pregunta que habría que hacerles a los brasileños es ¿cambiando el técnico se soluciona el problema? Más allá de la insólita terquedad de Felipao, de su miopía futbolística, de su arrogancia de creer que nunca se equivoca, de su animadversión por cualquier jugador que posea algo de talento (a excepción de Neymar), la derrota de Brasil contra Alemania no fue producto de un mal partido, de un día en el que todos sus jugadores se levantaron con el pie izquierdo, como quieren hacerlo creer Scolari y los de su entorno. De hecho, la catástrofe no fue caer por goleada con Alemania y frente a su público, sino haber renegado de su tradición, de su historia, de su esencia, de su cultura. Ese es un mal viejo, ya enquistado, que requiere soluciones radicales, sacrificios, autocrítica; un proceso que, como en el caso de Argentina, Colombia o Alemania, implicará cometer nuevos errores, pero que brinda la oportunidad de aprender de ellos. Y ese, precisamente, es uno de los grandes escollos para Brasil: no aprende de las derrotas, porque se acostumbró a ganar a cualquier precio y no sabe perder.

Con mínimas dosis de talento, esta Selección Brasil parecía más un equipo de la edad de piedra que uno del siglo XXI. Privilegió la capacidad física sobre el talento y así le fue. ¿Aprenderá la lección? (FIFA.com).
Con mínimas dosis de talento, esta Selección Brasil parecía más un equipo de la edad de piedra que uno del siglo XXI. Privilegió la capacidad física sobre el talento y así le fue. ¿Aprenderá la lección? (FIFA.com).

Aquella frase de la canción de Rubén Blades “Si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada” aplica a la perfección para el presente del fútbol brasileño. Es claro que Brasil nunca dejó de producir futbolista de calidad, con buena técnica, con ingenio, con el potrero en el alma (como dirían los argentinos). Algunos afirma, entre ellos Scolari, que el problema actual del fútbol brasileño es que los jugadores se van muy jóvenes a Europa y a veces se pierden en el proceso de formación. Sin embargo, hay muchos argumentos para desmentir tal afirmación: Messi se fue a España cuando era niño y es más argentino que el churrasco; James Rodríguez, David Ospina, Falcao García se fueron jóvenes y tiene el ADN futbolístico que hizo grande al Pibe Valderrma, a Freddy Rincón, al Tren Valencia. No se engañe, señor Scolari, por ahí no va el problema.

Parte importante del fracaso de Brasil en el Mundial-2014 estuvo en la selección: los jugadores fueron mal escogidos. Mucho picapiedra, poco talento; muchos jugadores del mismo corte (Fred, Hulk), pocas alternativas distintas; mucho jugador en la curva descendente de su trayectoria (Julio Cesar, Maicon), poco joven con proyección (acaso Neymar, pero él ya es una realidad futbolística). Lo que no le cabe a uno en la cabeza, y por supuesto tampoco a los hinchas de ese país, es que en Brasil no haya mejores jugadores que algunos de los que estuvieron en el equipo de 2014. El problema es que la presión externa es muy grande y dejar por fuera a alguno del Real Madrid, o del Barcelona, o del Bayern Munich o…, resulta complicado. Pero no por jugar en esos clubes son los mejores.

Al fútbol brasileño le hicieron un favor, el más grande de su historia, y todavía no se da cuenta. La goleada a manos de Alemania, más allá de ser un dolor inmenso, que jamás se borrará del corazón de los hinchas y permanecerá por los siglos de los siglos en el palmarés de jugadores y cuerpo técnico, debería ser un revulsivo. Lo mejor que le podría ocurrir a Brasil es que acepte que existe el problema (algo que jamás ha hecho) y se tome el tiempo necesario para buscarle una solución (no un culpable o chivo expiatorio que solo sirva para salir del trance). Debería revisar qué hay de bueno en este presente, qué hay de malo, qué aspectos positivos hay en el trabajo de las divisiones menores y, sin la prepotencia que lo caracteriza de creerse el amo y señor del planeta fútbol (el único gamonal del pueblo, por decirlo en otras palabras), mirar los ejemplos de otros países que supieron reinventarse y regresaron a la senda del éxito (que no es la misma de los triunfos, valga decirlo).

Más doloroso que cada uno de esos siete goles alemanes, que las burlas de los hinchas del resto del planeta, que la vergüenza provocada en los corazones de los torcedores, será el hecho de no corregir, de cegarse por la soberbia y repetir los errores. Desde hace 50 años, el fútbol brasileño fue uno de los mejores del mundo, el más exitoso de todos, pero en ese país nunca entendieron que en este deporte no solo se gana o se empata: también se pierde, y hay que saber perder. Y saber perder significa, entre otros aspectos, tener la capacidad de aceptar los errores y, especialmente, la voluntad y la fuerza para corregirlos. Regresar a la esencia, rescatar ese fútbol que se juega silvestremente en las polvorientas calles de las favelas o en las playas, y volver a darle preponderancia al inmenso talento innato del futbolista de la tierra es el camino a seguir. Lo contrario es echarle fuego a la candela y perpetuar este esquema perverso que tanto daño les ha hecho a sus seguidores y tantas alegrías les ha brindado a sus detractores.

Más doloroso que cualquiera de los siete goles alemanes sería que el fútbol brasileño continúe cegado por la soberbia y no entienda que hay que aprender de las derrotas (FIFA.com):
Más doloroso que cualquiera de los siete goles alemanes sería que el fútbol brasileño continúe cegado por la soberbia y no entienda que hay que aprender de las derrotas (FIFA.com):

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Comunicador social y periodista. Apasionado por los deportes. Escritor de libros. Docente. Emprendedor y soñador, terco y persistente.

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